El pasillo al campeón

Mucha tinta se viene vertiendo en medios de comunicación y conversaciones de aficionados a propósito de la decisión que adopta el Atlético de Madrid de negarse a hacerle el pasillo a su vecino y más que rival, el Real Madrid, que antes de expirar los últimos encuentros de la liga española 2021-2022 ha alcanzado la diferencia en puntos con sus competidores como para impedir que le alcancen con los partidos que quedan y, por tanto, se le reconoce como campeón.

Ocurre que en esos últimos partidos, el próximo a la proclamación lo es el que enfrenta al Atlético con el Madrid en casa del primero y, si se quiere seguir la costumbre, no habría que darle mayor importancia al gesto de educación deportiva que brindara hacer ese pequeño homenaje al que ha conseguido ser el mejor en liga.

Hasta el máximo rival en eso de los clásicos, el Barça, por medio de su entrenador, elogia al campeón por considerar que nadie regala nada cuando se llega a ganar el campeonato tras tantísimas jornadas de partidos en los que la regularidad es la que marca el resultado final.

Pero estamos en momentos donde las costumbres -las buenas- y la educación -en general- se ponen en tela de juicio por todo el que quiere alcanzar protagonismo de índole progresista. Romper moldes supone para algunos progresar, dejar de ser humillados. Y si no, atiendan al comunicado que hace el Atlético: «Algunos quieren convertir lo que nació como un gesto de reconocimiento al campeón en un peaje público que deban pagar sus rivales, impregnado además con aroma a humillación. Bajo ningún concepto, el Atlético de Madrid va a colaborar en este intento de escarnio en el que se olvidan por completo los verdaderos valores del deporte y se fomenta la crispación y el enfrentamiento«. Es decir, que son los demás -algunos se dice sin concretar quiénes- los que justifican el comportamiento de todo un equipo de solera. La humillación deportiva no puede consentirse, y mucho menos si lo es con el eterno rival de la capital española, porque no se puede olvidar -o al menos así pueden creerlo- que ya han sido humillados lo bastante perdiendo partidos y competiciones por culpa de ese “flamante campeón”.

Si hago esta entrada no es para dar la razón a unos y quitársela a otros, dentro siempre de mi modesta opinión que no es más que un parecer dicho con la máxima consideración hacia todos. Mi intención es, simplemente, defender la libertad de sentimientos, alejada de las teatreras actuaciones que acostumbramos a hacer. Que la cara represente el alma.

Dicho esto me atrevo a respetar una decisión que no comparto, pero que merece reconocerse por el valor de lo que se hace y la actuación que se sigue. Si, como dice la entidad deportiva, le va a suponer un peaje humillante pues que siga sus propios dictados. Es más importante seguir la dirección de seguidores ultras y radicales que la de los que aman el deporte y saben ganar y también perder. A buen seguro que cuando salga al terreno de juego en el partido a celebrar recibirá la sonoridad de unos aplausos que estén acordes con los sentimientos de la entidad. A lo hecho, pecho. A la postre definirá a la entidad y le dará la imagen que quiere, y se apartará de mantenerse en el rebaño de los que quieren parecer cuerdos y educados. Así, quien siga esta estela permitirá despejar el campo para que queden las posturas de todos y cada uno como realmente piensan y hacer valer al exterior. Seamos lo que sentimos. No a la humillación de tener que hacer lo que no se quiere y siente. A buen seguro que deshecha esta floritura, será verdaderamente sentida toda manifestación que cualquiera pueda hacer de futuro.

El fútbol da la talla en el campo de lo que está en la grada y de quienes los dirigen. Felicitaciones, una vez más, a los que siguen su propia estela y se apartan de unos precedentes que, curiosamente, vienen desde el año 1970 cuando el Athletic Club le hizo el primer pasillo al Atlético de Madrid en el césped del entonces emblemático Manzanares. Con alguna que otra circunstancia de negativa que no comparto igualmente, como los acaecidos en clásicos entre Real Madrid y Barça, la tónica mantenida ha sido la del buen ejemplo, la que elimina resquicios de enfrentamiento entre aficiones y entidades.

Pasillo del Athletic Club a Atlético de Madrid en 1970

Los que amamos el fútbol aconsejamos a los jóvenes que aprendan los valores que tiene el deporte, y no vamos ahora a reparar en estos gestos que para nada van a empañar el esfuerzo que se hace para que el espectáculo esté donde debe estar: en el juego, en las estrategias, en los jugadores, en los goles, y en el cruce de manos para felicitar al que gane la disputa. Envenenar las gradas y a los que disputan el encuentro es un flaco favor que se hace al deporte, porque ser educado no supone humillación, y los protagonistas no pueden confundir la humillación con el odio y resquemor. El caso es que no sé si al final ocurrirá el efecto contrario y la humillación saldrá a flote con estos brotes que tanto dejan ver.

Ojalá tuviera que sacar una entrada complementaria a esta porque la cordura hubiera hecho recapacitar de la decisión que se adopte, y al celebrarse el encuentro se hiciera favoreciendo al deporte y olvidando a los pasionales virulentos. Aunque me temo que cambiar de dirección es un tanto complicado. Ni tan siquiera pensando en el ejemplo que dan a tantos aficionados y jovencitos.

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