La importancia de la buena comunicación

De las muchas cosas que se van perdiendo incomprensiblemente es la de dar relevancia a una comunicación oral que satisfaga a unos oídos deseosos de recibir sonidos que no sean estridentes. Queda en el anhelo de los que peinamos canas el recuerdo de bellos discursos que, bien construidos, hacían interesante el debate que pudiera surgir después. Hasta las discusiones se podían producir con un tono y el uso de una palabrería que en nada se parecían a insultos. Una habilidad digna de resaltar porque lo más socorrido es acudir a la bofetada dialéctica, y no a lo más complicado que resulta la palabra medida para anunciar la repulsa.

Se me podría achacar de persona desfasada, pero no creo que en la actualidad sean muchos los que aprueben el debate discursivo que propician la mayoría de los políticos y oradores, o los escasos debates televisivos, cuando no asumiendo la repugnancia de ciertos programas y cadenas ancladas en un populismo desconcertante. Si asumimos que ya desde las primeras enseñanzas educativas se empieza a prescindir de la formación humanista, cada vez con más intensidad y a las pruebas recientes me remito, podrá comprenderse el resultado que puede advertirse con el beneplácito de un pueblo que da por perdido cualquier atisbo de cambio al respecto. Tanto nos acostumbramos a este lenguaje despectivo y de crudeza impropia que hay quien dice, y no le falta razón, que lo que vemos en los que ocupan puestos de arriba es simplemente el reflejo de lo que hay abajo. Es posible porque cuando criticamos a otros dejamos de mirarnos a nosotros, y puede ser que lo que hay no sea más que el producto de lo que somos.

El caso es que mirar atrás a veces ayuda a reflexionar. Lo pasado es aprendizaje y olvidarlo es la peor ocurrencia que podríamos tener para movernos sin sopesar los obstáculos que encontramos en el camino. Es como si los humanos quisiéramos ser niños toda la vida, sin querer aprender nada.

Cualquiera que pretenda ser un orador, un comunicador, para transmitir mensajes en la enseñanza, política, dirección, propaganda, venta, u otra faceta de la vida que exija oratoria, debería cuanto menos ser respetuoso con el colectivo al que se dirige. Ello supone que tenga unas facetas personales y otras académicas que le permitan asumir ese papel de relevancia. Ser un buen comunicador exige compostura y conocimientos, que no está reñido con la crítica y la reprimenda, y luego están esas otras facetas que recomiendan mucho los asesores de políticos, cuales pudieran ser el lenguaje no verbal y expresivo. Pero qué quieren que diga, prefiero al personaje sin movimiento a un desinquieto expresivo pero que nada transmite en el contenido del mensaje que quiera dar.

Cuanta satisfacción produce asistir a una conferencia o debate en que los ponentes consigan generar un ambiente armonioso y facilite la transmisión de sus conocimientos con la naturalidad que permita su comprensión. En otro extremo se encuentran los foros aburridos, somnolientos, en los que quienes quieren transmitir no solo no lo consiguen sino que adquieren una imagen tan patética como para huir de cualquier otro evento en los que puedan aparecer. El colmo es del comunicador que no hace otra cosa que navegar por la palabrería hueca, vacía de contenido.

Qué decir de esos debates políticos, tan patéticos y con tan poco discurso como para decir, y creo que no me confundo, que hacen cundir el desánimo y propician que el pueblo llano cada día presta menos atención a las noticias que salen o se producen en las cámaras parlamentarias. El insulto es la norma, y el colectivo ha llegado a creer que cuanto más agrias sean sus palabras mayor credibilidad adquieren hacia el pueblo deseoso de ver peleas de gallos. Olvidan que no todo el mundo se encuentra cómodo con el griterío y permanente enfrentamiento del Sálvame televisivo, y que lo buscado son unos discursos convincentes, que denoten que detrás de las palabras hay conocimientos, ilusión, ganas de hacer cosas, trabajo, sacrificio para un pueblo deseoso de una buena gestión de los recursos públicos. En palabras de Cervantes, «lo que se sabe sentir, se sabe decir».

Recientemente sale al mercado el libro escrito por Javier Alonso López, que bajo el sugestivo título de «Discursos históricos» nos recuerda los ejemplos que ha dado la vida y que han conmovido a sus contemporáneos y consiguieron llegar al interior de los auditorios y transformar sus convicciones y actos. Se viene a reflejar los casos en que «un buen discurso puede convertir a patriotas en verdugos, a hombres sin rumbo en guerreros de Dios, a oprimidos desesperados en un ejército lleno de esperanza, a enemigos en amigos y a seres comunes en criminales o iluminados». Desde el Sermón de la montaña hasta Mandela, pasando por Cortés, Churchill, Hitler o Ghandi ―entre otros―, el autor no solo reproduce los discursos íntegros (casi todos traducidos por él) sino que nos da todas las claves para ponerlos en contexto y extraer su significado profundo. La intención que se pretende es ayudar a desenvolvernos en el mundo actual para comprender que el discurso adaptado a los tiempos puede conseguir ese objetivo de conmover, aunque debamos tener la atención precisa para evitar que la palabrería pueda llevar a la manipulación, como ocurriera en otros tiempos con personajes tan señalados como alguno de los indicados.

El discurso se convierte así en algo diferente a leer lo que te escriban otros. Exige la identificación de la persona con la palabra, sin impostar a otros o querer convertirse en alguien que no se es. Una habilidad que puede conseguirse con la práctica, con la debida atención a lo que se vuelca en palabras, y con la marca personal que caracterice al orador. Haciéndolo desde el corazón, en los temas que se tenga conocimiento, y respetando al auditorio al que se dirija, lo que exige evitar las mentiras y los intentos de engaño. Ojalá se entienda que no todo ni todos valen en el mundo comunicativo que representa el discurso y quienes sean sus emisores. Al menos sin tener conocimiento de lo que se quiere transmitir y sin la práctica y adquisición de la habilidad necesaria para estar ante un auditorio. Añoro la mar de las veces a quienes cumplan estas exigencias.

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