Acerca de los epitafios

Hay personas que se resisten a quedar en el olvido, a dejar este mundo sin la impronta que puedan suponer sus últimas palabras, esas que quedan plasmadas en el recóndito lugar donde se dice que descansan definitivamente las personas. Pasear por los cementerios es algo que puede resultar un tanto lúgubre pero, a decir verdad, hacerlo para sentir la paz que se encuentra en ese entorno resulta un tanto gratificante para el paseante. Y como en el recinto encuentras variedades que pueden sorprenderte, hay quien con cierto humor y socarronería llegara a decir que “los cementerios son bosques enciclopédicos de oquedades, memeces y cursilerías” (Alfonso Ussía, artículo “Melancolías” publicado en la revista Época en 1993).

Aunque los momentos presentes han hecho que no todos los que fallecen acaben en una sepultura, por aquello de que la cremación ha supuesto que muchos opten por esta forma de verse reducidos prontamente, en lo que pueda ir quedando de lo pasado y lo que llegue, los cementerios recogen la historia de nuestra existencia, la de quienes nos han precedido y han dejado de verse que no de sentirse. Hasta que las telarañas de las mentes van dejándolos en olvido. Y en el paseo adviertes los que todavía mantienen la cercanía y cuidan ese habitáculo o lápidas con todo el amor de quienes quieren; y los que ya han ido quedándose solos, porque los que podían seguir acercándose ya no lo hacen posiblemente debido a que ya tienen otro aposento en las cercanías. También te encuentras con los que aun llegando hace poco a este paraíso del descanso no reciben visitas porque hay quien simplifica lo producido como mera materialidad que desaparece y dejan de estar, o en el colmo de las elucubraciones mantienen que sus sentimientos internos impiden adentrarse en estos lugares tan desdichados.

El caso es que  muchos de los que viven hacen lo posible por mantener su añoranza y recuerdo más allá del momento de expiración, y también esos terceros que afloran con sentimientos hacia los que se van. Surge el ingenio con los denominados epitafios (del latín epitaphum, compuesto por dos voces griegas: epi, sobre; y taphos, tumba), que constituyen citas o frases talladas de la tumba que conmemora al difunto de manera individual. De este modo, al momento de la muerte es cuando los que quedan vivos cumplen con la última vanidad del muerto. A veces los textos son tan sorprendentes como para considerar que mantienen la competitividad para hacer valer que allí no yace cualquiera, sino una persona ilustrada o de relevancia artística o popular, y no se conforman con dejar a sus enterradores la genialidad de poner cualquier cosa en la lápida que cierre definitivamente su paso al mundo. Porque podría ocurrir que tuvieran la graciable ocurrencia de mantener la monotonía generalizada del “Descansa en Paz” o “No te olvidamos”. En el extremo de la refinería, se ha llegado a considerar a los epitafios como un subgénero literario lírico, como sucedáneo del poema de lamento: la elegía.

En líneas generales los textos para la añoranza suelen ser concisos, con intención variopinta por el autor que puede venir de la persona fallecida o de terceros. Desde los que expresan quién yace en la tumba y refleja algo de su pasado, hasta los que muestran deseos o reflexiones acerca de la vida y la muerte, cuando no el humor está presente. Nada está escrito sobre el contenido y por tanto puede incluso tener sentido diferente según los ojos que puedan verlo. Descubrimos así que en el mundo existen epitafios de todo tipo, tanto en verso –que constituye lo tradicional- como en prosa, todos ellos moviéndose entre el humor, el cariño, las frases literarias y el misticismo.

