El descanso eterno de los humanos

No solemos hacer muchas referencias a ese difícil momento que supone la muerte de las personas y el cobijo que los acoge para que descansen en paz. Incluso ahora, en la actualidad, es cada vez más generalizada la incineración y con ello la desaparición de enterramientos en los lugares destinados para ello, si bien se expande la construcción de columbarios en lugares sagrados que, a la postre, es tanto como desear que la esencia misma de la persona se mantenga cercana al Dios que les proteja en ese viaje a la eternidad. Reviviendo, de otra forma, tiempos pretéritos.

Con eso de que no hay cuestión o circunstancia que no merezca conocerse, hace bien poco que asistía a una sesión informativa en una iglesia católica de Badajoz (San Agustín) donde la curiosidad me pedía conocer lo que se iba a decir respecto a los enterramientos que había en el recinto eclesiástico, lo cual no era otra cosa que profundizar en la historia de las sepulturas y del porqué algunas gozaban de la cercanía y otras no tanto, para pervivir unas en el casi recuerdo permanente y otras desaparecer en la nebulosa de los que ya nadie sabe tan siquiera que existieron con su identificación personal. El caso es que, conocido lo que se apuntaba, no me resisto a profundizar un tanto en el tema y hacer una referencia sobre el proceso que ha ido llevando esto de los enterramientos en lugares sagrados, y en especial lo acaecido en la ciudad de Badajoz (Extremadura, España).

Remontándonos al mundo clásico, o lo que es lo mismo a ese período comprendido entre la formación de la polis griega y la caída del Imperio Romano de Occidente, se advertía la conveniencia y necesidad de mantener separados a los vivos de los muertos, de modo que los primeros llevaban la actividad humana dentro de las murallas y los fallecidos pasaban al otro lado de ellas, en los aledaños. En la compilación de leyes vigente en el Derecho Romano durante el Bajo Imperio, conocido como Código de Teodosio, se recoge el mandato de sacar de Constantinopla todos los restos funerarios.

La etapa final de la influencia romana supuso un cambio en este planteamiento por el propio resurgir de la época paleocristiana, que hacia difundir una nueva religiosidad y, con ella, el enigma de considerar a la muerte como el tránsito o paso hacia una nueva vida, apareciendo así los primeros enterramientos en el lugar sagrado del templo. En el siglo II d.C. comienzan los cristianos a realizar sepulturas cerca de los primeros mártires en lugares de culto. Un acercamiento que pretendía facilitar ese tránsito a la nueva vida después de la muerte.

Pero en la Alta Edad Media se produce un cambio a resaltar. Fue el Concilio de Braga (año 563 d.C.) el que estableció disposiciones prohibitivas de abrir tumbas en las iglesias, para permitir que pudieran realizarse en el exterior, junto a las paredes.

La Orden del Císter (finales del s. XI), en período pregótico, permite la inhumación en el templo sólo de personajes influyentes: príncipes, reyes, fundadores. Se traslada esta posición al dictado de la Primera Partida (en el Código de las Siete Partidas) por el rey Alfonso X (popularmente conocido como “El Sabio”). El proceso de distinción social que producía esta situación de acogida en templos hacía que las parroquias estuvieran casi por completo integrada por losas o piedras tumbales. Y con ello un mercadeo en la época que buscaba entre las fortunas existentes el mejor posicionamiento en el interior del templo. El resto de humanos tenían que conformarse con el enterramiento en el atrio o paredes externas a las iglesias cuando no pasar a las fosas comunes.

A partir del siglo XV, y debido a esta saturación de cadáveres en las iglesias, y a las epidemias que hacían colapsar los enterramientos, supuso que los olores e  inmundicias hicieran insoportable la presencia en templos sagrados. Hasta que en la Época de la Ilustración (mediados del siglo XVIII hasta primeros años del XIX), propició que se tomaran medidas legales sobre los enterramientos.

