Los fanes y forofos en una sociedad pluralista

Estamos muy acostumbrados a oír palabras sinónimas que definen a un determinado colectivo por su pasión o entusiasmo hacia algo. Tal es el caso de las palabras «fan» y «forofo», que reconducido a un ámbito como el deportivo puede completarse con otra más corriente o popular, al menos en España, cual es la de «hincha». Con pequeños matices irrelevantes, todas ellas acogen de una forma genérica a esas personas entusiastas que admiran o siguen a alguien, especialmente un equipo deportivo.

Qué tendrá la persona humana como para que surja dentro de sí esta pasión, a veces emparentada con lo que es y supone el amor, al menos por el estado pasional extremo al que se puede llegar. Es curioso pero existe una transformación tal que las personas con una vida sin sobresaltos sacan de dentro lo más virulento cuando se encuentran frente a esos ídolos compitiendo con otros a los que incluso se llega a odiar. Claro que dentro del término pueden advertirse distintos grados de pasión, porque el fenómeno tiene su enjundia.

Quizá podríamos hacer una distinción basada en el hecho de que los fanes normalmente se mueven en el terreno de la afición que supone seguir a alguien o algunos a los que se admira, y por tanto es una pasión moderada por quedar reflejada en ese disfrute que pueda hacerse cuando se trata de ídolos que no compiten en lides. Sería el caso de seguir a cantantes o artistas.

Y aquellos otros seguidores que llegan a convertirse en forofos o hinchas cuando se traspasa ya ese nivel para verse inmerso en enfrentamientos competitivos con otros, en tanto su pasión aumenta en intensidad y no tienen empacho en dividir el mundo: los que como yo mantienen el mismo entusiasmo y los que siguen a otros, considerados enemigos a derrotar. Aquí ya hay distinciones más significativas. Están los que son aficionados y seguidores en sentido estricto, que disfrutan del espectáculo y se disgustan cuando no se consiguen objetivos, pero no tienen empacho en reconocer las bondades de otros, que han vencido a nuestros ídolos; y los que su mal perder les lleva a enfrentarse, y ahí están las imágenes tan lamentables de insultos, peleas con una pérdida de papeles tan patética como para comprobar que no son capaces de frenar los impulsos.

El caso es que ahí está este fenómeno que no tiene otra explicación que el deseo que tenemos de encontrar pasiones que nos saquen de la rutina, de lo cotidiano, de lo aburrido. Y como por la calle no podemos sacar los exabruptos que nos hagan liberar adrenalina, acudiendo a los eventos deportivos masificados cada uno se ve respaldado por el estado pasional colectivo. Decir tal o cuál insulto a quien se ponga por delante o a esa pobre gente que quieren mediar entre los contrincantes, es algo que libera, o al menos esos creen algunos pero realmente lo que produce es el fenómeno contrario, de modo que cada vez con mayor intensidad nos convertimos en personas violentas, insatisfechas con los que nos rodean y con la comunidad en general. Un patetismo que hace daño a los espectáculos pero que se produce en todos los tiempos y culturas. En muchos casos auspiciados por las propias entidades deportivas que apoyan a seguidores concebidos como ultras, radicalizados hasta extremos inusitados.

Tan relevante es la afición, la pasión de los seguidores, que los tiempos vividos por el coronavirus han quedado huérfanos a los deportistas de sus principales valedores. Y más recientemente hemos podido ver dos situaciones contrapuestas en la práctica deportiva del fútbol. El escenario del Santiago Bernabéu se convierte en el revulsivo que da fuerza a unos jugadores que hacen hazañas heroicas y que lleva a temblar a los visitantes. En el otro extremo ha estado el Camp Nou, en un partido donde la afición local no acudió en masa al estadio para ver una eliminatoria que tenía el equipo local con otro de Alemania; los huecos de los locales han sido ocupados por forofos visitantes y ello ha supuesto que todos se echen las manos a la cabeza por el desastre que ha supuesto, tanto como para que los locales se vieran apeados de la competición por lo que se dice, falta de apoyo de los suyos y los muchos de los otros que estaban aposentados en las localidades.

En una sociedad que pretende seguir la estela de la solidaridad y ayudar al prójimo para cabalgar todos en una misma dirección que beneficie al colectivo, bien parece que podríamos asumirlo por principio en tanto camináramos como rebaño dirigidos por quien todos quisiéramos. Como no conseguimos ponernos de acuerdo en esa cabeza, la realidad es que el colectivo humano busca y encuentra maneras de dividirse y encuadrarse en uno u otro extremo. A lo sumo puede admitirse también el grupo de los indiferentes, los que ni sienten ni padecen y quieren mirar su exclusivo ombligo como panacea de la humanidad.

