A río revuelto…

           Esto del confinamiento da para mucho. Sobre todo para ver todo lo que se dice y hace desde la barrera que se nos ha puesto, y dando gracias por ir sobreviviendo alejado del morlaco que en la plaza no deja de sacudir lo suyo.

        Las calles se vacían y silencian, a diferencia de los hospitales y albergues en el que no se para de ver la cruda realidad de este difícil momento. En las casas se vive la camaradería familiar, cuando se puede, porque también los hay -y muchos- que viven en una soledad acrecentada ahora por la imposibilidad de dar esa “vueltita” de rigor, tan vigorosa como necesaria para mantener cierto semblante de lucidez; o para quienes el rescoldo de la vivienda no sea tan acomodado como creemos que es siempre. Y todos, y cada uno de nosotros, unos más que otros por aquello de que algún padecimiento les pone en alerta, temerosos de que una ventolera nos haga llegar el rebufo del bicho.

        En las aisladas y cortas salidas permitidas, compruebas el miedo que se palpa, algunos con la protección mañosa que han conseguido tener, de mascarillas y guantes que, tocando aquí y allá nos podemos imaginar su nivel de protección. Como dice el proverbio castellano y así es, el miedo es libre y cada uno tiene el que le pide el cuerpo. Curiosa sensación del ser humano que puede destruir cuanto se le acerca pero, como ya dijera el novelista polaco Joseph Conrad, “mientras experimente apego por la vida no puede destruir el miedo”.

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       Pero ahora, en esta “cómoda” misión de ver cuanto acontece, y disponer de este medio para opinar, no voy a entrar en la displicencia de las muchas cosas que se me antojaría decir por aquello de la indignación que soporto viendo lo que veo, y porque el momento es de hincar el codo como podamos cada uno para poder salir, y sobre todo para respetar a los que en la soledad ven truncada una vida o luchan sobremanera por aparecer en los números de los que salen del atolladero. Solo de pensar en ello se te pone mal cuerpo. La unión se hace cada vez más necesaria aunque tenga que ser muchas veces meramente virtual y con aplausos multitudinarios que rompan los silencios callejeros.

         Mi intención ahora es desahogarme con quienes preconizando que olvidemos colores, discrepancias y partidismos para perseguir al común enemigo invisible, al que no le valen espadas ni tanques, actúan al socaire de los entresijos que amañan para propiciar, una vez más, la ruptura en la unión de todo un pueblo –mundial- que sabe que el conjunto puede ser el antídoto más necesario al momento que se vive.

        Pero no, nos cuesta transigir. No dejan un rato descansar ese juego tan mezquino que muchos practican con asiduidad por aquello de que el poder -y el mangoneo que pueda permitir- les atrae sobremanera. De un modo u otro, los torticeros políticos y esos que llaman nacionalistas actúan y se les ve muy mucho el plumero. Por desgracia sin excepción, porque en todas las casas cuecen habas. En mayor o menor intensidad pero sin que lo traslucido sea la seña generalizada de identidad. Igual que a esos chupópteros vividores que se les unen y que parece se les va la vida si ahora tienen que silenciar su único predicado, el que únicamente conocen, de desunir y buscar enfrentamientos de continuo. ¡Cuánto daño está recibiendo la sociedad española con este runruneo de moscas maliciosas y cojoneras!

        Díganme si no cómo ha de interpretarse el hecho de que se abuse de posiciones gubernativas para vocalizar públicamente una misión social de acciones que deberían ir precedidas del logro conseguido por el conjunto de la sociedad y no de descarado propósito de hacerlo singularizado para, claro está, sacar rédito propio. O que el considerado propósito de salir a balcones para aplaudir a quienes están ahora dando la vida por todos nosotros, sin descanso, con una profesionalidad que supera ideologías y cuanto pudiera generar división, se convierta en arma arrojadiza para otros fines, cada día uno nuevo, sabiendo todos como sabemos quién o quienes se encuentran detrás de este espurio deseo.

       Entrar en las redes sociales es ver a las claras unos intentos manifiestos de manipulación. Algunos aprovechando para dar marcha atrás en el tiempo e incluso culpar de deficiencias sanitarias a quienes ahora no están. O los que con vejaciones y humillaciones ilustradas no tienen reparo alguno en sacar lo que llevan dentro de acritud y pavoroso deseo de sacar provecho a este instante. Como no, para que el pueblo llano se vea enfurecido contra el propio sistema. Y bajo el dichoso paraguas de una manipulada libertad de expresión, que un ínclito gobernante, llegado al sitio por la puerta de las travesuras políticas, utiliza con desmesura para justificar todo lo que a su conveniencia venga pero que, de contrario, lo haga girar para considerarlo un ataque fascista a los que dicen ser puros demócratas.

           En fin, no insistiré más en lo que todos vemos a las claras. Se me haría interminable el relato de los despropósitos, tantos como descaros en los engaños que públicamente se hacen respecto a lo que verdaderamente sucede y los responsable que quieren hacer impunes. Procuraré, y espero que el personal recapacite lo suyo para que eso del refrán que considera que las aguas revueltas hacen bondadosa la captura de los pescadores, no tenga el alcance propio de generar situaciones confusas que devengan en desavenencias buscadas de propósito para sacar beneficio aprovechando tales circunstancias.

         Más bien creo que, llegado el momento, el tsunami que está pasando propicie que se depuren muchas cosas. Tantas como para que el “tufillo” que ahora están dejando sea la prueba manifiesta de la tajante sentencia que el pueblo deba dictar.

       Claro que para eso se necesita tener memoria. Afortunadamente esta será más cercana y por ello mismo más fidedigna porque vivirán los acontecimientos todos los que superen esta adversidad. Me llamarán incrédulo pero estoy firmemente convencido que la bondad que muchos lucen ahora, y de considerar que va a haber un antes y un después, conociendo incluso como la madre naturaleza prospera sin vernos, y que nos hará cambiar para bien, será tan duradera como el efecto que tenga el sedante del miedo que nos ocupa.

           Pero ahora toca luchar y resistir. Para ayudar a los que lo necesitan y compadecer a cuantos se ven inmersos en el efecto devastador de este padecimiento. Tiempo habrá para otros menesteres. Estando alertas para evitar y no creer a los manipuladores desaprensivos.

        Yo, mientras tanto, me quedo en casa. Y no por cobardía. Sino para favorecer a los que necesitan que lo haga así. Adelante pues.

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