La distinta manera de decir adiós con cierta dosis de humor está presente en algunos epitafios de famosos. La tumba de Molière da ese perfil: “Aquí yace Molière, el rey de los actores. En estos momentos hace de muerto y de verdad que lo hace bien”; el escritor, historietista y periodista español Miguel Mihura dejó esta lindeza: “Decía yo que ese médico no valía mucho”; Frank Sinatra resaltaba su cambio: “Lo mejor aún está por llegar”; para Cantinflas todo parece una pesadilla: “Parece que se ha ido, pero no es cierto”; en la tumba de Miguel Gila se plasma la peculiar forma de representar su humor mediante los monólogos que ofrecía al teléfono, quedando para el recuerdo la famosa muletilla “¡Que se ponga!”, con su fiel reflejo en el epitafio:  «¿Es la vida? Que se ponga»; el actor cómico Spike Milligan recordaba lo que advertía: “Os dije que estaba enfermo”; Dorothy Parker da relevancia al humor negro, muy en línea con el que fuera su cáustico ingenio, su sarcasmo y su afilada pluma: “Perdonad el polvo”; el novelista y actor estadounidense Francis Scott Fitzgerald aclaraba su estado terrenal: “Estuve borracho muchos años, después me morí”; En la tumba del actor Marlon Brando se acordaba de su experiencia: “¡Otra vez protagonista de la ley del silencio!”.

En fin, en esta amalgama de gente con sentido del humor también han surgido leyendas que no se corresponden con la realidad, como la atribuida a la tumba de Groucho Marx y que quizás gustara a muchos que figurara: “Perdonen que no me levante”; también es mera invención la que se dice existir en la tumba de Johann Sebastián Bach: “Desde aquí no se me ocurre ninguna fuga”, donde únicamente aparece su nombre.

La prepotencia se hace ver en el epitafio de Orson Welles: “No es que yo fuera superior, es que los demás eran inferiores”; para el humanista francés Rebelais, todo ha sido una burda obra teatral: “Que baje el telón, la farsa terminó”; esgrimiendo su pasado está el director cinematográfico Billy Wilder, en cuya lápida se puede leer: “Soy escritor, pero claro, nadie es perfecto”, una frase que tiene que ver con la icónica película “Con faldas y a lo loco”; “Quien resiste gana” es el escueto epitafio de la tumba del escritor español Camilo José Cela; y dando fin a la existencia es el que acoge la tumba del actor de voz estadounidense Mel Blanc: “Eso es todo amigos”; el escritor y filósofo español perteneciente a la generación del 98, Miguel de Unamuno, expresaba su sentir con la maestría literaria que le caracterizó: “Sólo le pido a Dios que tenga piedad con el alma de este ateo”.

El repaso dado lo ha sido hacia los epitafios de famosos, pero en los distintos campos sepulcrales encontramos buena muestra de otros expuestos por gente cuyo protagonismo no trascendía más allá de su círculo familiar y que supuso el reflejo de sentimientos que van desde bellos poemas hasta palabras insultantes que acogían el estado pasional vivido por los que ahora descansan. Entre estos últimos aparece en Valladolid una tumba de un músico que llegó a odiar al que fuera Ministro español Montoro, y que quiso dejar constancia de ello en su epitafio: “Montoro, cabrón, ahora ven y cobras” (textual). La venganza de los cónyuges queda patente en algunos de estos epitafios: “Aquí yace mi mujer, fría como siempre”, “Aquí yace mi marido, al fin rígido”.

También en la localidad extremeña de Guareña (Badajoz) se produjo un hecho que llegó a ser objeto de publicidad y con visos de litigio judicial. La lápida objeto de discordia familiar suponía la venganza de un padre, guardada durante años debajo de la cama de su protagonista hasta que llegó el momento de su colocación, que en el frío mármol acusatorio expone la siguiente lindeza: “Aquí yacen los restos de un padre que fue abofeteado y maltratado por su hija, por ser buen padre”, para terminar con la frase “Cuando Dios quiera”.

En el cementerio de San Juan Bautista de Badajoz se encuentran muestras de bellos poemas, y no me resisto a transcribir uno de ellos sin mermar la ortografía. En su recóndito aposento se encuentra una víctima del cólera de 1834.

“Qué fue de tu candor, qué de tu risa;
qué de tus gracias y filial encanto.
Por qué, huracán de asoladora brisa
sumid a tus padres en mortal quebranto,
por qué fugaz tu sombra nos precisa
a trocar la esperanza por el llanto?
No eras tú nuestro amor, nuestra ventura?
Pues por qué desapareces, criatura?”

Está claro, las palabras sobreviven, y desde los epitafios griegos y latinos hasta los más actuales, el deseo de mantenerse presente no es solo patrimonio de poetas y artistas afamados. Y ahí quedan, para el recuerdo y para satisfacer la curiosidad de los paseantes del paraíso de la paz.

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