En España, la Cédula de Carlos III de 1787 prohibía los enterramientos en las iglesias para ordenar la edificación de cementerios fuera de las ciudades. Un mandato difícil de cumplir por la costumbre existente y sobre todo por la oposición que hacían los depositarios de grandes poderes económicos que no alcanzaban a entender cómo se les quería desposeer de esa distinción social. También la Iglesia opuso resistencia por considerar que suponía una importante merma de su jurisdicción –y de obtención de beneficios económicos, diría yo también-. Obvio que el dinero mueve montañas porque muchas de las mejoras y capillas que conformaban las parroquias fueron soportadas económicamente por los que pedían a cambio un lugar para su acogimiento.

Carlos IV, en 1786 y a instancias de Manuel Godoy, establecía en términos conminatorios ordenanzas referentes a la Salud Pública en las que incidía en la prohibición de seguir la vieja práctica de depositar cadáveres en el interior de los templos o sus inmediaciones, por considerarla una costumbre insalubre y peligrosa para el vecindario. Con reticencias y en un proceso lento se empezó a proliferar la construcción de cementerios fuera de las poblaciones, a lo que contribuyó muy mucho la epidemia de 1800.

En este somero repaso legal aludiremos también a las Cortes de Cádiz, que urgieron repetidamente entre 1812 y 1813 a la desaparición de las prácticas de antaño, aunque la respuesta seguía siendo muy diferente en cada localidad.

Centrando mi atención ahora en la localidad de Badajoz (Extremadura, España), el conocimiento de lo que fuera sucediendo se encuentra en diversos testimonios documentales, entre otros muchos la publicación “Viejos valores pacenses”, de 1949, referida a los antiguos cementerios de Badajoz; o el Archivo Histórico Nacional y en el de la Provincia, a los que ha acudido el párroco de la Iglesia de San Agustín para conocer los testamentos existentes sobre enterramientos en el templo.

Cabe señalar que en esos antecedentes que permitían los enterramientos en iglesias no faltan muestras evidentes en lo que hoy puede observarse en los templos subsistentes. Muy recientemente, la restauración de la antigua iglesia de Santa Catalina, en la plaza de Santa María, convertida ahora en espacio cultural, ha permitido constatar la existencia de enterramientos en criptas, subestructuras abovedadas, de los siglos XVII y XVIII, así como otras tumbas más humildes en fosas señalizadas con piedras, ubicadas en la tierra. Simbólicamente queda plasmado ahora en una de las cavidades subterráneas que debidamente acristaladas depositan reproducciones de los huesos humanos encontrados.

Otro claro ejemplo lo da la Iglesia de San Agustín, que durante tres siglos fue el lugar elegido y pagado por la parte social más pudiente de la ciudad para enterrarse. Señala su párroco que aunque en los archivos de testamentos figuran que en este templo se encuentran 501 enterramientos, el número de personas que recibió sepultura allí es muy superior, y buena muestra lo constituye la existencia de dos criptas subterráneas en la nave central de la iglesia y una en cada una de las capillas laterales y otra en lo que hoy es el baptisterio.

Iglesia de San Agustín

La evidencia denota la existencia de la jerarquía social, y cuanto más pudientes lo fueran económicamente y más importancia tuvieran sus familias, más proximidad existía al altar de sus enterramientos. Y el mejor ejemplo se encuentra en el que fuera obispo y único de este rango católico enterrado en este lugar sagrado, fray Agustín Antolínez, que ocupa un lugar preeminente bajo las escaleras de acceso al altar, cerca de la de Hernán Gómez de Solís, hermano del maestre de Alcántara y en cuyo nombre se hizo con el control de Badajoz; un personaje sobre el que habría mucho que decir respecto a su intervención y acciones realizadas en la localidad. Entre los que descansan eternamente en este sacro lugar se destaca por su párroco a Isabel de Ardila, virreina de Manila, esposa de un alto cargo de Badajoz que fue enviado como encargado del rey a Filipinas, que murió en el barco de vuelta, quedando aquí la señora que fue enterrada en la cripta que pagó debajo del coro bajo (lo que hoy es el baptisterio).

