Descubriendo Logroño, la capital riojana

         He tenido la oportunidad de visitar la Comunidad Autónoma de La Rioja, y con ello conocer Logroño, su capital, para descubrir uno de esos bellos lugares españoles en los que poder apreciar cómo se vive de bien en este lugar, pues no en vano a su excelente gastronomía y espectacular vino salido de sus bodegas se une un agradable recorrido por las numerosas calles peatonales de la ciudad y sus parques, conociendo los monumentos y lugares que permiten apreciar su propia historia. Y ello con el ingrediente nada desdeñable que supone la hospitalidad que dan los lugareños para ayudar a admirar el entorno.

         Mi visita es de corta duración, como viene siendo costumbre cuando se trata de compaginar tareas profesionales con las de ocio, pero no pierdo la oportunidad de aprovechar cuantos espacios de tiempo se me presenten para introducirme en los recónditos lugares y paseos que me permitan traer para mí un poco de esas maravillas que se presentan por doquier.

        Mi recorrido lo inicio en la zona verde más conocida de la ciudad, el Paseo del Espolón, de inicios del siglo XIX, cuando se llamará así a toda plaza pública que surgía fuera de las murallas.

         Lo primero que se admira es una gran estatua ecuestre situada en el centro del lugar, dedicada al general Baldomero Espartero, obra del escultor Pablo Gibert como los leones del pedestal, inaugurada el 23 de septiembre de 1895. Una figura gemela a la existente en Madrid.

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       Espartero estaba casado con una logroñesa, Jacinta Martínez de Sicilia. La dedicatoria encuentra su justificación pues no en vano fue un matrimonio del que se dice era muy querido por los habitantes de Logroño, y que tras retirarse de la política, se fueron a vivir a lo que hoy es el Museo de La Rioja, ubicado en la plaza de San Agustín.

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      Y para los festejos, el parque muestra la denominada Concha del Espolón, uno de esos escenarios que suelen ser habituales para celebrar conciertos y que, en este caso en particular, se destaca porque en las fiestas de San Mateo, celebradas en el mes de septiembre, se realiza la ofrenda del primer mosto del año a la Virgen.

      Siguiendo la calle Marqués de Vallejo alcanzo un espacioso lugar, la plaza del Mercado, punto central de lo que se concibe como casco antiguo de la ciudad. En esta plaza se sitúa la espléndida Concatedral de Santa María La Redonda, construida durante el siglo XVI en el lugar donde antes había una iglesia románica. Tuvo posteriormente numerosas reformas en el siglo XVIII por lo que su aspecto exterior es plenamente barroco. Lo más espectacular es su enorme fachada occidental, trabajada a modo de retablo pétreo con tres cuerpos y siete calles con esculturas de Evangelistas, ángeles, y otros elementos. Las dos fachadas laterales son igualmente de comienzos del siglo XVIII.

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         También son características sus torres que se conocen como las gemelas a pesar de que una es un par de metros más alta que la otra. Estamos ante unos iconos de la arquitectura clásica riojana, basadas en el modelo que suponía la torre de la iglesia de Santo Tomás de Haro. Tiene varios cuerpos superpuestos, de los cuales los más bajos son de sección cuadrada, el superior octogonal y un chapitel cuajado de pináculos como remate.

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        La concatedral está edificada en una zona pantanosa a escasa distancia del río Ebro, lo que obligó a una cimentación realizada con sarmientos, los vástagos de las vides, ya que no se pudren con la humedad de modo que reparten bien las cargas y absorben los asentamientos.

         En el deambulatorio, tras el retablo mayor, se encuentra una pequeña pintura al óleo sobre tabla, obra atribuida a Miguel Ángel Buonarroti y que pintara para su amiga Vitoria Colonna. Representa un Calvario con Cristo vivo, la Virgen Dolorosa, San Juan Evangelista y María Magdalena.

      Desde aquí me acerco a divisar ese discurrir de aguas del río Ebro, en cuyo trayecto me encuentro con otras muestras magníficas de ese conjunto monumental que tiene la ciudad. En la calle Marqués de San Nicolás se divisa la imperial iglesia de Santa María de Palacio, que fuera fundada en el siglo XI, reconstruida en el XII, ampliada y reformada en el XVI y reconstruida en el XVIII. Dividida en tres naves, tiene adosado el claustro y la capilla de Nuestra Señora de la Antigua. Sobre la nave central se sitúa una linterna conocida popularmente como «la aguja», el retablo mayor —de Arnao de Bruselas—, de mediados del XVI y las tallas de la Virgen del Ebro, románica del siglo XII, y de la Virgen de la Antigua. Su claustro es hoy una de las sedes del Museo Diocesano.

         En la calle Ruavieja se encuentra la ermita de San Gregorio, reconstruida en el mismo lugar en el que estuvo la original, edificada en el siglo XVII. San Gregorio, obispo de Ostia, fue enviado a La Rioja por el Papa Benedicto IX. Pues bien, en el mismo lugar en el que vivió y murió el santo en el año 1044 se construyó una ermita en la que figura la siguiente inscripción: “Esta es la dichosa casa que vivió San Gregorio y murió en ella el año 1044, hallándose a su muerte Santo Domingo de la Calzada y San Juan de Ortega, sus discípulos. Y a honra y gloria suya hizo hacer esta capilla don Alonso de Bustamante y Torreblanca, regidor perpetuo de esta Ciudad, cuyas son las casas y se acabó el año 1642”.

