Manuel Godoy, en las entrañas de Badajoz

          El paseo que pueda hacer cualquier visitante a la ciudad de Badajoz deparará que, en sus calles y plazas, encuentre algunos motivos que le llamen la atención por estar vinculados a un personaje político histórico, cual es Manuel Godoy Álvarez de Faria.

         En unos casos lo podrá deducir claramente, como ocurre si transita por la calle Santa Lucía y advierte una casa de propiedad privada y en la que se incorpora una placa en mármol en la que reza que allí naciera el personaje en cuestión, acompañada de un escudo familiar , con unas cadenas colocadas en otra parte de la fachada y que, salvo si se conoce el motivo, únicamente podrá pensarse que constituye un elemento decorativo. En realidad, por tratarse del domicilio en el que vivieran los padres y naciera Manuel Godoy el 12 de mayo de 1767, permitió que acogiera al insigne político con los Reyes de España (Carlos IV y María Luisa) en el trayecto que siguieran desde la capital de Madrid hasta Sevilla, en unos instantes de felicidad que permitía al paisano enseñar con orgullo la ciudad a los monarcas, fruto de cuya estancia hizo que el rey otorgara a la familia Godoy el privilegio y honor de lucir unas cadenas en la fachada de su casa en señal de su unión con ellos y de lo complacido que estaba por la hospitalidad y el decoro con que había sido alojado bajo aquel techo.

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           Otro elemento destacable se encuentra en la plaza de San Atón, donde una vistosa escultura de Godoy vestido de militar -en un lugar que en su momento comprendía el Seminario donde estudiara en su juventud-, con una fisonomía que le muestra con semblante firme y mirando a la lejana ciudad oliventina que fuera restituida a España mediante el Tratado de Badajoz firmado el 6 de junio de 1801, que ponía fin a la conocida “Guerra de las Naranjas”.

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             Para quienes hubieran profundizado en la historia de este personaje y busquen sus señas de identidad pueden encontrar, cuando se alcanza la calle San Juan Bautista, en el pórtico de la Iglesia de la Concepción, el escudo de armas de Manuel Godoy realizado en mármol  y que pocos conocen la circunstancia de encontrarse allí, que no es otra de haber sido nombrado en su momento patrono y protector perpetuo del convento de San Gabriel, ubicado en este lugar. Las condiciones impuestas a Manuel Godoy, por tal condición, suponían que dotara anualmente 300 ducados (3.300 reales de vellón), 200 ducados para el propio convento y otros 100 para la enfermería, con la obligación de satisfacer por él y sus sucesores y descendientes esa cantidad, además de hacerse cargo de cualquier cosa que le ocurriera a la fábrica de la iglesia y convento. En uno de los documentos notariales que se conservan se menciona en 1796 que se colocaría su escudo de armas sobre la fachada principal, como así se hizo efectivamente.

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           Igualmente se conoce la existencia del llamado Palacio de Godoy y que muchos pensarán que constituía un lugar de residencia del badajocense para cuando acudiera a la ciudad que le vio nacer, y que está situado en su frontal principal de frente a la calle Chapín y, dando sus traseras al puente de la Autonomía. Es un edificio de grandes proporciones, de porte noble y arquitectura sencilla, que hoy alberga a la Escuela de Artes y Oficios y a la Escuela de Idiomas y que antes acogiera al Hospicio viejo y a la cárcel de Badajoz. Pero hay que recordar su historia para saber que cuando el que fuera primer ministro en el reino de Carlos IV, tras ser recibido en Badajoz con la proclama a su éxito en la guerra de Las Naranjas en 1801, expresó su deseo de que se le buscase un terreno en la ciudad para construirse una casa, a lo que el entonces corregidor de Badajoz, Carlos White y Pau, contestó con la concesión de este palacio, que había sido de los Calderón y que se situaba muy próximo a la entonces existente Puerta Nueva de las murallas que miraban al Guadiana. Una casa/palacio que había sido reconstruida en 1795 y luce un estilo clasicista, contando en origen con cuatro cuerpos en sus esquinas ligeramente más altos, y con un interior en el que destacaban sus galerías y grandes estancias.

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            Mas lo cierto es que Godoy nunca llegó a ocupar el palacio porque en 1808 fue exiliado y no pudo volver ya a España y a su querida ciudad de Badajoz.