Otro ilustre que se encuentra en este templo es José Gabriel Méndez Sepúlveda, que fuera médico honorario de la familia real española (cargo que se lograba previo pago) y que fue el primero que atendió el Hospital Militar de Badajoz. Su losa está en la última nave de la Epístola, reconocible por sus azulejos portugueses.

La visita que pueda hacerse a la iglesia permite descubrir también a la tumba de Vicente Javier Félix de Vera Aragón y Ladrón de Guevara, sexto Conde de la Roca, que viviera en un palacio interior de la Alcazaba; o a José de la Rocha Calderón, regidor perpetuo de la ciudad, cargo que igualmente se obtenía comprándolo, y cuya muestra está muy presente entre los muchos apellidos relacionados con regidores perpetuos, que como se dice compraban el cargo en la tierra y el cielo en la muerte.

En fin, el marqués de Dragonete, que ocupa lugar en la capilla de Lourdes, donde se conserva su lápida. Era viudo de Isabel Chapín, que pertenecía a una estirpe de renombre de la ciudad y que se recuerda con el nombre de la calle que se encuentra a la vuelta de la iglesia. Y el marqués de Bay, Capitán General de Extremadura durante la Guerra de Sucesión.

Calle trasera de la Iglesia de San Agustín

Mucho podría decirse, por lo demás, si se pudiera adentrar en las entrañas de otros templos sagrados, como ocurre con la Cripta de la Catedral de Badajoz o la Iglesia de la Concepción. Quizá el principal motivo del descanso eterno no ha permitido hasta ahora adentrarse en las entrañas de lo que acogen pero que ahí están, presentes de lo que ha sido la historia de los enterramientos en los templos sagrados.

Pero si ha de seguirse la estela de la historia de los enterramientos en Badajoz no puede faltar la alusión a las grandes fosas que pudieron formarse en las afueras de la ciudad por imperativo de la excesiva mortandad que pudiera existir, no solo por epidemias sino también por actuaciones bélicas. Encuentra así la necesaria referencia el osario de San Roque, localizado junto al  viejo camino real de Mérida, en las proximidades de la ermita de San Roque, que según se afirma cabe considerarlo el primer cementerio centralizado de Badajoz como consecuencia de la matanza producida en 1285 por el rey Sancho IV “El Bravo”, sobre la facción de los Bejaranos, tras las disputas de éstos con los Portugaleses y su siguiente sublevación contra el monarca. Se cifra en algo más de cuatro mil personas cuyos cuerpos fueron arrojados a las grandes fosas abiertas en este lugar.

Iglesia de San Roque

A salvo de esta circunstancia, y de modo oficial, puede decirse que el cese de sepulturas en iglesias tuvo lugar el 22 de diciembre de 1813, cuando el Ayuntamiento, en cumplimiento de las estrictas determinaciones de las Cortes de Cádiz, oficiaba e instaba al Vicario general del Obispado para que ordenara a la comunidad religiosa de Badajoz que a partir del día de Nochebuena siguiente se dejaran de producir sepulturas en sitio diferente al que se dedicaba para ello, que no era otro que el antiguo corralón trasero del convento de San Francisco que es la primera ubicación provisional que se producía, en lo que hoy ocupa la edificación de la Delegación de Hacienda y Agencia Tributaria, al que se accedía desde la plaza de Minayo. Se dice que el lugar resultaba como un estercolero sin las menores condiciones, dejado casi al completo abandono, y que por carecer de cerramiento llevaba a animales a campear a sus anchas, En este estado deplorable se estuvo durante casi diez años.

