Cuando la cordura se tambalea

Acudía recientemente a la conferencia que pronunciaba en la 41 Feria del Libro de Badajoz el periodista Ángel Martín,  el “nuevo cuerdo” como él mismo le gustaba calificarse, para aludir a su difícil experiencia vivida en tiempo no muy lejano y que le llevó a estar ingresado en un psiquiátrico, narrado ahora sin resquemor en su libro Por si las voces vuelven.

Lo hice un tanto expectante para ver cómo aludía a una etapa de su vida que no todos estarían dispuestos a divulgar, para ver si la valentía del preludio coincidía con el sentimiento y aprendizaje que pudiera brindar para tantas y tantas personas que en el caminar se introducen en las nebulosas de la pérdida de cordura. Ya me impresionaba la enorme cola de gente que, con el libro en mano, quería el recuerdo firmado de ese personaje que no se tapaba y que hacía coincidir su vivencia con más de uno de los pasajes de la vida de otros de los presentes.

En la conferencia-entrevista que se le hacía, con cierto humor propio de quien acoge esta habilidad, dejaba caer entresijos de un mundo calificado como de “chiflados” para quienes huyen simplemente de quienes no deparen sensatez en su caminar, y en sus palabras sobresalió lo que ahora quiero destacar. Decía el conferenciante que la salud mental es una realidad y en su proyección cotidiana surge la palabrería, el oír hablar a quienes puedan estar afectados por verdaderos problemas mentales, pero que nadie escucha. En este punto es donde se produce la desatención, el no entender o, en el punto más exultante, el no querer comprender al “pirado”.

He utilizado ya algunos calificativos comprensibles para el común de los mortales, pero ahora me adentro en las profundidades de ese mundo tan complicado como es la mente, y el padecimiento que pueda suponer a quienes inmersos en situaciones dispares llegan a flojear en su exteriorización de lo que se supone una normalidad. Ese momento complicado para quien pueda padecerlo y que impide caminar como debería, haciendo tambalearse por la afección que inunde. Con razón patente o sin razón aparente, tras haber llenado el vaso de la desesperanza. Cuando ya se empieza a desprenderse del complejo y sale a relucir la imagen de un personaje desconocido hasta ese momento.

Unos se dejan llevar y en el amplio mundo de los vagantes ves florecer esos desesperados que ya no buscan más que la ignorancia de su persona, caminando con el disfraz de los perdidos. Otros llegan a desafortunados desenlaces, pasando a engrosar esos números que se silencian y únicamente son referidos en contadas ocasiones que hace imposible su ocultación. En fin, sin llegar a extremos, no son o somos pocos los que podamos dar muestras de desajustes en nuestra cotidiana actividad, o envolviendo lo que hace daño interior con lo que puedan parecer extraños comportamientos o sinuosa palabrería aprovechándose de los medios que se tienen ahora para hacerlo y llevar hasta sabe Dios dónde. La vida tiene esos desaires hacia quien camina por ella o para ella.

Con ser tan palpable las situaciones, los gritos silenciosos de quien amaga incoherente palabrería, no se llega más que al borde del problema. Nos podemos conformar con dar una palmadita en la espalda, incluso ofrecer muestras de apoyo y entusiasmo como mero cortejo educativo, pero la verdad es que cuando ves a estas personas lo que desea la gran mayoría es dar la vuelta y no cruzarte más con quien perturba nuestra lucidez. Como dice el autor del libro que he reseñado, aparece la palabrería pero no se escucha.

Si se escuchara seríamos conscientes de que estamos ante personas necesitadas de ayuda, de nuestra ayuda. Por poco que esté en nuestras manos hacer, siempre será importante escuchar, entender lo que se nos dice en esa incoherencia conexión entre lo que se era y se es. Las personas no cambian porque sí, y el decaimiento es síntoma de una debilidad que si no se intenta entender va a ser muy difícil ayudarla.

Ser consecuente con estos síntomas supone comprender lo que depara el caminar por la vida. Al igual que la salud física, la salud mental está presente en todas las personas y cambian durante la vida. Igual que una dolencia física, la mental puede aparecer y hacer sentir mal a quien padezca su alteración. Un problema común, muy común, más de lo que pudiera pensarse. Y con mayor o intensidad en función de lo que afecte al estado de bienestar. La Organización Mundial de la Salud (OMS) muestra datos relevantes: una de cada cuatro personas vivirá un trastorno de salud mental a lo largo de su vida. Los factores desencadenantes pueden ser variados, desde las condiciones personales y sociales, los factores ambientales como el estrés, alteraciones químicas o estructurales en el cerebro, la predisposición genética, el consumo de drogas, los traumatismos celebrarles, las enfermedades orgánicas…y otros factores asimilados.

Quien no quiera escuchar más que florituras de las maravillas de la vida y del mundo en que se vive simplemente estará queriendo ver el día soleado y no los que las nubes y la lluvia hacen desapacible el momento. Intentar mostrarse realistas, aceptando los vaivenes que tiene la vida, posibilitará entender más a ese semejante. Abrir los ojos y escuchar permitirá comprender. Seamos conscientes de ello. A lo mejor somos nosotros los que en algún momento tendemos la mano para pedir ayuda.

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