            En fin, el callejero de Badajoz nos recuerda a su insigne persona, dándole nombre a una calle que se encuentra en perpendicular a una de las arterias más relevantes del popularmente conocido barrio de la Estación, la avenida de Carolina Coronado. En su descripción se acoge ese título que recibió del rey Carlos IV y que su hijo, el que fuera igualmente rey de España, Fernando VII, le arrebató sin que fuera nunca restablecido. Pero para la historia será siempre, el príncipe de la Paz.

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          Traigo a colación estas señas de identidad de Badajoz por cuanto he querido adentrarme en el conocimiento de la vida de este popular personaje, que me fascinaba por lo que supuso para la historia de España y por lo extraño que se me suponía el tratamiento que se le ha querido dar de antaño, al que afortunadamente el tiempo ha ido aclarando aspectos de una mentira vertida para beneficiar a los que a toda costa pretendían el dichoso poder que todo lo corrompe y hace mover montañas, con el beneplácito de un rey, Fernando VII, cuyo odio a Godoy le llevó incluso a traicionar a sus propios padres. Las memorias que el mismo Godoy concluyera en 1836 con el aplomo y serenidad que suponía el paso del tiempo, y la minuciosa investigación de historiadores más recientes han permitido aclarar las bochornosas mentiras que se inculcaron al pueblo por sus detractores.

           Manuel Godoy era el sexto de siete hermanos, criados en el seno de una familia noble empobrecida (“Nuestros mayores nos transmitieron en honor y en títulos de gloria mucho más que en riquezas; mas no por esto fuimos pobres en el rigor de esta palabra”, viene a recoger en sus memorias), y que a los diecisiete años siguió a su hermano Luis a Madrid, de modo que en 1784 fue admitido por Carlos III en la Guardia de Corps, primer cuerpo de caballería del ejército y escolta del rey. Se dice que era un joven musculoso con una imagen llamativa; alto y extraordinariamente apuesto, con una piel entre cremosa y rosada y ojos oscuros y almendrados.

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Un joven cadete en la Guardia de Corps

           Un incidente fue clave en su vida. En una de las salidas de los entonces Príncipes Carlos y María Luisa, en la escolta que llevaban se encontraba Manuel Godoy que cayó del caballo desbocado y, con dominio pleno de la situación volvió a montarlo de forma instantánea, circunstancia que llamó la atención de los príncipes y fue el origen de su amistad. En las variadas invitaciones que hacían a nobles y diplomáticos para conversar en sus aposentos, escuchar música y jugar a las cartas, solían rodearse también de personajes menos relevantes socialmente para conocer sus puntos de vista de los temas que pudieran interesar. En este proceso entró el militar que sufrió el infortunio a caballo, y a partir de entonces la amistad fue origen de unos lazos que nunca se deshicieron, a pesar de las múltiples vicisitudes que les depararía la vida.

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Carlos IV y María Luisa de Parma. Placa de Porcelana del Buen Retiro. Fechada en 1799. Palacio de Velada (Toledo)

 

           El fallecimiento del rey Carlos III supuso que le sucediera su hijo Carlos IV, que con la influencia decisiva de la reina María Luisa de Parma permitió a Manuel Godoy proyectar una meteórica escalada de ascensos que no siempre fue bien vista por los que no tenían tanta fortuna. Se venía a decir que esta progresión era debida a su relación sentimental con la reina, pero la verdad es que no existe prueba fidedigna de ello, e incluso en las memorias de Godoy no se advierte otra cosa que no sea una prueba manifiesta de respeto y lealtad total a los monarcas, zanjando cualquier polémica con elegante sobriedad mediante la simple afirmación -eso sí, repetida y subrayada- de la “vida sin mancha” de Carlos IV. Sea como fuere en la realidad, los historiadores más recientes resaltan las cualidades y dedicación al trabajo de Godoy como principal fundamento de esa vinculación a los monarcas, deseosos de rodearse de personas que les fueran fieles al máximo y facilitaran la complejidad que suponía la toma de decisiones, plano en el que cabe situar al afortunado como el más indicado por, eso sí y como se suele decir, estar en el mejor sitio en el mejor momento. De este modo, durante los veinte años en que Carlos IV fue rey (1788-1808), Godoy fue la sombra de los monarcas, progresando en su carrera de forma ciertamente significativa y generando recelos en la aristocracia que no concebía esa meteórica ascensión.

