Pamplona, mucho más que un chupinazo

          Hay ciudades que por su profunda tradición adquieren de inmediato una imagen con la que  generalmente es reconocida. Una de ellas es Pamplona, la capital de la angosta Comunidad Foral de Navarra, fundada por los romanos y atravesada por el Camino de Santiago, que sobre todo por las noticias transmitidas por el insigne escritor Hemingway el mundo la conoce por sus peculiares tradiciones festivas, con encierros y corridas de toros en la conmemoración que cada año se hace de San Fermín.

          Pero Pamplona tiene historia, mucha, amén de ser hoy una ciudad moderna y acogedora que tiene una amplia oferta de actividades: pasear entre murallas centenarias y calles adoquinadas, descansar en parques y terrazas, saborear sus deliciosos pinchos, visitar monumentos con mucha historia, y acudir a espectáculos de categoría  o admirar deportes con solera como la pelota.

          Ahora tengo la oportunidad de saborearla en sus entrañas, y narrar mi visita. Nada mejor para empezar que conocer, aunque sea someramente, su evolución histórica.
          En el año 75 a.C., el general romano Pompeyo estableció su campamento en un alto donde hoy se alza la Catedral, en el que ya existía un antiguo poblado vascón. Urbaniza la ciudad y le da su nombre: Pompaelo. Posteriormente, Pamplona cae en manos de visigodos y musulmanes.
        Ya en la Edad Media, se convierte en capital del Reyno de Pamplona primero, y del Reyno de Navarra después; los afanes repobladores de sucesivos reyes segregan la ciudad en tres burgos amurallados: Navarrería, San Cernín y San Nicolás. Las continuas batallas entre vascones y francos de unos y otros burgos, llevan al rey Carlos III el Noble a firmar el Privilegio de la Unión en 1423, gracias a la cual Pamplona se convierte en una única entidad. Se edifica la Jurería, la nueva casa consistorial, se crea un nuevo escudo para la ciudad y se prohíbe la construcción de más fortificaciones interiores.
         Desde la incorporación de Navarra a Castilla en 1512-1515, Pamplona se convierte en puesto avanzado de la Corona española ante Francia. Refuerzan su imagen de ciudad-fortaleza la construcción de la Ciudadela y del nuevo recinto amurallado (siglos XVI-XVIII).

    Con el siglo XVIII comienza la modernización de la ciudad. Alumbrado, alcantarillado, nuevo ayuntamiento, fuentes neoclásicas, etcétera, en un proceso que se interrumpe por la invasión napoleónica. En el año 1915 se derriban parte de las murallas para permitir la expansión de la ciudad, que viene acompañada de un desarrollo industrial, social y cultural que nos lleva hasta la Pamplona de hoy.

Conociendo este proceso, me adentro por sus calles y rincones singulares, en una ciudad que se me antoja cómoda y fácil de transitar, todo un deseo para los que nos gusta conocer los lugares paseando.

         Parto por situarme en el mismo centro de la ciudad, en la plaza que alberga el Ayuntamiento singular que tiene la ciudad. Se dice que su ubicación no es casual porque el rey Carlos III el Noble promulgó en 1423 el Privilegio de la Unión y ordenó el levantamiento de este edificio en la confluencia de los tres burgos medievales como símbolo de la consolidación de una única ciudad. Destaca en este emblemático edificio su colorista fachada que combina los estilos barroco y neoclásico. La balconada central es protagonista del lanzamiento del chupinazo de San Fermín cada 6 de julio. Una congregación de 12.000 personas da la bienvenida a unas fiestas mundialmente conocidas.
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La parte alta del edificio, de estilo purista, consiste en un frontón presidido por una figuración de la Fama con clarín, pregonera de fastos y glorias, y rodeada por las armas heráldicas de Pamplona y Navarra. En su centro, el popular reloj, del siglo XVIII, en el que se detienen todas las miradas en los minutos previos al lanzamiento del “chupinazo” que anuncia cada año la fiesta popular. En los extremos, destacan dos grandes representaciones de Hércules, todo ello obra de Juan Lorenzo Catalán.

La fachada del edificio, de tres pisos, se distribuye por pares de columnas de estilos dórico, jónico y corintio, que dividen las balconadas, adornadas en sus barandillas con leones dorados, símbolo municipal de la ciudad.

