Historias sobre tareas y oficios (I)

En el recorrido que llevo hecho por esta vida he podido comprobar cómo ha evolucionado todo lo que concierne, en particular, al mundo casero y laboral, afortunadamente una constante progresión por la propia mejora que los medios han experimentado. El avance ha sido tan sustancial como para que algunas pesadas tareas caseras -generalmente atribuidas a la mujer- y ciertos oficios -fundamentalmente físicos- hayan quedado ya en el recuerdo, al igual que otros cuentan con una tecnología avanzada que permite un menor sacrificio físico para los que deben faenar y luchar contra los eventos. En fin, no faltan los que mantienen la artesanía de antaño, como oficios a reconocer y valorar como merece tamaña pericia.

Quizá por ello he ido acumulando pintorescas situaciones de faenas y trabajos que he conocido y a los que ahora voy a dedicar algunas entradas, con la seguridad que a muchos traerá iguales recuerdos e incluso añoranza de un pasado próximo. Trataré de narrar mis vivencias con la mente abierta a lo acaecido. Eso sí, dividiendo el relato en varias secuencias para que pueda hacerlo más atractivo, con la aportación de ilustraciones sacadas de mi afición.

Nada más apropiado para comenzar que acudir a la etapa de niñez, y a esas vacaciones veraniegas que pasaba en el único sitio que por aquellos entonces era posible, cuál era el pueblo natal de la rama familiar de mi madre. En este entorno guardo recuerdos de mis familiares que perduran con el reconocimiento a lo mucho que pude aprender de ellos, sacrificados en tareas del campo y de mantenimiento de hogares llenos de dificultades. Un lugar donde pasé muchas horas y en el que pude apreciar cuanto se valoran pequeñas cosas, esas que en la ciudad consumista pasan desapercibidas.

Las casas carecían de elementos básicos fundamentales, y la ausencia de fogones de mampostería, a gas o eléctricas hacía que la candela, la lumbre o cómo se tuviera por costumbre llamarlo, se convirtiera en el medio necesario para cocinar. En mi mente están esos comienzos de la mañana y lo reconfortante que suponía acudir al lado de mi abuela y ver como atizaba las brasas para que el café de puchero estuviera listo, así como el tostado del pan para el desayuno, o viendo a mi tío en la casa del campo con el preparado del puchero del sabrosísimo cocido que venía haciendo, todo ello al calor de esas llamas que te hacían penetrar en los pensamientos. Un vivo recuerdo de mis raíces extremeñas.

Una vida dura, con enormes carencias. Sin los medios que hoy se tienen y que parecen como si siempre hubieran existido pero que, antaño, generaban necesidades que para cubrirlas tenían que desarrollarse pesadas tareas complementarias. La falta de suministro de agua obligaba a acudir a las fuentes públicas para llenar los cántaros que trasladados a los caseríos satisficieran una necesidad básica. Ilustro esos instantes de mujeres que con una prestancia digna de resaltar, y erguidas para equilibrar la carga, trasladaban los cántaros en sus cabezas. La contumaz fortaleza de las personas acostumbradas a vidas difíciles era una constante para hacer viable esta entrega.

A veces mi abuela me daba el gusto de saborear los ricos churros, acudiendo para ello a la churrería del pueblo. Al igual que cuando acudía con mi madre a las calles del casco antiguo que cercaban el antiguo mercado de abastos. Cierto que hay trabajos que se mantienen en el tiempo, pero la evolución ha hecho que se haga de forma muy diferente. Las churrerías de antaño eran unos trabajos de durísimas condiciones. Comenzaban muy de madrugada para que, con leña y brasas pudiera mantenerse el aceite en condiciones óptimas de temperatura, y cuando se abrieran al público estuviera ya todo preparado. Hoy el gas o la electricidad simplifican la tarea. También hacer la masa no era tarea fácil si, como puede advertirse, la mezcolanza se hacía con esfuerzo muscular y sin maquinaria de soporte.

La utilización de las mulas para llevar la carga era igualmente una imagen bastante frecuente cuando todavía los vehículos de motor no estaban al alcance de la clase obrera. El arriero caminaba cercano a la “bestia” que llevaba en su lomo sacos de harina, pienso, cereales, melones y sandías o, esa preciada leña que se ha apañado para la casa, sirviendo de combustible necesario a los fogones.