El precario lugar fue abandonado en 1821, por decisión del Ayuntamiento, trasladando los enterramientos a unas nuevas instalaciones situadas en el interior de la Alcazaba. Cerca de la llamada Puerta de Carros, donde existían las ermitas del Rosario, que quedaba reservada para capilla, y de la Consolación, que cedió todo su recinto para la fábrica de nichos y sepulturas. Estas ermitas estaban en esos momentos prácticamente derruidas tras el paso de la Guerra de la Independencia. Sus vestigios han perdurado hasta hace pocas décadas, y los que podemos tener ya una cierta edad no nos resultará extraño traer a la mente ese lugar en momentos donde su abandono hacía campear a cualquiera para ver cómo incluso se profanaban libremente los pocos restos que quedaran.

El recinto era reducido y pronto se vería superado por los acontecimientos mortales. El azote del cólera que se produjera en 1833, que hizo fallecer casi un tercio de la población, obligó a que se dejara de enterrar en esta zona para trasladarlos al cerro de La Luneta, situado al norte del fuerte de San Cristóbal, al otro lado del río Guadiana. Allí volvió a sucumbir el despropósito. Las tumbas fueron desplegadas sin orden por el terreno, lo que al final supuso una vez más, la existencia de un osario sin cerramiento ni instalaciones adecuadas, quedando las sepulturas a merced de los acontecimientos que las profanaran.

Poco duraría la estancia, y en 1838 se volvería a la Alcazaba, manteniendo como sede central las referidas ermitas del Rosario y Consolación, que si bien se encontraban saturadas hizo posible que en su entorno se ordenaran nichos y sepulturas, elogiadas en su momento.

Pero tardó poco en hacerse un nuevo cambio. En 1839 se hizo un nuevo cementerio, con instalaciones más completas y mejor acondicionadas, en el conocido Cerro del Viento, que aún hoy está en servicio, más conocido como cementerio de San Juan o “Cementerio Viejo”, que en su momento fue objeto de crítica por el hecho de que los vecinos consideraban alejado de la población, y que hoy está prácticamente integrado en el núcleo de la capital, al inicio de la carretera que lleva a Olivenza.

Cementerio de San Juan

Los restos de los cementerios de San Francisco y la Luneta fueron trasladados al nuevo del Cerro del Viento, en tanto que el de la Alcazaba se mantuvo en servicio hasta bien entrado el siglo XX, como instalación secundaria por aquello de que todavía se prefería por algunos vecinos tener allí los nichos y sepulturas.

Durante más de un siglo ha pervivido como cementerio principal el del Cerro del Viento, hasta que su saturación y el devenir de los tiempos que impedía mantener el aislamiento que se consideraba necesario para este tipo de instalaciones, de modo que se inauguró uno nuevo en 1983 con el nombre de “Cementerio de Ntra. Sra. de la Soledad”, situado en la zona del Manantío, en sitio lejano en la carretera de Valverde, que no complace por su distancia de la capital, además de encontrar serias dificultades de acceso y la invasión de humos y malos olores procedentes del cercano vertedero municipal.

Cementerio de Ntra. Sra. de la Soledad

Al historiador y cronista oficial de Badajoz, Alberto González, junto a otros documentos depositarios de la realidad acaecida en la capital de Badajoz, debo el conocimiento de cuanto se recoge en este pequeño resumen, que se me antojaba necesario para quedar reflejado el recorrido de las circunstancias que han rodeado los enterramientos de los ciudadanos. Sin dejar de ser un tema poco halagüeño, no por ello deja de ser una realidad existente y cobra interés para conocer algo más de lo sucedido en nuestro paso terrenal.

Apunte final: importante es el estudio comparativo de los ámbitos funerarios en templos de España e Iberoamérica durante la etapa colonial, elaborado por Antonio Vicente Rey Sánchez (Universidad de Murcia), con abundante bibliografia (Scientific Electronic Library Online -Scielo-).

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