El placer de la comida

Si hay una actividad relevante en la vida humana es la de comer, lo cual no quiere decir que todas las personas engullan los alimentos con apetencia pues también los hay que soportan un cierto suplicio por sus continuas aversiones a la comida. Para unos, los de buen comer, supone un gran placer que nos brinda la vida; y para otros es, simplemente, un medio necesario para poder vivir. Por lo demás, el comer está bastante arraigado en su contenido a las distintas costumbres de cada país o continente, con diferencias sustanciales pero que en nada se oponen al sentimiento universal de disfrutar comiendo como experiencia que alcanza a las personas cualquiera que sea su edad o género.

En mi caso he de decir que me incluyo entre los que unen la necesidad fisiológica con el placer de la comida, como una bendición que me ha llevado incluso en tiempos más recientes a apreciar el arte culinario, el del preparativo, como un elemento de especial relevancia para empezar el disfrute. Cocinar se convierte así en el primer estadio de la alimentación, porque solo con la preparación se empieza a relamer la delicia que supondrá el resultado producido.

Los científicos, como no, dan muestras de sus hallazgos, y así puedo encontrar una referencia realizada por un profesor de la Universidad de Oxford, en Reino Unido, el profesor Charles Spence, que explica cómo los placeres de la comida residen en el cerebro y no en la boca, y el acto de comer supone una compleja experiencia multisensorial que reúne olores, sonidos, colores, recuerdos, expectativas, vajillas, la presentación y los nombres de los platos, de modo que “el trabajo del cerebro consiste en unir todas estas sensaciones dispares en objetos de sabor que localizamos en nuestra boca”. Por tanto, habría que concluir que para estos expertos el comer es un placer por razones químicas, por el hecho de tener el cerebro todo el control y no el estómago. Al comer, nuestras neuronas segregan una hormona llamada “dopamina” que está asociada con el sistema del placer del cerebro.

Mi conclusión es más simplista. Sea quien sea el que domine el cotarro y quien haga salir a flote el sentimiento, el caso es que comer me produce un placer digno de resaltar, como sensación subjetiva que estimula los sentidos de la vista, del tacto, del oído, del olfato y, sobre todo, del gusto. Un sentimiento que, sin duda, es compartido por muchos fieles a la gastronomía.

La cuestión es que en esta sociedad del consumo en el que nos vemos inmersos, satisfecho el propósito de esa necesidad de nutrición que tiene el ser humano, a veces el comer se torna obsesivo. Cuando no la vida de rutinas y prisas lleva a que proliferen las comidas rápidas. Sea como fuere, el caso es que se vive en torno a la comida más allá de la necesidad que comporta, y no hay celebración del signo que sea, y de integrantes que se reúnan, que no lleve implícita la comida como medio de relación y convivencia social.

Pasamos, en definitiva, a representarnos la idea de si comemos para vivir o vivimos para comer, sobre todo teniendo en cuenta que son muchos los momentos en los que comer se erige en el medio para salir del estado emocional que se tenga, o al menos para acompañarlo. Así, no son pocas las ocasiones en las que comemos por la situación estresante que estemos atravesando, por tristeza, por nerviosismo o incluso por aburrimiento. Como medio de entretenimiento, que nos hace ser devoradores de cuanto caiga en nuestros alrededores. Con la salvedad, eso sí, de los inapetentes para los que ver comer a los demás ya es motivo para producirles una sensación incómoda.

Tan relevante es la comida en nuestras vidas que la historia del cine da buena cuenta de filmes dedicados a la gastronomía o que tienen como escenario a los grandes acontecimientos culinarios. A veces como mero modo de subsistir, en otras ocasiones como celebración pagana de un rito. Cuando no haciendo patente esa voracidad e insaciabilidad que lleva hasta la muerte, como ocurre en La gran comilana, esa película franco-italiana de 1973, dirigida por Marco Ferrari y protagonizada por Marcello Mastroanni, Ugo Tognazzi, Michel Piccoli y Philippe Noiret, que dan vida cinematográfica a cuatro amigos que se reúnen un fin de semana en la villa señorial de uno de ellos para consumar un suicidio gastronómico colectivo. Esto es, una especie de pacto suicida en la que se elige la comida como arma mortal.

En la historia tampoco faltan sorprendentes vinculaciones de artistas con la cocina, y un ejemplo significativo fue el del gran Leonardo da Vinci que, aunque fracasara en esta faceta, fue cocinero y tabernero en la Florencia de la época. El fracaso lo atribuía a la falta de cultura culinaria y las barbaridades que se hacían tanto en las mesas como en la cocina. Por esta razón concluyó que tenía que reformar tanto la forma en la que se cocinaba, como la forma en la que se consumían los alimentos. No faltaron invenciones suyas al respecto, aunque también es verdad que muchas de las noticias que merodean en la actualidad en torno al personaje son completamente falsas, como la de atribuirle la autoría de un libro denominado «Notas de cocina de Leonardo da Vinci», que yo mismo pude ver con mis ojos en una Feria del Libro.

Considerando la conveniencia de traducir el placer de la comida como algo vinculado al comer para vivir, constituye el objetivo perseguido aquello que se oye decir con término anglosajón como mindful eating, esto es, la alimentación consciente, el disfrute de la comida cuando se trata de satisfacer el hambre física y no utilizando los alimentos como una anestesia emocional. No es, por otro lado, un medio de hacer dieta para adelgazar, sino una manera de acercarse a la alimentación, atendiendo a nuestra nutrición, englobando las facetas de qué escoger, cómo cocinar y comer los alimentos. En definitiva, se hace recaer el protagonismo sobre el binomio comer-sensaciones.

Pensemos que las personas nacemos con una especie de sensor para detectar si se tiene hambre física o no, pero es el tiempo el que va desvirtuando la esencia de supervivencia por la comida sin tener necesidad de ella. Aprender a comer con conciencia plena es, por ello, una técnica de meditación que representa el mindful eating, y que como puede advertirse tiene su origen en el mindfulness. Se pretende así trasladar esa conciencia en el presente cuando llevamos a cabo las ingestas atendiendo a las necesidades fisiológicas que tenemos en los momentos en que frente al hambre se impone su saciedad.

Comer para vivir es un momento de placer, de felicidad, y por ello mismo son sumamente relevantes los actos que envuelve el momento culinario, comprensivo por tanto de hábitos que hagan satisfactorio el instante. Desde dedicar el tiempo necesario para la comida en tanto ello sea posible, hasta el momento de verse saciado –que no hinchados-, discurre todo un protocolo placentero de experimentar las sensaciones que produce una buena y saludable comida.

Comer de forma consciente, sin remordimientos, constituye un objetivo que tenemos a nuestro alcance y que no todos pueden experimentar. El mundo es diverso y muchas almas no tienen la posibilidad de ver saciada su necesidad básica de comer para vivir. Respetar el plato y los alimentos es tanto como respetarnos nosotros como personas y respetar a la humanidad. No hay mejor momento que el de estar acompañados de seres queridos, amigos, compañeros o conocidos para compartir una buena comida.

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