La dulce Navidad

Un año más se acercan esas fechas navideñas que producen sensaciones dispares. Entre los que desean que pasen cuanto antes aterrorizados por los recuerdos que tienen de los seres queridos que ya no están o simplemente por no gustarles este exceso de candidez puntual o de felicidad que consideran como ficticia, y los que jolgorio tras jolgorio les parece que las festividades resultan cortas y exprimen al máximo sus sensaciones de alegría, nos encontramos algunos que queremos vivirlas con el sentimiento de lo que representan. Sí, movidos por la fe y por el deseo de convivir y compartir momentos con los familiares más cercanos.

No es baladí ni pedantería decir que en mi Navidad está presente el amor. A cuantos quiero y a cuantos precisan que se les tienda una mano para seguir adelante. También los recuerdos, en ese amalgama de momentos álgidos vividos desde la tierna infancia y juventud. No dejo pasar la oportunidad de traer a la mente esos instantes que se llenaron de felicidad, con los protagonistas que hicieron posible que hoy, cuando vuelve la Navidad, se me abra el corazón para vivirla con la mayor intensidad que pueda. Con el empujón que presiento que me dan los que tanto he amado.

Sobre cuál puede ser esa intensidad es fácil medirla porque mi abundancia es poca en florituras y mucha en sentimientos. Lo más insignificante me produce fuertes sensaciones. Mi jolgorio es interno, producto de los pequeños detalles que, a la postre, son relevantes en mi vida. Ver feliz a los que tenga alrededor colma mi satisfacción.

En lo que ahora pueda apuntar veréis como puedo sorprender a algunos, aunque estoy convencido que también los hay que siguen mi misma estela, la que marca esa estrella tan especial que guía el camino.

Por lo pronto es para mí una gozada poner algún elemento que traiga a colación el misterio del Nacimiento. Será porque mi padre se esmeraba tanto que, sobre la lisura de una puerta sacada de su sitio y puesta en horizontal, afloraba su fantasía para hacer visible un Belén tan minucioso y detallista como para que me embelesara horas y horas delante de él. No podía sorprender que junto a las figuras de barro hiciera mi propia aportación acompañándolas, cuando estuvieran todos despistados, con mis indios y soldados. Un conglomerado de elementos que asombraba al malicioso Herodes desde la perspectiva que tenía en su castillo situado en la alta montaña pero que no infundía temor alguno a ese Niño que alegraba su cara viendo el bullicio de cuantos se agolpaban para festejar el evento de su nacimiento. Ni tan siquiera la burrita y el buey mostraban inquietud alguna y seguían postrados viendo cómo se había roto el aburrimiento de lo cotidiano. Nada mejor que romper con la monotonía.

Los americanos nos inculcaron otros elementos y no tardamos mucho en acoplarlos a nuestro arsenal de destacada ilusión. El árbol de navidad, las luces, sus adornos y el reparto de otros distintivos navideños junto a ese gordito de barbas blancas hacían –y hacen- florecer los hogares. Otro día de fuertes sensaciones. El colorido es variopinto. En casa de los más pudientes puede verse cómo cada año cambian sus inclinaciones y así aparecen los árboles copados de un distintivo singular. Un año son rojos, otros dorados, otros blancos…en fin, a la plenitud de la moda imperante. En mi hogar la sensatez reinaba y así lo mantengo como arraigo el agrupar lo que vamos sumando con las adquisiciones de cada año. El multicolor, por tanto, está presente. Solamente caen los elementos que ya parecen haber fenecido por sus destacadas apariciones pasadas y aquellos otros que pudieran resultar un tanto estridentes.

Recorrer las ciudades y los pueblos para ver las luces callejeras es otra fuente de alegría, aunque el bullicio me sobrepasa. Me encanta ver esa decoración cuando el silencio rodea la urbe en esos horarios de cierre popular. Es fuerte el sentimiento interior que me produce.

Qué puedo decir del soniquete lotero que cada 22 de diciembre penetra en nuestras casas. Un arraigado momento que por costumbre lleva a que aparezca la copita de anís y los polvorones para endulzar los instantes de ilusión en una fortuna económica que para esa gran mayoría de la que formo parte nunca llega. No faltan agoreros de las fantasías que, con el repudio que dan los listos de pacotilla, nos advierten de la insensatez que representa invertir en un sorteo que pocas o casi nulas esperanzas produce de su acertijo. Con todo, mi poca inversión y mi ilusión lo es por costumbre, un modo más de festejar la navidad. Que nadie me prive de ello. Sobre todo por lo que de salud se desea tener tras producirse el silencio de los bombos.

