La peligrosa época del Sharenting

            Se dice que las redes sociales han servido para que las personas se abran y se conozca lo que de otro modo, o en otros tiempos, permanecía oculto. La persona extrovertida porque además de servir para expandir lo que pueda brindar, lo aprovecha para mantener una relación más amplia con otras de diferentes lugares y culturas; quien es introvertido por aquello de que estar ante un teclado ayuda sobremanera a decir lo que de otro modo sería difícil arrancar del interior.

          Y en esa proyección y apertura empezamos alegremente a conocernos por el físico, subiendo al perfil, muro o portal que poseemos esas alegres fotografías de viajes, celebraciones, camaraderías, a veces con pelos y señales de los lugares donde vives, los recorridos que haces a diario, los contactos que se tienen, las opiniones y comentarios que delatan los gustos, pasiones deportivas, aficiones e ideología política y religiosa que sigues, junto a otros aspectos que, vistos desde la superficialidad podría apuntar a un mundo abierto y mejor, que acerca a las personas en función de sus inquietudes para ayudarles a progresar. Conociendo mundo y personas sin moverse del asiento.

        Ocurre que ese desenfreno propicia nuevos pasos, como ocurre cuando volcamos públicamente la crianza que hacemos de nuestros retoños. Su crecimiento día a día, sus gracias, sus vestimentas, en una exposición permanente que, por graciosa, no deja de alertar de los peligros que tiene porque no todo el mundo es tan bien avenido como creemos. De este modo, la época del sharenting adquiere cada vez más relevancia. Una terminología anglosajona, como la que abunda en todos los movimientos y acciones relacionadas con la tecnología y su uso, que combina los elementos share (compartir) y parenting (crianza), para aludir a la sobreexposición a la que se ven sometidos los hijos en las redes sociales de sus padres. Un término que empezó a usar la prensa estadounidense (The Wall Street Journal, en 2003) y se ha ido extendiendo hasta formar parte incluso del diccionario británico Collins en 2016. Y ahora son claros exponentes las variadas publicaciones que sostienen científicos de todo el mundo.

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          ¿Qué se está consiguiendo con este fenómeno de compartir la vida de los hijos, incluso antes de que nazcan? Pues sencillamente que estén quedando las huellas digitales de estos menores que, en el mejor de los casos, cuando sean mayores verán en red una información que puede ser un tanto embarazosa para ellos pues si hoy cualquiera puede penetrar en el perfil de persona que somos, cuando disponga de una información mucho más completa que comprenda todo lo vivido, la composición que pueda hacerse veremos si no nos afecta negativamente. Algún estudio llega a comprobar que cuando el menor cumple cinco años, sus padres ya han compartido cerca de mil fotografías de él en las redes sociales.

          Me pregunto si veremos algún día a hijos que emprendan acciones judiciales contra sus padres por lo que han hecho de su imagen en una tierna infancia que tenían que haberlos protegido. En el cuestionado sharenting está presente un difícil equilibrio entre derecho de los padres y de los hijos.

         Cierto que la patria potestad que ostentan los padres parece proteger el derecho que ostenten a colocar unas fotos de sus hijos por internet. Pero el derecho no puede entenderse como absoluto y puede que llegue el momento donde empiecen a pedirse explicaciones y a responder por acciones incontroladas.

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          Mi mensaje es claro en cuanto a que se abran -abramos todos- los ojos respecto a las redes sociales. Si ya hay empresas que crean perfiles de mercadeo que nos afectan a nosotros y a nuestras familias, para ver el perfil que pueda venir bien de cara a la venta de productos y servicios, qué podemos pensar de otras que tengan otro objetivo. Si lo piensas te echas a temblar.

          Finalizo con la alusión a estos usuarios de redes sociales, que en algún momento y con estilo un tanto autoritario, se pronuncian con mensajes alusivos a que lo que dicen y colocan como imágenes en sus muros pertenece a su propiedad y no autorizan a nadie para su divulgación. Cuan ilusos pueden ser los que piensen que de esta forma ya tienen garantizada la privacidad. El día que puedas ver un uso indiscriminado de lo que dices o haces buscarás autores que no encontrarás, y a ver que locura muestras para solventar el torbellino. Mejor, y en lo que ahora interesa, cuidemos esas imágenes que vertemos de nuestros hijos en las redes, teniendo claro que una vez colocadas ya escapan a nuestro control. Como tirar una moneda a una fuente.

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