El Madrid de los Austrias

       A principios del siglo XVI se inicia en España una dinastía monárquica que reinaría hasta el siglo siguiente, la de los Austrias, una rama de la dinastía Habsburgo que procedía del corazón de Europa para reemplazar a los Trastámaras. Durante este tiempo hay que distinguir entre unos años de mayor prosperidad y expansión de un Imperio en cuyos territorios se dice que “no se ponía el Sol”, con los calificados como Austrias Mayores: Carlos I (1516-1556) y Felipe II (1556-1598), para entrar en un periodo de decadencia del Imperio hispánico durante el Siglo de Oro de las artes y de las letras, con los Austrias Menores: Felipe III (1598-1621), Felipe IV (1621-1665) y Carlos II (1665-1700), presagiando el ocaso de la dinastía y el cambio de coyuntura a finales del siglo XVII.

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        Una dinastía que mantenía los vínculos parentales para conservar el poder y que, con la genealogía presente, en porcentaje, se ha probado científicamente que fue aumentando desde el matrimonio entre Felipe “el Hermoso” y Juana la Loca hasta llegar a Carlos II que, a pesar de ser sólo hijo de tío y sobrina, llegó a diez veces mayor que el del fundador. 2CC37A36-DCDA-4802-9546-B151B0DB7D38No es de extrañar, por ello mismo, que tuvieran actuaciones muy peculiares, que pueden conocerse con detalle en la obra de César Cervera Moreno, “Los Austrias. El Imperio de los chiflados“, editada por “la esfera de los libros”; el autor muestra como “en el Imperio de los chiflados, la locura y la genialidad convivían sin problemas“.

   Pero ahora me interesa entrar en la faceta urbanística de sus actuaciones. Carlos I enriqueció Madrid con palacios y monumentos, pero fue Felipe II quien en 1561 la convirtiera en capital del reino, circunstancia que hizo crecer a la ciudad notablemente. Desde entonces, y tras un breve periodo en Valladolid, la capital se asienta allí. Felipe III, por su parte, fue quien promoviera el desarrollo urbanístico propio de la nueva capital, si bien será con Felipe IV cuando Madrid goce de su mayor esplendor tanto artístico como urbanístico y arquitectónico. Con Carlos II, el último de los Austrias, Madrid se convirtió en el lugar central de las luchas políticas, provocando el estancamiento de la ciudad, que solo puede ver cómo se terminaban obras comenzadas por los antecesores. El tiempo ha pasado sí, pero Madrid conserva buena parte de un legado que refleja las huellas arquitectónicas de aquella época.

        Me propongo en esta nueva visita que hago a Madrid, recorrer el llamado barrio de los Austrias, que si bien no goza de una estructura administrativa propia es así conocido para los que visitamos el centro de la capital, concibiéndolo como un lugar donde se encuentran muchos edificios y monumentos que constituyen señas de identidad de la dinastía, por aquello de haberse construido durante este período.

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         El trayecto lo hago comenzando por la Puerta del Sol, ese lugar central de la capital de España que constituye un punto de arranque para cualquiera que desee conocer el Madrid histórico. El bullicio no falta en todo este entorno, caminando por las calles de Postas y de la Sal para alcanzar la plaza Mayor, lugar especialmente importante para el paseo dominical de los locales y visitantes, amén de constituir uno de los enclaves urbanos más hermosos y emblemáticos de lo que se conoce como el Madrid de los Austrias. Una plaza rectangular, conformada por los edificios de viviendas de tres plantas que la delimitan, y que dispone de un total de nueve puertas.

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        Concebida como un monumental escenario, los numerosos balcones que miran al interior de la plaza –237 exactamente– han sido desde sus orígenes palcos privilegiados para todo tipo de acontecimientos multitudinarios; acontecimientos que en el presente son festivos, pero que antaño no excluyeron los autos de fe contra los supuestos herejes y las ejecuciones de los condenados a muerte.

       El origen del conjunto urbanístico hay que remontarlo a 1581, cuando Felipe II encarga a Juan de Herrera que proyecte la reordenación del espacio de la antigua plaza del Arrabal. La construcción se inicia en 1590 con la construcción de la Casa de la Panadería, primer edificio de la futura plaza Mayor. Es el único edificio con pinturas murales en su fachada, y que sirvió de referencia para dar altura al resto del conjunto.