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Familia de Carlos IV, por Francisco de Goya, 1800, Museo del Prado (Madrid)

         En el primer mes de su reinado (diciembre de 1788), Carlos IV asciende a Godoy a cadete supernumerario con servicio en palacio. Al año siguiente (mayo de 1789) asciende a coronel de caballería;  en agosto de 1790 fue nombrado comendador de la Orden de Santiago; en febrero de 1791 mariscal de campo; en marzo del mismo año, gentilhombre de cámara; en julio de 1791 teniente general y recibió la Gran Cruz de Carlos III. En 1792 se le concede el título de Duque de La Alcudia (en referencia al municipio valenciano de La Alcudia); y el 15 de noviembre, con 25 años de edad, es nombrado primer Secretario de Estado y del Despacho, con lo que adquiría ya la condición de grande de España, máxima jerarquía nobiliaria, y consejero de Estado, máxima jerarquía política. En el desempeño de este último cargo firma la Paz de Basilea con Francia en julio de 1795, por lo que recibió el título de príncipe de la Paz (algo inaudito en España donde solo hay un príncipe, que es el heredero al trono).

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“Manuel Godoy. Príncipe de la Paz”, 1801. Francisco de Goya. Real Academia de Bellas Artes de San Fernando (Madrid)

 

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Manuel de Godoy, por Antonio Carnicero, hacia 1807-1808, Museo de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando (Madrid)

           Pero si grande era su escalada, mucho tenía que ver el deseo de los monarcas de colmarle de una condición no heredada para que pudiera justificarse el apego directo en el asesoramiento y política que debía poner en marcha, en beneficio todo ello de los propios monarcas. En sus memorias, Godoy presenta una perspectiva bien distinta a la que pudiera concebirse como un mero agradecimiento real: «Con estas nuevas gracias… creyó el rey ponerme a salvo de mis enemigos, por aquel medio sujetarme y mantenerme en su servicio, mas con la rienda siempre asida sin dejarme el poder de obrar cual yo quisiera, cual requerían las circunstancias».

          Aunque si existe una evidencia clara es, sin duda, la pasión que tenía Manuel Godoy por convertirse en grande de España, a la par de unas dotes persuasivas hacia las mujeres que le permitían igualmente proyectar su vida en este mundo de pasión. Su afán de avanzar como noble le llevó a completar un patrimonio inmobiliario considerable, teniendo casa propia en los lugares que frecuentaba la corte como El Escorial y Aranjuez, y en Madrid disponía del palacio Grimaldi, que decoró con esplendor, mandando construir una magnífica escalera imperial.Palace of the Marquis of Grimaldi in Madrid (Spain), built in 1782. También adquirió, posteriormente, el palacio de Buenavista a los herederos de la duquesa de Alba. Se dotó de una colección de pinturas extraordinaria, y en solo dieciséis años (de 1792 a 1808), Godoy reunió cerca de mil cien pinturas, que reflejo la riqueza de los fondos de pintura flamenca, italiana y española de los siglos XVI a XVIII que había en España hacia 1800, además de los encargos que hizo a los mejores artistas españoles de la época. Entre las obras más conocidas que poseía se encontraba la famosa “Venus del espejo” de Velázquez, que le regaló la duquesa de Alba, y las dos majas de Goya, de la que se dice que la cara representaba a la amante de Godoy, Pepita Tudó.

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“La Venus del espejo”, de Diego Velázquez (hacia 1617-1651), National Gallery, Londres (Reino Unido)

 

 

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“La maja desnuda” (hacia 1797-1800) y “La maja vestida” (hacia 1800-1805), Francisco de Goya, Museo del Prado (Madrid)

 

             La vida amorosa de Godoy era intensa. Por la propia juventud que tenía cuando alcanzaba altas cotas de poder, que le acercaba a doncellas de la casa real y a personajes nobles, como la duquesa doña Teresa Cayetana de Alba, amén de esos rumores que aluden a la propia reina. Pero la estabilidad emocional resultaba necesaria para afianzar el grado de nobleza que quería tener y, para completar ese poder se casó con María Teresa de Borbón, condesa de Chinchón y prima del monarca, por lo que emparentaba con la familia real. Sin duda, fue un matrimonio de conveniencia ya que el mantenía una estrecha relación con Pepita Tudó, su amante oficial con la que compartía relaciones sentimentales, lo que hizo que la primera le abandonara cuando pudo harta de infidelidades, para dejar campo abierto a esta segunda relación, convertida finalmente en su esposa cuando falleciera la primera. Tuvo una hija de su esposa, Carlota Luisa (nacida en 1800), y cuatro hijos, de los que sobrevivieron dos, de su amante: Manuel (1805) y Luis (1807).