Ya en la parte baja, de estilo barroco tardío, la entrada está jalonada por dos estatuas de piedra, La Prudencia y La Justicia, muy populares en la ciudad, realizadas en 1754 por José Jiménez. Atravesada la entrada, en el zaguán destaca un escudo de madera policromada con las armas heráldicas de los Borbones (1735). Sobre el dintel de la puerta interior se puede leer: “Patet omnibus jauna, cor valde magis” (“La puerta está abierta para todos, pero sobre todo el corazón”). Bonita y grandiosa frase que da buena muestra de una ciudad que es, ante todo, acogedora y con gente encantadora.

          Junto al consistorio se puede admirar la iglesia gótica de San Saturnino o San Cernín, construida en el siglo XIII. Sus dos torres, anteriormente coronadas por almenas, dejan entrever su antigua función defensiva. Mientras, sobre el antiguo claustro se levanta su capilla barroca de la Virgen del Camino, copatrona de la ciudad.
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         La vecina Cámara de Comptos (siglo XIII), el más antiguo edificio de la capital, fue entre los siglos XIV y XIX sede del antiguo Tribunal de Cuentas de Navarra.
         Saliendo por la calle Mayor se alcanza la iglesia de San Lorenzo (siglo XIX), que alberga la capilla barroca de San Fermín.
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          Como no podía ser de otra manera, me invade la curiosidad por conocer ese recorrido donde toros y cientos de personas se apelotonan y corren en una tradición ciertamente peligrosa. Los populares encierros se celebran del 7 al 14 de julio, a las 8 de la mañana, en el que toros y corredores recorren los 848,6 metros que unen la Cuesta de Santo Domingo con la Plaza de Toros. Este recorrido se divide en ocho tramos:
El primero, el de la Cuesta de Santo Domingo, de unos 280 metros que comprende el tramo entre los corrales y la Plaza Consistorial. Es de pendiente pronunciada y especialmente peligroso en el tramo final. En el recorrido se advierte la existencia de una hornacina con la imagen de San Fermín. En este lugar, instantes antes del encierro, los mozos cantan tres veces seguidas al Santo para pedir su protección: “A San Fermín pedimos, por ser nuestro Patrón, nos guíe en el Encierro dándonos su bendición“.
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         En la cuesta de Santo Domingo se pueden contemplar otros edificios de la vieja Iruña. La fachada plateresca del interesante Museo de Navarra, que alberga una importante colección de piezas arqueológicas y obras de arte, y la iglesia gótica de Santo Domingo, del siglo XVI.
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El segundo tramo abarca la Plaza del Ayuntamiento a Mercaderes, unos 100 metros con una doble curva pero que al ser más amplio permite correr además de presentar enclaves múltiples para refugiarse.
El tercer tramo es el concerniente a la Curva de Estafeta. Es el comienzo a esta famosa calle y para adentrarse en ella se produce un giro de 90 grados a la derecha, hecho que provoca que los toros resbalen y vayan a parar contra el vallado exterior. El corredor debe tomar la curva por el ángulo corto si no quiere verse atrapado.
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El cuarto tramo abarca la calle Estafeta a la Bajada de Javier, con una ligera pendiente del 2%. Es un recorrido largo y estrecho, de los más concurridos, en los que no hay otros refugios que los portales.
          La calle Estafeta debe su nombre a la circunstancia de que en el siglo XIX estuvo aquí la primera estafeta de correos de Pamplona. Y en este trayecto pueden advertirse dos partes bien diferenciadas; en la primera, desde la ya referida curva con la calle Mercaderes, hasta la Bajada de Javier. En este trayecto existen pequeños comercios y locales, con mención especial para Pastas Beatriz, el Churrero de Lerín o la cuchillería Gómez. Por supuesto, no faltan sitios donde parar y recrearse con los famosos pinchos.
Un quinto tramo es el que comprende la Bajada de Javier y Telefónica, en el que el trote de la manada se aminora notablemente. Existe la posibilidad de que se disgregue y queden toros sueltos, lo que hace que le convierta en un tramo peligroso.
Un sexto tramo es el de Telefónica, en el que en apenas 100 metros se dibuja el final de un embudo, perfilado por un doble vallado de madera. Se dice que el cansancio ralentiza aún más la carrera en este tramo y favorece su desmembramiento, situación peligrosa por excelencia.
El séptimo tramo es el del Callejón, descendente hacia la plaza de toros en forma de embudo. Muy temido por el riesgo que supone el amontarse los corredores.
Finalmente, el octavo tramo es ya la Plaza de Toros, en el que se deja por el centro paso libre a los toros, de los que tiran los cabestros y a los que conducen los dobladores.
