El discurrir confinado en un día cualquiera

         Día tras día seguimos en este confinamiento que contrasta con lo bello de una primavera que este año es impropia e inaudita. Tras una noche más, un tanto extraña, de esas que no has conciliado el sueño como sería necesario, te asomas para divisar esos primeros rayos de sol que hacen bellos los balcones que reparas como repletos de flores, tan hermosas como ajenas a lo que padecen los humanos, pero testigos y sabedoras de que, este año, el aire que circula por las calles está más oxigenado, y que la presencia de un silencio contrasta con el sonido que se hace protagonista del ambiente, el que ofrecen esos pájaros que igualmente sienten extrañeza por poder revolotear a sus anchas.

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          Miras al cielo y destaca ese azul intenso en el que juegan alegremente unos racimos de nubes blancas que hacen visionar tantas figuras como tus ojos y fantasía quieran ver. Aunque con melancolía, te recreas en este bello espectáculo matinal. En la calle no falta ese personal que cuida del entorno, los trabajadores encargados de la limpieza, que se afanan en solitario para mantener como nunca el firme del suelo. Algunos esporádicos ciudadanos transitan para incorporarse a sus trabajos. Comienza un nuevo día de confinamiento. Dando gracias por poderlo ver. En compañía o sin ella, porque en este recogimiento no todos disponemos de la posibilidad de hablar con alguien y compartir los momentos tan difíciles.

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        La metódica rutina llena las horas matinales, afanándose en esa limpieza que nos obsesiona, la práctica del ejercicio físico que te permite la estrechez del habitáculo hogareño, los surcos que mentalmente crees abrir en los pasillos por el agitado paso que una y mil veces te ayudan a su travesía, la música que llena tu alma, y el estremecimiento que produce el sonido pasajero de una sirena que proviene de una ambulancia, bomberos o vehículo policial, hasta el esperado momento de ese “parte” televisivo que te anuncia los resultados de las últimas veinticuatro horas, para desasosiego interno porque aunque ese cuadro de portavoces que se nos han ido poniendo delante, uniformados en su mayoría, intentara reabrir la esperanza, solamente su presencia, y el poco carisma que llegaba a impremir su coordinador, te hace ver que estamos más ante un estado de excepción o de sitio que de alarma como se nos dice. No queda lugar para la deseada esperanza, que parece bullir con alevosía. Hasta que, con cierta apatía preparas tu momento de gloria, el del aperitivo que precede a la comida, una más, con la intervención gastronómica de una intensidad jamás vivida, propia de la búsqueda de la evasión mental. Ya que estamos en este punto, ¿por qué no hacemos un bizcocho para la tarde? Pues sí, buena idea. ¿Queda harina?

            Llega la tarde, tras ese rato de dormitar que los españoles conocemos por siesta, tan necesaria en momentos de intensidad laboral como de relajación, cuando todas las horas del día carecen de otra actividad que no sea la de la búsqueda del entretenimiento. Tardes donde te recreas pintando, escribiendo, leyendo y … lo que sea, porque mirar a las paredes supone pensar, para penar de sentimiento por lo que te ocurre y por lo que es más importante, la lucha por vivir que mantienen en estos mismos instantes muchas personas que no son tan afortunadas como nosotros, cuando no de los miles que han dejado de luchar.

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        Así hasta esa hora tan marcada en el día a día que es como si llegara el recreo en un colegio, de alegría subida de tono, con la menudencia del instante pero con exaltación sentimental. Momento para el aplauso en la terraza. Las ocho de la tarde se convierte en el resplandor popular, el acercamiento humano entre vecinos, para sacar de dentro lo que consideras de justicia, el reconocimiento a sanitarios, y cuerpos de seguridad, ambulancias, bomberos, protección civil…y todos aquellos que estando al frente de la batalla nos protegen, nos ayudan a seguir, a buscar la luz al final del túnel en el que hemos metido. Con el paso de los días ves que, incluso este instante de meditación y entrega humana, intenta politizarse para llevarte al despropósito que unos y otros propician, dividiendo a los balcones con la ansiada búsqueda de considerarse por encima del bien y del mal. Te repugna tanto este decidido propósito de enfrentamiento que la rebeldía surge de tus entrañas, para gritar ¡basta ya! ¡No queremos más contagios insalubres!

         El sol y la luz que irradia van perdiendo intensidad, desaparece con pena, porque el confinamiento le resta alegría. El adiós se hace con la esperanza de un mañana mejor. Así parece desearlo el último rayo de sol. La oscuridad de la noche penetra en el hogar, para ver un poco de televisión, normalmente con alguna película o serie que te desvíe la atención, para cenar, y hacerte las preguntas de rigor: ¿qué comemos mañana? Habrá que salir a comprar algunas cosas que se precisan como básicas. Toda una programación para quienes no participamos de actividad laboral que permita ir a la búsqueda de una cierta normalidad, o dedican tiempo a esa moderna concepción del teletrabajo que ahora resulta que no es tan deseado por los trabajadores. Sin duda, perder la relación social es perder vida, el arrinconarte en la trinchera para convertirte cada día más en una persona introvertida, impropia de la sociedad que fluye en el ser humano. Los que tienen hijos confinados se ven compelidos, además, a educar, generar confianza, y como la gran película que representó La vida es bella, hacer de estos momentos un juego, una aventura, para combatir ese bicho malo al que venceremos con nuestra unión. Para ello, lo mejor será actuar desde la trinchera, desde el hogar, porque quedarse en casa supone vivir hoy y mañana.

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          Momento del descanso nocturno. El católico reza, el ateo suspira y también mira a lo alto, hasta que el sueño llega con la mente puesta en los que están librando esa difícil batalla de seguir viviendo, y con ello los sobresaltos vuelven a aparecer para que la somnolencia no se produzca con la intensidad que te gustaría. Entre desasosiego y angustia aflora una ligera esperanza de que, mañana, cuando el sol aparezca de nuevo, o la luz del día esclarezca el panorama, no será una mera palabrería el poder decir que esto lo estamos superando. Cuestión de días y de ejercicio de responsabilidad. En espera de ir completando las fases que conlleva el plan de desaceleración y recuperar la normalidad, esa que por mucho queramos no será nunca igual a la que era. Ya lo decía el poeta Jorge Manrique en las Coplas que dedicaba a la muerte de su padre: “Cualquier tiempo pasado fue mejor”. Al menos eso parece en estos instantes.

       Aquí y ahora, en el tránsito de un día a otro, viendo cómo se producen los acontecimientos mutantes, qué podría resultar más apropiado que traer a colación esa bella canción de la mítica Mercedes Sosa: “Todo cambia”. Así es y será, irremediablemente. Un pequeño homenaje a la que fuera considerada como La Voz de América Latina.

4 comentarios en “El discurrir confinado en un día cualquiera

  1. Has descrito muy bien el transcurso de estos días en los que se percibía cada trino como mágicas melodías, los rayos del sol, alimento necesario que esperábamos junto al ventanal.
    Para mí no hay siesta, ni sueño nocturno, los días se sucedían…
    Ahora ya al poder salir un poquito, lo veo todo diferente.
    Magnífica Mercedes Sosa.
    Un abrazo Chano.🌹

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