 

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“La Duquesa de Alba de blanco”, Francisco de Goya, 1795. Palacio de Liria (Madrid)

 

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“La Condesa de Chinchón”, Francisco de Goya, 1800, Museo del Prado (Madrid)

 

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Retrato de Pepita Tudó, Miniatura, atribuida a Guillermo Ducket, Gouache sobre marfil, Museo de Lázaro Galdiano, Madrid

           En su actividad política y gubernativa se veía envuelto en una difícil tesitura entre aliarse con franceses o ingleses, enemigos entre sí. La negociación de la Paz de Basilea, obligada para no sucumbir ante la presión francesa, hizo comprometer a España en una difícil alianza con Francia, que lleva a Godoy a fortalecer aún más los lazos con esta última mediante el Tratado de San Ildefonso en 1796, que llevó a una pronta declaración de guerra en la que España sufrió una importante derrota naval frene al cabo de San Vicente, demostrando Francia ser una pésima aliada en vía naval.

           La presión francesa provocará la caída de Godoy en 1798, que dudaba de su lealtad; fue sustituido por Saavedra y, más tarde por Urquijo, pero siguió contando con la confianza de Carlos IV. Prueba de ello es que apenas dos años después, volvió a tomar las riendas del gobierno, y fue por aquellos momentos cuando, ayudado por los franceses, logró ganar la guerra de las Naranjas contra Portugal, con la firma del Tratado de Badajoz en 1801, aun cuando Napoleón Bonaparte no conseguía satisfacer todas las pretensiones que quería.

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Retrato de Manuel Godoy como Caballero del Toisón. Agustín Esteve y Marqués, 1807. Real Academia de Bellas Artes de San Fernando (Madrid)

 

           Poco después, Francia firmó la paz con el Reino Unido mediante el Tratado de Amiens, firmado en 1802. Pero la paz duró poco tiempo. Un año después, la alianza de España y Francia se enfrenta navalmente a Reino Unido, con la estrepitosa derrota producida en la batalla de Trafalgar.

Combate del Santa Ana y el Royal Sovering en Trafalgar. Angel Cortellini
Combate del Santa Ana y el Royal Savering, Ángel Cortellini, Museo Naval (Madrid)

            La alianza con Napoleón llevó al Tratado de Fontainebleau, firmado el 27 de octubre de 1807, en el que se estipulaba la invasión militar conjunta franco-española de Portugal —el cual se había unido a Inglaterra— y se permitía para ello el paso de las tropas francesas por territorio español, siendo así el antecedente de la posterior invasión francesa de la península ibérica y de la Guerra de la Independencia Española.

           La política de Godoy empezó a provocar animadversiones, y se fraguó una conspiración contra él dirigida por el príncipe de Asturias (el futuro rey Fernando VII), que culminó con la invasión del palacio de Aranjuez.

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El motín de Aranjuez, caída y prisión de Godoy (Grabado del Patrimonio Nacional)

 

           El motín supuso que se arrebatara el trono a Carlos IV, amén del derribo de Godoy (1808). Fernando, que había mantenido contactos con Napoleón a lo largo de sus conspiraciones, se encontró en aquel mismo año con que el emperador invadía España y le hacía apresar y conducir a Bayona (Francia); allí le obligó a devolver la Corona a Carlos IV, sólo para forzar que éste abdicara el trono español en el propio hermano del emperador, José I.

            Manuel Godoy fue hecho prisionero, y su gran carrera de éxitos terminó abruptamente cuando solo tenía 41 años. Los reyes y Napoleón intercedieron por él y pudo salvar la vida, aunque pasó de ser todopoderoso a la confiscación de sus bienes y al exilio, al que fue acompañado por su amante Pepita Tudó.

              Derrotados militarmente los franceses, Fernando recuperó el trono por el Tratado de Valençay (1813); tan pronto como llegó a España se apresuró a seguir la invitación de un grupo de reaccionarios (Manifiesto de los Persas) y restablecer la monarquía absoluta del siglo anterior, eliminando la Constitución y la obra reformadora realizada en su ausencia por las Cortes (1814).

             Godoy se fue al exilio junto a sus antiguos soberanos a los que fue fiel hasta su muerte. Acompañó a Carlos IV y María Luisa a Compiègne y Marsella. En 1812 se instaló con ellos en Roma, en el palacio Barberini, donde años después murieron los reyes.

             Fernando VII, persiguió a Godoy incluso en el exilio. Le despojó de los títulos de príncipe de la Paz y príncipe de Bassano, éste concedido por el Papa, e invalidó el testamento que la reina hizo en su favor. Todo ello le llevó a la miseria.