Las casas de pueblo disponían, por ello mismo, de las necesarias cuadras para acoger a las mulas o burros, en lo que hoy serían las cocheras. Y para la manutención de estos animales era frecuente ver cómo se acopiaban las pajas, transportadas en carros que llamaban la atención por lo voluminoso de su carga. Un carro que merece homenajearse por ser el medio de transporte cuando todavía el motor no rugía por las carreteras y caminos, y nada más apropiado que hacerlo con un dibujo traído a colación de una antiquísima fotografía de la Dehesa de los Arenales, en Cáceres, de la colección MEIAC.

En las entrañas de los pueblos encontramos bellos recuerdos de las concordias de sus habitantes y sus vivencias en paz. Cuando pasaron los años de verdadera hambruna se divisa una tarea de necesidad básica: la panadería. Una labor que se mantiene en el tiempo aunque lo sea cambiando los rudimentarios medios por otros más sofisticados, producto y consecuencia de la industrialización. Pienso en esos trabajadores que amasaban manualmente los cereales y hacían uso de un horno artesanal para sacar el pan de consumo diario. Y, esos mismos hornos permitían a familias -lo recuerdo de Barcarrota- hacer en momentos puntuales dulces para consumo propio. Momentos de felicidad que bien merece la pena recordar en mi repaso de tareas y oficios. 

Los cambios de costumbres en cuestiones de higiene hicieron que surgieran mujeres dedicadas a lavar con mayor frecuencia la ropa de toda la familia. Incluso muchas de ellas, a falta de ingresos, se dedicaban preferentemente a lavar ropa de las casas más pudientes. Mujeres lavanderas que se dirigían al río, arroyos, pilones o, las más afortunadas, a un lavadero habilitado y un poco resguardado de las inclemencias, cargando sobre sus cabezas grandes cestos de ropa. Frotaban y frotaban la ropa sobre la taja o tejuela, la típica tabla rugosa, con el fin de eliminar la suciedad ayudándose con una pequeña pala que permitía golpear las prendas. Con el tiempo utilizarían jabón realizado a base de grasa de animales que ellas mismas fabricarían.

El poco bullicio de las calles por la inexistencia de vehículos motorizados era roto en algunos momentos por el sonido del chiflo del afilador, silbando una melodía, voceando su oficio. Se trataba el afilador de un comerciante ambulante, que ofrece sus servicios de afilar cuchillos, tijeras y otros instrumentos de corte. Ya es historia la imagen del artesano recorriendo las calles del pueblo o de la ciudad anunciando su paso con esa pequeña flauta hecha de cañas y luego de plástico, con su breve melodía haciendo sonar las notas de su escala tonal, de graves a agudas y viceversa, como una escalerilla musical. En el pasado, solían ser también reparadores de paraguas.

En su origen, el medio de trabajo del afilador era la “poda de afilar”, rueda de piedra o “tarazana”, primero acarreada a espaldas del propio afilador, y más tarde rodando.

Cuando llega la época de otoño siempre viene a mí esa imagen de antaño, que si bien ahora resurge con medios más modernos, lo era entonces de señoras que se apostaban con sus mesas o cajones en las aceras para vender sus mercancías asadas: las castañas. Las castañeras aparecían sentadas en sus sillas y a veces con un pequeño cobertizo para que tanto ellas como castañas y haciendas se resguardaran de la intemperie.

Acudir con las monedas para recibir el cucurucho con las recién asadas castañas y saborear este delicioso producto llenó mi etapa de infancia y merece incorporarlo a las raíces extremeñas que son, en definitiva, las que he tenido. 

Otro pasaje de la vida viene a mi mente paseando por esas calles abiertas a la caminata por el pedrerío del suelo. Quien no recuerda, si se vivieron los momentos, esa llamativa imagen de artesanos que se advertían en cualquier rincón, plaza o calle de nuestros pueblos. Sentados en el suelo, aunque algunos dispusieran de talleres en las zonas bajas de las casas o cuadras, aparecían rodeados de mimbres, tijeras y navajas para dar forma a un cesto o cualquier otro invento como para cubrir garrafones de vidrio. El cestero es un tejedor que entrecruza las varas de mimbre, a modo de hilos, hasta componer una pieza compacta; un oficio más que, poco a poco desaparece por la aparición de otros mecanismos o materia prima que precisa menos elaboración manual, pero que no puede desaparecer de nuestra mente. 

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