         La que fuera ermita original desapareció en 1971, si bien el Ayuntamiento pudo recuperar buena parte de las piedras con las que estaba construida, para numerarlas y guardarlas en sus almacenes a expensas de su reedificación, y en 1994, coincidiendo con la festividad de San Gregorio y en el 90 aniversario de su fallecimiento, se inauguró la ermita nueva, en cuya reconstrucción se utilizaron las piedras que el Ayuntamiento había conservado cuidadosamente.

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         Llego así al Puente de Piedra, uno de los símbolos de la ciudad pues si reparamos en el escudo de Logroño puede observarse que figura este puente sobre el río Ebro con las tres torres de defensa. Es conocido igualmente como puente de San Juan de Ortega, en referencia a la capilla que existía en su margen izquierda (en honor al santo que tradicionalmente se cree que construyó el puente original).

        Tras atravesarlo y caminar por el paseo Fermín Manso Zúñiga llego a las Bodegas Franco Españolas, nacidas en 1890 como la unión entre Francia y España en un momento álgido en La Rioja, cuando los franceses vinieron a la región tratando de reemplazar sus viñedos arrasados por la enfermedad de la filoxera. Constitúa el origen de los “vinos finos de Rioja”. El Rey Alfonso XIII visita la bodega en 1903 y en 1925. Ernest Hemingway lo hará en 1956. En manos de la Familia Eguizábal desde 1984, en la actualidad es un referente, contado con su producto estrella, que tuve ocasión de saborear, el Bordón.

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        La vuelta al casco antiguo de la ciudad la hago por el Puente de Hierro, que fuera construido por la compañía Maquinista Terrestre y Martítima de Barcelona, según el proyecto firmado en julio de 1881 por el ingeniero Fermín Manso de Zúñiga. Se abrió al público bajo el nombre de Puente de Sagasta en diciembre de 1882, aunque se terminó de manera definitiva a mediados del año siguiente.

         El puente en sí tiene once tramos de unos treinta metros cada uno y es lo suficientemente alto para evitar que lo sobrepasen las crecidas del río. Los pilares miden casi 13 metros de altura, están dispuestos en forma circular y con chapas de hierro. Se emplearon poco más de mil toneladas de hierro para esta construcción, contando con dos andenes, uno para los coches y otro para los peatones.

         Tras atravesar el puente de Hierro alcanzamos la concebida como plaza de Santiago, que acoge la iglesia del mismo nombre. En ésta se reunía el Concejo Municipal y por muchos años conservó los documentos importantes del Ayuntamiento. Su construcción comienza en 1513 y su principal característica es disponer de una nave de tres tramos con un crucero. Su fachada evoca un arco del triunfo y resaltan dos esculturas del apóstol Santiago, una con sus hábitos de peregrino, y otra como guerrero.

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         La ciudad cuenta con esculturas urbanas que llaman la atención, como una belleza más que contemplar. Una de ellas es la fuente que muestra a su alrededor a personas célebres, ilustres o famosos destacados de Logroño, a los que curiosamente se suele decir popularmente que es la fuente de “los espaldas mojadas” por aquello de que el agua cae en esta parte de las figuras.

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        Una parada en el camino nos conduce a la calle Francisco Martínez Zaporta para descansar un rato y saborear un rico café en uno de los lugares más emblemáticos de Logroño, el Café Moderno, que fue creado en 1916, en cuyo interior puede evocarse aspectos de épocas pasadas, por las fotografías que acoge sus paredes y por los instrumentales históricos que conserva. Como curiosidad decir que tiene su propio himno: “Fibra de pájaro”, de Daniel Bravo, que suena cada viernes y sábado por la noche.

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         Este grato descanso nos repone las fuerzas necesarias para seguir por la calle Marqués de San Nicolás y alcanzar la plaza que acoge el Parlamento de La Rioja. Un edificio igualmente emblemático que antiguamente acogiera el Convento de la Merced, como lo atestigua la conservada portada barroca del siglo XVII, y morada de la orden mercedaria hasta la desamortización de Mendizábal del año 1835. Posteriormente fue una fábrica de tabaco, y algún monumento y torre cercana lo atestigua.

        En las cercanías, una calle conocida en Logroño lo es la denominada del Laurel, jaloneada de bares y una de las zonas de copeo más famosas. No en vano dispone de unos sesenta establecimientos donde se puede degustar la suculenta gastronomía riojana a base de pinchos.

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         El nombre de la calle procede de antaño, cuando las mujeres que ejercían la prostitución vivían en esta calle, y para que los cliente supieran cuál era la que estaba disponible, colgaban en los balcones una rama de laurel. En épocas de crisis se venía toda la calle repleta de balconadas con laurel, lo que dio origen a su nombre. También tiene otra lectura popular, llamándose a la calle “la senda de los elefantes”, por las posibilidades de salir trompa y a cuatro patas como estos paquidermos.

        Con todo, si de pinchos se trata Logroño dispone de bastantes posibilidades. Mi opción ha sido atravesar la zona donde se encuentra el Mercado de San Blas, seguir por la calle Portales y Cristo para acudir a la calle San Juan, repleta igualmente de establecimientos donde saborear las delicias de Logroño, tanto en comida como en bebidas. Me despido así con un delicioso manjar.

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