              Godoy se instaló en París en 1832, y Luis Felipe de Orleans le concedió una modesta pensión, con la que pudo dedicarse a escribir sus Memorias, publicadas en París entre 1836 y 1838.

              Muerto ya Fernando VII, y ocupando el trono la reina Isabel II dictó dos decretos en 1844 y 1847 que establecían la devolución a Godoy de todos sus bienes. Le fueron reintegrados los honores, cargos militares y títulos, salvo los de “príncipe de la Paz”, “generalísimo” y “gran almirante”. Godoy hubiera podido por fin volver a su patria, pero su delicada situación económica y la demora en percibir los bienes reconocidos no le permitía cubrir los gastos de desplazamiento.

               El deseo se quedó en eso pues fallecía en París el 4 de octubre de 1851, a la edad de 87 años. Fue enterrado en un primer momento en la cripta de la iglesia de Saint Roch, y transcurrido un año sin que nadie reclamase su cadáver, uno de sus últimos banqueros compró un reducido espacio en el cementerio del Este, conocido hoy como Père-Lachaise, a donde se le trasladó y permanece, al pie de una sencilla lápida abandonada y en la que figura su retrato. La leyenda grabada en piedra dice así: “DON MANUEL GODOY / PRÍNCIPE DE LA PAZ / DUQUE DE LA ALCUDIA / NACIÓ EN BADAJOZ / EL 12 DE MAYO DE 1767 / FALLECIÓ EN PARÍS / EL 4 DE OCTUBRE DE 1851“.

 

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Cementerio de Père-Lachaise, París

 

            El Ayuntamiento de Badajoz tomó en 2008 el acuerdo de devolver sus restos a su ciudad natal, como deseaba y dejara escrito, pero al día de la fecha todavía no podemos decir que sus restos descansan como sus paisanos deseamos.

            La historia de este personaje me ha conmovido. Un hombre preso de su propia suerte, escalando donde veía peldaños para hacerlo, inmerso en una vorágine que le imposibilitó parar o retroceder, como sin duda mostraba en las múltiples ocasiones que pedía a sus queridos monarcas que lo dejaran sin las responsabilidades que le llegaron a comer su propia libertad. Imposible ya volver atrás sin caer en el precipicio. La opción única era seguir hasta el fin, respetando siempre a quienes le auparon a la gloria. Una persona que no merece el reproche popular y la leyenda negra que en torno a su figura ha pululado durante décadas.

            Al hilo de mi relato y del estudio que he podido hacer de este personaje, ha caído en mis manos una gran novela histórica que no he podido resistir leerla con pasión, para confrontar datos y comprobar que, al igual que yo, y con mayor profusión y conocimiento por lo que ha podido investigar y contrastar, otro paisano pide justicia y honor para un personaje de nuestra historia que, sin ser aristócrata, ilustrado, militar afamado, monarca, o político de academia, despuntó y luchó por su país, por sus unidad. Hablo de “La traición del rey”, escrita por José Luis Gil Soto, y publicada en Kailas Editorial. Una edición cuidada que merece la atenta lectura. Se comprenderán muchas cosas.

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             Sin ser su autor un historiador, hay un gran trabajo documental con rigor histórico que, aun teniendo pasajes novelados, no hay mentira respecto a lo que aconteció. Con prosa elegante y cuidada, mantiene nuestro interés por las aventuras, intrigas palaciegas, pasajes políticos, traiciones producidas, ambiciones de ilustres personajes, muertes de  relevantes figuras, como elementos todos ellos de un conjunto que atrapa y engancha.

            Nos lleva al rescate de un personaje como Godoy para descubrir la faceta menos tratada de la  inteligencia que poseía y que posibilitaba su escalada, sus aires de grandeza, sus ambiciones, y la lealtad a unos monarcas que no tuvieron de su hijo y sucesor Fernando VII. Una obra que hace despejar esas luces y sombras que se han cernido sobre el badajocense sin más elementos de prueba que el odio que le tuvieron quienes se veían superados por la sapiencia que ostentaba.

             La obra se divide en cinco partes, que nos relatan cada una de las etapas clave en la vida de Godoy: el Poder (cuando se transforma en un hombre muy odiado y donde toma algunas de sus medidas más importantes), el Retiro (alejado de su antiguo cargo, Godoy regresa con mayor fuerza para arreglar lo que sus enemigos no han sido capaces de hacer en su ausencia), la Gloria (es  cuando Godoy más poder logra aunar en su persona lo cual coincide con el estallido de la guerra contra la invasión francesa) y el Olvido (el momento más crítico de todos y donde Godoy está más desanimado).

 

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