Adiós al grandioso Forges

           La vida es un suspiro, una realidad a la que no nos acostumbramos al caminar cada día pensando que el recorrido es totalmente llano e infinito en su extensión. Ocurre que por instantes nos quedamos pensativos cuando suceden acontecimientos que nos hacen parar y… reflexionar. Una enfermedad, la pérdida de un amigo o conocido, un simple tropezón es suficiente para recapacitar y demostrarnos a nosotros mismos lo confundidos que estamos cuando pretendemos actuar como si nos fuéramos a mantener eternos sin sopesar en que nuestro tránsito es temporal y lleno de dificultades.

         Desde que tengo uso de razón he visualizado las viñeta de Forges. Sí, ese humorista y periodista que nos ha venido presentando a personajes del mundo cotidiano con unos estupendos bocadillos que parafrasean situaciones tan evidentes de lo que ocurre en la política y en la sociedad como para reír en lo que tendría que ser un llanto. Pero el humor tiene eso, que cuando es bueno y con el sarcasmo del que tiene la chispa genética que te hace reparar en cómo puede ser posible tanta ocurrencia, te lleva a burlarte de lo que haga falta y ponerte el mundo por chistera. Cumplió con creces lo que su padre le dijera cuando le anunciaba su vocación: que fuera original, y se le reconociera los dibujos a quince metros. Forges nos deja ahora y en particular quedo huérfano de algo que he mantenido en mi vida, la viñeta con palabras inventadas como “stupendo”, “jobreido”, “gensanta”, “tontolculo”, “tontérrimo”, “sactamente”, “sórdenes”, “jubilata”…. Rendir un sencillo homenaje es cuanto menos necesario para los que veremos que el mundo sigue, pero no igual. El recuerdo no parará de pulular en la mente, estoy convencido de ello.

        En este instante mucho se viene diciendo y poniendo sobre ese legado de “ochenta y pico mil” dibujos, según el propio recuento que hacía su autor. Mi recuerdo lo voy a ceñir al ámbito profesional en el que me muevo, la Administración, la Universidad, a las que tanto añadía con sus ocurrencias. Tantas como para advertir sus problemas y debilidades con la gracia que tenía en su mente y trasladaba con sus manos al rotulador que le servía de mensajero. Gracias por tanto ingenio. Ese que se planteó en su momento ser un dibujantes de chistes en serio. Como dirían algunos, “cuanto arte”.

        Descansa en paz, grandioso Antonio Fraguas, querido Forges.

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