Llegará la Nochebuena y, si Dios quiere, estaremos juntos los integrantes de esa familia que ahora me toca presidir por aquello de que los rebaños van disgregándose para acoplar los más cercanos en grados de consanguinidad y, a lo sumo, algún añadido de ovejas sueltas que no es menester dejarlas descarriadas en tiempos de paz y amor. A buen seguro que las sillas vacías serán objeto de recuerdo, pero con el sentimiento de tenerlos presentes de un modo u otro. Todos juntos festejaremos lo que es menester en este día y el siguiente, el de la blanca Navidad que dijera Raphael en sus inolvidables canciones que siempre están presente en mi hogar.

Para no privarme de nada también el día de los Santos Inocentes, ese 28 de diciembre, hará recordar lo que supuso para muchos nacidos ese fatídico momento. En mi caso salvé la vida, claro que por la ventura de nacer 1954 años después del festín mortífero del maltrecho Herodes I El Grande. Ahora lo festejo con Jesús porque ambos tuvimos suerte. Y esa alegría del momento merece que lo sea rodeado de todos aquellos que hoy están en mi cercanía precisamente por no haber sucumbido a la matanza de inocentes. Para aprovechar el día, quise aparecer a la vida en horario temprano (7:30 horas), y así lo alargo con todo un cúmulo de alegrías familiares y de agradecimiento a cuentos se acuerdan de mí y que por fortuna son muchos, quizá por la inolvidable fecha popular que representa.

La Nochevieja ha sido para mí siempre una fiel reproducción de la buena, porque los tiempos de antes no daban para más jolgorio que el existente en el círculo familiar. Y cuando fui más crecidito, el bolsillo no tenía respaldo para acudir a eventos de festejo público por cambiar el dígito anual. Conformarse con la ampliación de horario televisivo era ya el colmo de las satisfacciones. Ahora esos días de finales de año e inicio de otro son momentos para no decaer en mis sentimientos, esos que mueven mi interior. Y como la vida no deja de dar sus toques, me guio de la brújula que aparece ante mí para buscar el retiro al lugar donde esté más cerca de Él y pueda silenciar el mundanal ruido de las fiestas callejeras. Sucumbir ante los recuerdos y el agradecimiento será, sin duda, mi especial vocación durante unos días para volver con las pilas cargadas y apreciar que los roscones de reyes siguen siendo un excelente manjar para festejar la llegada de esos tres enigmáticos Reyes que con su magia harán felices a mis retoños pequeños de la casa, prestos siempre a recibir el amor que procuramos darles los mayores.

Antes pasaba las noches en vela, sin pegar ojo y sucumbir al temor cuando unos pequeños chasquidos ruidosos hacían palpable que habían llegado ya. Incluso imaginaba en mi mente cómo bebían agua esos grandilocuentes camellos que con el cansancio de la noche respiraban fuertemente, y cómo Sus Majestades saboreaban esa copa y el mazapán que se les había dejado para que el frío de la noche no impidiera un feliz regreso a Oriente.

En fin, llega la dulce Navidad para que, los que quiera Dios que permanezcamos en este mundo lleno de fantasía, podamos agradecer que la vivamos, incluidos los que puedan sentirse ajenos a las entrañas de lo que representan estas fechas. Lo importante es sentirse feliz cualquiera que sea el modo de vivirlas. Una felicidad que acoge a los que nunca olvidaremos, porque a la postre fueron los precursores que nos inculcaron los bellos momentos que sintamos ahora.

Dejando de lado cuanto pueda infundirnos desasosiego y sin olvidar a los que se ven inmersos en conflictos bélicos, mis mejores deseos para estas fechas y para el Año nuevo que viene. Paz y amor, queridos lectores.

4 comentarios en “La dulce Navidad

  1. Ángel Luis Perez Rodriguez

    ¡Qué bonito lo escribes, Luciano! Como yo no sé escribirlo así de bien, estoy tentado de copiártelo y mandárselo a mis hijos y hermanos, describes punto por punto nuestras costumbres navideñas.
    ¡Feliz Navidad!, querido amigo.
    P.D.: Espero que un año más, volvamos a coincidir comprando los mariscos para la cena de Nochebuena también eso ha entrado a formar parte de nuestras costumbres navideñas 😜.

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