La preciada libertad

           El discurrir de lo cotidiano nos impide ver, a veces, lo bueno que tengamos a nuestro alcance, o aquello que nos permite desarrollar sin cortapisa nuestra voluntad interna, para enfrascarnos en la intrascendencia de lo que poseemos por el mero hecho de  tenerlo.

          No son pocos los ejemplos que el día a día nos puede ofrecer de la irrelevante atención que prestamos a cosas que por nimias no restan el valor e importancia que tienen. Pero así somos y así actuamos, prestos a la permanente reivindicación de querer más y no asentar bases creíbles de lo mucho que disponemos para agradecer a lo que la vida nos está dando.

        Solo cuando se nos quita cualquiera de nuestras posesiones, levantamos las puntiagudas orejas, como esos bellos animales que nos dan tanta compañía, y arqueamos las cejas para hacer ver que algo llama la atención y no marcha lo bien que desearíamos. Entonces echamos en falta lo que teníamos, en infinidad de casos recibidos de forma graciable, y lamentamos no haber podido saborearlo con más contundencia, para ansiar que vuelva a nuestro entorno con el firme propósito de cambiar para ser profundamente agradecidos.

          Pero todo es una falacia que nos envuelve, porque el ser humano está preso de sus vicios. Así, hoy, de forma efímera nos damos cuenta de lo mucho que debemos a la vida, la que tengo o he tenido, pero si retornan bondades perdidas las acariciaremos como el que adquiere un bien nuevo muy deseado, hasta que el uso y avance del tiempo nos haga relegarlos nuevamente a lo mundano, a las pompas y placeres que ofrece la vida porque sí.

          Sin que exista un bien más preferente que el de poder vivir con salud, sí existe un derecho considerado como sagrado e imprescriptible que todos los seres humanos poseen, o deberían poseer sin intromisión en su esfera más íntima, cual es la libertad, en su amplia acepción, tan apreciada como para servir de discurso a cuantos quieren ver una sociedad mejor, y convertirla en palabra incorporada a multitud de letras de canciones reivindicativas, tanto más cuanto más recortada se encuentre su faceta de exteriorización real.

¡Viva la libertad! El sol nunca ha iluminado un logro humano más glorioso

Nelson Mandela

         No hace falta acudir a los extremos en los que la libertad brilla por su ausencia, y se hace patente en el vivir de tantos seres humanos que en masa agonizan por su falta y deseos de alcanzarla, sino que a veces esa ausencia se encuentra próxima, por las ligaduras que existen en la vida que te hacen prisionero de tus propias decisiones. Añorar y buscar la libertad puede parecer una cuestión nimia para otras personas cercanas que la estén saboreando sin cortapisa pero que, para quien se vea afectado, conforma un muro tan poderoso como el que separó a las dos alemanias. Las opciones son pocas: o dejarse llevar y sumirse en el olvido para no propiciar reivindicación alguna al respecto; o luchar e intentar superar el obstáculo con todas las fuerzas posibles, aunque con el riesgo de quedarse en el camino, eso sí con la satisfacción moral de haberlo procurado. Cuando se supera, adquieres lo que añorabas y debería ser el momento de saborearlo con toda la intensidad, olvidando tiempos pretéritos y permaneciendo vigoroso lo alcanzado.

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         El momento que vivimos actualmente nos dan otras píldoras de cuanto digo. De un día a otro se llega a perder la libertad, con la obligación de encerrarse en los domicilios particulares, y se restan derechos que por sagrados y tener la consideración de fundamentales, estábamos en la creencia de que no hacía falta proseguir en la enconada lucha por mantenerlos vivos y latentes. Afortunado dicen que debes sentirte porque lo de restar derechos fundamentales se hacía por tu bien y el de los demás, pero lo cierto y verdad es que en mi interior fluye una cierta desazón, porque veo que restan quienes no lo hacen para sí, y con cierta alevosía, muestran descaradamente el deseo de proseguir en ese camino de profundizar en la privación de derechos y libertades. Todo se andará porque el espíritu de lo pretendido no parece que pase desapercibido para los que, expectantes y confinados, vemos que se insulta nuestra inteligencia con palabras tan huecas que no se corresponden con las verdaderas intenciones, que se hacen traslúcidas tras producirse algún que otro desliz, posiblemente intencionado.

La omnipotencia del Estado es la negación de la libertad individual

Juan Bautista Alberdi

         Salir a la calle en franjas horarias ha supuesto para muchos de nosotros respirar y saborear rayos de luz que teníamos ganado porque sí, y lo hacemos con total agradecimiento y reloj en mano para atender al toque de queda que te llama la atención para recordarte que esa libertad es meramente pasajera y con condiciones. Se acaba tu tiempo y vuelves al recogimiento, que no espiritual. Al del confinamiento de recorte de derechos. Con el riesgo de que, como dijera alguien, el paso de los días nos haga asustarnos de disponer de la libertad por haber perdido la costumbre de utilizarla.

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         Seremos comprensibles con la voluntad colectiva de solventar el problema que nos ha caído encima. Cubriremos nuestro papel con la permisiva dejación de nuestros derechos, pero que nadie nos perdone la vida por querer y ansiar recuperar nuestro legítimo derecho a la libertad, la que teníamos y no apreciábamos con total intensidad, y la que saborearemos con plenitud de sentimiento cuando la obtengamos en su integridad. Al menos así debería serlo si se ha aprendido alguna lección.

La libertad, querido Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos. Con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad se puede y debe aventurar la vida

El Quijote – Miguel de Cervantes

           El recuerdo me viene de nuestros padres y abuelos, los que tuvieron que pasar otras etapas duras en los que la libertad dejó de existir, y que cuando fue recuperada y nos contaban como algo que superaba cualquier otra mezquina reivindicación por sorprendente y grande que fuera, no conseguíamos entenderlo suficientemente. Ahora podemos comprender mucho mejor la carga de profundidad que llevaba la reflexión. La pena es que, por las desgracias acaecidas, a muchos de ellos no podremos decírselo como nos gustaría, compartiendo la deseada y siempre reivindicada libertad.

Para la libertad, sangro, lucho, pervivo…

Miguel Hernández

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