Porrina de Badajoz, símbolo de la Semana Santa

            Vuelve la Semana Santa y con ella el momento de vivirla con la intensidad que cada uno tenga y quiera. Pero no falta, en los que ya hemos vivido unas cuantas, el recuerdo, la nostalgia de unas vivencias tenidas en la juventud y que resulta saludable refrescarla porque, como repetía hasta la saciedad un buen amigo mío, “hay momentos en la historia de los pueblos en que la indiferencia es un crimen”.

          Soy creyente y, por tanto, puede que estas fechas me hagan sentirlas especialmente y, por ello, siendo bien jovencito me llevaba al entusiasmo de querer adentrarme en ese refugio del traje de nazareno para compartir el sentimiento con los verdaderos protagonistas de la Semana: un Cristo que -como dijera el propio Tierno Galván– por tratarse de un hombre que dio la vida por los demás merece ya de por sí el sumo respeto.

Descendimiento

Y una Virgen que, en sus distintas muestras, nos hace a algunos sentir algo especial mirando a esa Soledad que tanta pasión desencadena en la localidad en que resido.

soledad paso

          Pero mis recuerdos llevan a escuchar en mi interior la pasión de unas voces que, en el devenir de un recorrido, rompían el silencio o el bullicio controlado de los que veíamos el desfile procesional. Incluso, en momentos especialmente importantes, la gente se agolpaba en lugares concretos esperando al que no faltaba nunca y, con su voz, hacía estremecer a cuantos lo escuchaban.

          Sí, me acuerdo de las saetas, cantadas por personas de un reconocido prestigio en el mundo del cante o por meros aficionados que recibían finalmente el aplauso de un público agradecido por el esfuerzo y sentimiento mostrado.

        La saeta es un canto popular propio del paso de las procesiones, en una interrelación estrecha y profunda entre el cantaor y la imagen sagrada, que a su vez contribuye al sentimiento general con ese hábil movimiento realizado por los costaleros que igualmente participan de la pasión del momento,  contribuyendo a que fluya en el ambiente un sentimiento mostrado en voces que plasman lo que a veces resulta tan difícil expresar con meras palabras. De ahí el significado de la palabra latina sagitta, saeta o flecha, que expresa muy bien la plegaria. La saeta es como una flecha que se le clava a uno en el corazón cuando se escucha en el silencio de la noche.

             El origen de la saeta no es fácil situarlo en un momento concreto, de manera que se viene a decir que procede de cantos litúrgicos que incitaban a la devoción y a la penitencia, con finalidad clara de mostrar el arrepentimiento. Entre los años 1800 y 1840 la saeta pasa a ser un canto popular, aunque todavía no es flamenca, cariz que adquiere en el año 1880, y cuya evolución lleva a una copla de cuatro o cinco versos octosílabos cantadas por martinetes o seguiriyas, palos que por su jondura casaron bien con el tono de la pasión de Cristo. Más que evolución puede hablarse de una transformación.

           La saeta tuvo un momento difícil, en los años sesenta y setenta, cuando desaparecieron muchos de los saeteros históricos, y empezó a entrar la tecnología y los micrófonos y amplificadores suplantaron al poderío de las gargantas de los grandes de la saeta. Muchos fuimos los que vimos con desencanto esta evolución que aparecía como una especie de montaje y, quizá por ello, no esperábamos expectantes a los pasos cuando volvían a sus iglesias de recogida.

           Por fortuna, hoy vuelve a verse en los desfiles procesionales cómo irrumpen los saeteros con esas bellas saetas impregnadas de emoción y dramatismo, produciendo el silencio de todos los que con entusiasmo escuchan su plegaria. Desde los balcones, ventanas o a pie, cantaores flamencos y espontáneos muestran su devoción, erizando el pelo a todos los que presencian el momento.

            Como no me gustaría que la indiferencia comiera el recuerdo, traigo a colación mi particular homenaje y añoranza a ese emblemático cantaor que, cuando era pequeño y lo escuchaba en la Plaza de la Soledad, año a año venerando a su amada Virgen de la Soledad, me producía un sentimiento especial en mi interior aun cuando todavía por la edad no podía discernir más allá que lo que suponía el gratificante momento. Su imagen la tengo clavada viéndolo cantar desde La Giralda, o en algún momento también desde el antiguo Hotel Madrid.

            El recuerdo badajocense debe serlo a ese carismático José Salazar Molina, cantaor flamenco conocido con el nombre artístico de Porrina de Badajoz. Nacido en esta localidad en 1924, en un día que le producía superstición, y nos dejó en 1977 en Madrid, a la edad de 53 años, tras una penosa enfermedad. Sin duda, el artista flamenco más popular que ha nacido en Extremadura, y uno de los grandes de España.

PORRINAS1

            Siendo bastante jovencito se acopló en la capital de España, en ese Madrid al que acude todo el que aspira a algo más. En tablaos diversos contribuía a que el cante de su tierra se conociera fuera del lugar natural. Su éxito lo alcanzaba a la joven edad de 28 años, fruto de sus condiciones excepcionales para el cante, con una voz caracterizada por su velocidad, limpieza, seguridad, musicalidad y eco flamenco, que lo hacían sonar distinto a los demás. Tuvo lugar su consagración en el teatro Pavón, de Madrid, por los años cincuenta, con ocasión de reemplazar a Rafael Farina en “La copla andaluza”. Farina había caído enfermo en aquella ocasión.

         Los críticos analizan su cante para calificarlo como preciosista, gracias a una voz muy dulce de la que sacaba melismas y tonalidades de gran belleza, “que igual rompe sin techo en los altos, que pica en unos inimitables tonos bajos a medio falsete que muy pocos artistas han poseído” (así lo plasmaba el flamencólogo, Francisco Zambrano). El cante de Porrina de Badajoz era de un estilo muy personal, en el que dominaba desde la seguiriya a la caña, el polo a la malagueña.

        La fisonomía lo hacía reconocible e inconfundible. Con sus grandes gafas oscuras (“para ver lo que yo quiero”, decía), y siempre un clavel en la solapa.

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        Año tras año, en la Semana Santa, la Virgen de la Soledad se sentía por un instante feliz cuando Porrina irrumpía cantándole con la pasión que llegaba a todos los rincones. Hasta que un año, el vacío dejó a las calles y a la Semana Santa badajocense huérfana de su principal valedor. Pero su recuerdo debe seguir vivo, en esos otros cantaores extremeños que le emulan, muchos de los cuales integran su numerosa familia, algunos ya en la cumbre artística.

          Ahora, cuando la Virgen de la Soledad recorre las calles y llega a esa Plazuela, encuentra un monumento erigido al popular cantaor, mirando siempre a la puerta de la Ermita, y aunque su voz no podemos más que mantenerla en el recuerdo los que tuvimos oportunidad de disfrutarla, este monumento nos lo trae al presente para hacernos ver que supone algo más que un mero elemento decorativo del entorno. Un símbolo de quien tenía a Badajoz permanentemente en su corazón y, por supuesto, a su querida Virgen de la Soledad que, a buen seguro lo verá ahora más cercano si cabe.

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           La Semana Santa vuelve, los recuerdos reviven. En el cielo se oye:

Saeta: a la Soledad Bendita:

“Como de rosas y claveles / Tengo que hacer una corona / Para ponérsela a la Soledad / Y en su divina persona / Reina del cielo, la cogía”

Reina del Cielo, Porrina de Badajoz

 

 

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