De nuevo…Rafa Nadal

       Tras ver como el grandioso Rafa Nadal consigue un nuevo éxito deportivo, alcanzando el tercer US Open y decimosexto título de Grand Slam en veintitrés finales, no puedo cuanto menos que preguntarme si algunas personas son como el resto de los mortales o están dotados de un don especial que les hace distinguirse y generar una admiración tan colectiva como para, si fuera necesario, elevarlos a las alturas y que pudieran dirigir nuestros designios. Me imagino que en tiempos pretéritos alcanzarían la protección divina para acabar en algún templo donde se les adorase de por vida. No en vano, escuchaba que un reciente estudio científico de la Universidad de Chicago llegaba a calificar a este enigmático personaje como algo sobrenatural, por aquello de que su visión va por delante de lo que acontece.

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        Y es que aun cuando -por suerte- hay otros ejemplos en el deporte que pudieran recibir las pertinentes admiraciones, hoy le toca ser protagonista a Rafa Nadal, ese que viéndole en sus actuaciones deportivas, con el derroche energético que realiza y sus ocurrencias de auténtico héroe, lleva a que quienes asumimos el papel de meros espectadores acabemos agotados en el sillón desde el que lo divisamos. Una persona que me inspira tantos valores como para servir de reflexión.

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        La primera interrogante que me suscita es si los campeones nacen o se hacen, porque a lo mejor es que el resto de humanos que no llegamos a alcanzar la gloria deportiva lo es por dejación o falta de empeño en seguir el prototipo. Y, claro está, sucede y así lo pienso que, por lo pronto, hay que nacer para ser un campeón, lo que no supone que los designios de los nasciturus ya vengan santificados para esta grandiosa empresa. A lo que me refiero es que uno nace con ciertos valores presentes en los genes como para permitir que se llegue a deportista de élite o a alcanzar el premio nobel en alguna de esas disciplinas que se otorgan anualmente para reconocer a personas que hayan llevado a cabo investigaciones, descubrimientos o contribuciones notables a la humanidad, por establecer algún elemento comparativo que, por supuesto, tampoco pueden considerarse incompatibles porque al ser humano no se le pone nada por delante como para considerarlo imposible. El propio Rafa Nadal ya conoce las mieles de ponerse el birrete y traje académico para ser nombrado Doctor Honoris Causa por la Universidad Europea de Madrid.

         Teniendo esos genes llega luego el trabajo para alcanzar el éxito. Un camino nada fácil pues al sacrificio personal hay que unir la diosa fortuna para que en el recorrido no encuentres baches que impidan proseguir con lo pretendido. A veces haciendo todo ello y valiendo para alcanzar el objetivo, no encuentras los apoyos apropiados para avanzar o para elegir las opciones válidas de entre todas las que se te presenten. En fin, también hay un sacrificio de dejar de lado otras cosas, de esas tentaciones que el mundo maravilloso te ofrece, para ponerte las anteojeras y, como las mulas, seguir de frente sin desviarte. Un camino que, aunque parezca -y pueda ser- divertido, es más que espinoso.

        Con todo, llega el momento de compaginar mente, corazón y cuerpo. Hay que ir al unísono y, por tanto, es muy importante educarnos para que se cabalgue con todos los sentidos. El cuerpo se disciplina con entrenamiento, sacrificio, esfuerzo, voluntad, ahínco. Los músculos, si no surgen lesiones, y con un apropiado calendario de preparación y seguimiento avanza para darnos alegrías. Pero el cuerpo necesita del corazón que  golpee con la ilusión y voluntad de conseguirlo. Y todo, en su conjunto, parte de un esquema mental que como las torres de control de los aeropuertos dirijan el tráfico, el del interior del cuerpo humano, dando órdenes precisas conforme discurran los acontecimientos. Cuando el triángulo funciona, las metas pueden conseguirse.

       Pero las personas agraciadas para ser campeonas no siempre alcanzan el reconocimiento externo como para que, a la voluntad que tengan, se pueda unir la de los que tienen que impulsar el esfuerzo con su aliento. Supone que a todo lo anterior se unan unos valores humanos de considerable magnitud como para no convertirse en dioses del Olimpo, sino en seres agradecidos por ser lo que son y por lo que tienen. Cercanos, llenos de optimismo, radiantes de felicidad, sabedores de que no todo dura eternamente, sensibles, respetuosos con el prójimo, llevando vidas normales, sin prepotencias y alardes de suntuosidad. Al final se reduce el campo para encontrarnos con…Rafa Nadal.

        Ese que llegó y ahora vuelve a llegar. El que preconiza que “los valores y la familia son dos elementos fundamentales en mi trayectoria”. Toda una vida de sacrificio, patente en sus desgarradores gritos de lucha, en sus marcadas musculaturas, en su voluntad incansable, en el apretón de puño cuando consigue lo que busca, el que cae al suelo extenuado cuando consigue los triunfos. Y, finalmente, el que muerde sus trofeos para llevarlo a esas vitrinas del museo personal  que parece propio de una historia y no solo de una persona.

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        Un ejemplo que nos ayuda a todos a subir de alguna manera. Seguro que teniéndolo presente a todos nos irá mejor, porque aun sin conseguir ser los primeros, habremos aprendido a despertar valores humanos encomiables. Por ello concluyo: ¡Gracias campeón!

 

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