El fenómeno adquiere dimensiones mayores a las meramente deportivas y lo advertimos claramente en otros aspectos o situaciones en las que nos vemos inmersos como colectivo. La pluralidad de organizaciones llena, material y espiritualmente nuestra existencia social. El ser humano siempre ha tendido a formar grupos, acordes con las afinidades que puedan mover a los que los integran, como una situación absolutamente normal en tanto que no quita el respeto y la consideración hacia los demás, porque a la postre todos pisamos el mismo terreno y resulta conveniente mantener pacifica la convivencia.

Ocurre, sin embargo, que nos empecinamos en ser extremistas. Tal ocurre con la política, un terreno donde se hace patente también la radicalidad de grupos, casi extensiva a todos porque únicamente cuando se precisa ayuda se permite compartir, y cuando no sea así todos los demás se convierten en enemigos compitiendo en el terreno de la política y de las ideologías y sentimientos desenfrenados. El espectáculo lo vemos día a día en este mundo convulso donde el político se mueve con el animus iniuriandi como mandamiento que rige su acción, dicho sea el término latino como el decidido propósito de injuriar utilizando expresiones deshonrosas que implican menosprecio o descrédito de una persona.

Los forofos de los grupos políticos están muy presentes como seguidores que se mueven con un fanatismo que se hace sin rubor ni disimulo. Desde la primaria división que atiende a la izquierda y la derecha como premisa que encasilla al colectivo en una u otra dirección, a veces con disociaciones tan atípicas deducidas por el simple hecho de pertenecer a uno u otro equipo de fútbol, a unos u otros periodistas o tertulianos, tener o no una determinada fe, vestir de uno u otro modo, y un rosario de despropósitos que no resultan más que invenciones para decidir alegremente que cada uno está en una u otra dirección. Posiblemente son pocos ya los que podrían tener una concepción clara de lo que significa estar en uno u otro lado, porque la humanidad camina hacia la libertad cuando no libertinaje, y no son pocos los que les resbala la política y las ideologías que preconizan los políticos, máxime cuando hoy en día eso de mantener unas inclinaciones son tan espurias como para no saber distinguir más que por la osadía o impulso virulento de los que se sientan en el parlamento para seguir los dictados del que manda en ellos.

Los políticos forofos mantienen el escaño o el cargo como sea, porque su equipo y sus ídolos son los mejores y únicos campeones. Los demás son enemigos a batir, a los que no puede dejarse tan siquiera respirar. Y en el espectáculo producido en el estadio político, lo que se lleva es gritar, insultar y reírse de los otros, esos que estorban y a los que tan siquiera quiere respetarse por el número de seguidores que tienen. Y lo mismo que ocurre con el deporte, son pocos los forofos políticos que están inmersos en un seguimiento respetuoso. Apasionado con su grupo pero coherente y digno contrincante con otros, a los que se necesita porque si no estaríamos hablando de estados dictatoriales. La diversidad es necesaria, como lo es el respeto a todos, lo cual no quita la crítica y contravención hacia quienes no sigan nuestra mismo camino. La esencia está en el saber competir, en disputar las contiendas, pero con la sabiduría de hacer aflorar nuestras virtudes y capacidad de convicción, y no nuestra capacidad de imposición y reacción virulenta. El insulto gratuito huelga, y debería ser suficiente para descalificar a los que no saben competir.

Cuando los forofos sin escrúpulos mantienen la cerril postura de justificar cualquier acción realizada por quien les llame a cerrar filas para enfrentarse al considerado como enemigo, realmente estamos convalidando y compartiendo el cúmulo de felonías que se puedan hacer sin tan siquiera sentir reparo en lo hecho. Ganar a todos cuantos estén de otro lado se convierte en el arma arrojadiza que se utiliza en una batalla a campo abierto y donde todo vale, lo que nos hace ver que más que un sentido de democracia participativa se convierte en una pasión incondicional que hace inútil cualquier intento de reconciliación. Y el miedo cunde en los de la calle que se ven compelidos a marcar su posición por el temor a verse encasillados tal como quieran otros.

Y tan alegremente nos etiquetamos como sociedad progresista, democrática y respetuosa con los derechos de los demás. Todo es cuestión de cerrar los ojos y creérselo. La pasión, a veces, nos impide ser racionales. Forofos sin escrúpulos.

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