          El paseo que hago por este recorrido te lleva a traer a la mente esas escenas vividas por televisión y a pensar cuantas cosas ocurren, por desgracia no todas agradables, en este trayecto que tiene una duración media de dos o tres minutos. Los comercios anuncian ya la próxima festividad y se llenan de prendas blancas y rojas para perderse en una multitud deseosa de disfrutar hasta que, llegue el momento de cerrar la festividad cantando en el Ayuntamiento el “Pobre de mí”.
           De aquí a visitar la Catedral de Santa María, de los siglos XIV y XV. Este emblemático monumento es el que más reliquias histórico-artísticas atesora de la ciudad. En ella se coronaron los reyes, se reunieron las Cortes y durante tres siglos tuvo su sede la Diputación del Reino. La sobriedad de su renovada fachada neoclásica –obra del arquitecto madrileño Ventura Rodríguez (fuertemente criticada en su momento por Víctor Hugo,  que en su visita en 1843 exclamó en un escrito: ¡Qué horrible máscara es esta fachada! No cabría esperar otra cosa de un romántico puro, apasionado por la arquitectura medieval), contrasta con la estética gótica del interior, cuya nave central, de 28 metros de altura, alberga el bello sepulcro de Carlos III de Navarra y su esposa Leonor de Castilla. Pero la verdadera joya de esta Catedral es su claustro, considerado como uno de los más exquisitos del gótico universal.
           Obligada visita es la que se debe al recinto amurallado medieval, que comprende 5 kilómetros de paredes, bastiones, baluartes, portales, medias lunas, revellines y fuertes que dotan a este conjunto defensivo de la sobriedad y la sofisticación que le han valido ser declarado Monumento Nacional y ser considerado como uno de los complejos bélicos más interesantes y mejor conservados de España.
            Al borde de las murallas se encuentran el Rincón del Caballo Blanco y la Plazuela de San José. Se trata de un enclave lleno de encanto y con connotaciones medievales. Un perfecto mirador hacia el norte y este de Pamplona. La terraza del mesón que allí se ubica es un reclamo con la llegada del buen tiempo donde disfrutar de conciertos al aire libre. Desde allí, y pasando bajo una casita colgada, se accede a la recoleta plaza de San José, donde podrán contemplar la casa más antigua de la ciudad, buscar la salida en la calle Salsipuedes o admirar la única fuente-farola de Pamplona.
           La Plaza del Castillo es el centro neurálgico de la ciudad. Se trata de un cuadrilátero imperfecto del que parten las callejuelas estrechas del casco antiguo. Está rodeada por un buen número de coloridas casas del siglo XVIII en las que destaca balconadas, torretas, áticos y ventanales. Si se quiere dar rienda suelta a la mente, es el sitio apropiada para advertir que en su entorno está la huella de Ernest Hemingway, muy presente en rincones míticos como el Café Iruña (maravilloso su entorno y el pacharán que pude saborear), el Gran Hotel La Perla o el bar Txoko.
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         Entre la Plaza del Castillo y el Paseo de Sarasate se encuentra el Palacio de Navarra, sede del gobierno navarro, que fue construido a mediados del siglo XIX y conserva su fachada neoclásica. En el interior destaca el Salón del Trono, de estilo barroco, el retablo de la Capilla, así como u retrato de Fernando VII pintado por Goya, y un gran tapiz que recoge la gran batalla de las Navas de Tolosa (1212). El reloj presente en el edificio toca todos los días, a las 12:oo h. el himno de Navarra.
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            En la calle Zapatería, frente a la Plaza del Concejo, puedo advertir la presencia del Palacio de los Condes de Guendulain, hoy convertido en hotel. El palacio fue construido a mediados el siglo XVIII, creado por un antiguo virrey de Nueva Granada, ministro de Fernando VI. En 1845 fue residencia real, y llegó a albergar en el siglo XIX, en una ocasión, a Isabel II y su corte. En la fachada se aprecia el escudo de su primer propietario, Sebastián Eslava Lasaga, que fue virrey de Nueva Granada y ministro de Fernando VI. Es un amplio palacio barroco que conserva en su fachada el escudo de la familia propietaria. Lamentablemente, su riquísimo patrimonio fue subastado hace pocos años. En su interior alberga una hermosa carroza de estilo rococó de 1700, y una colección de carruajes y antiguos vehículos a motor.

          En la preciosa Plaza del Concejo localizamos una de las fuentes neoclásicas de la ciudad, diseñadas casi todas por Luis Paret. Esta fuente de la plaza del Concejo, del siglo XVIII, está rematada por una pequeña imagen de Neptuno.

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          Sin duda, Pamplona tiene mucho más que ver. Mi estancia por dos días me ha permitido ver bastante de sus encantos y, por ello mismo, incorporo lo vivido a mis relatos viajeros.

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