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         Enfrente se encuentra la Casa de la Carnicería, delimitado igual que la anterior por torres angulares.

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          Pero el recinto porticado no se completa hasta el año 1619, ya con Felipe III, que la inaugura y queda plasmado con la estatua ecuestre que preside la plaza, que fue instalada en este emplazamiento ya en el siglo XIX, y es obra de Juan de Bolonia y Pietro Tacca.

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         Claro que la Plaza Mayor, tal como la conocemos hoy en día, es obra del arquitecto Juan de Villanueva, al que se encarga su reconstrucción tras el último de una cadena de graves incendios acaecido, ya en 1790. Se realizaron cambios importantes, como reducir la altura de las viviendas de cuatro a tres pisos y cerrar las esquinas, antes abiertas, con arcos. El más famoso es, sin duda, el Arco de Cuchilleros, diseñado por el arquitecto Gómez de Mora, en el rincón suroeste, que tiene como peculiaridad que fue construido para compensar el gran desnivel existente entre el recinto de la plaza y la actual Cava de San Miguel. Para ello, el edificio tiene tres pisos más que el resto del conjunto. Se desciende desde la plaza mediante una escalinata que salva el desnivel.

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         Pero en el recorrido que me propongo salimos por la puerta de la calle Gerona, para enseguida llegar a la Plaza de la Provincia, en el que descubriremos un edificio que, de forma inmediata, llamará nuestra atención. Es el Palacio de Santa Cruz, construido en el siglo XVII bajo el reinado de Felipe IV, que sirvió inicialmente para albergar la cárcel de la ciudad, así como la sala de los Alcaldes de Casa y Corte del Madrid de los Austrias. Posteriormente fue sede de los juzgados municipales y de la audiencia territorial antes de convertirse en Ministerio de Ultramar y, desde 1901, sede del Ministerio de Asuntos Exteriores.

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        La construcción, de planta rectangular con dos patios gemelos, se inició en 1629 sobre un proyecto de Juan Gómez de Mora en el más puro estilo herreriano. Del edificio original pueden destacarse la portada principal –con tres puertas y tres balcones flanqueados por columnas–, el gran escudo central y las dos torres con chapiteles que flanquean la fachada. Tras un incendio que duró cinco días, en 1791, la reconstrucción del palacio quedó en manos de Juan de Villanueva. Posteriormente, ya en el siglo XX, fue restaurado y ampliado respetando el estilo original. La portada de granito, en contraste con el ladrillo rojizo de la fachada, realza a un edificio que no es sólo una de los más monumentales ejemplos del Madrid de los Austrias, sino una obra maestra de la arquitectura española.

          En la misma plaza encontramos la Fuente de Orfeo, réplica de finales de siglo XX de otra fuente del siglo XVII que fue diseñada por Juan Gómez de Mora, ya retirada pero cuya escultura de Orfeo ahora se exhibe en el Museo Arqueológico Nacional.

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       Seguimos por la calle Imperial hasta la calle de Toledo para seguir su trayecto y llegar a la Real Colegiata de San Isidro, un templo que empezó a construirse en 1622, anexo al prestigioso Colegio Imperial creado a principios del siglo XVII, donde los jesuitas impartieron sus clases de gramática y retórica y que, actualmente, es un Instituto de Enseñanza Secundaria, siguiendo con ello la trayectoria docente en la que destacaron alumnos como Lope de Vega, Quevedo, Baroja, Aneixandre… El patio interior del instituto es una obra maestra del barroco madrileño.

         Aprovechando que estamos en domingo, me aparto un poco del recorrido principal para seguir por la Plaza de Cascorro (con la estatua del soldado Eloy Gonzalo, uno de los héroes de la guerra de Cuba que defendieron la localidad de Cascorro) y la calle Ribera Curtidores, en su descenso de cuesta pronunciada a lo largo del cual se colocan cientos de puestos, y, con ello, recrearme con el bullicio que supone el Rastro madrileño, ese mercadillo tradicional que tiene más de 400 años de historia y en el que se puede encontrar objetos de todo tipo y curiosos artilugios, envuelto en un ambiente de lo más animado.

         El porqué de este curioso nombre de Rastro se debe a la denominación del mercadillo que antiguamente se encontraba en esta zona, un lugar en el que se situaban las curtidurías, muy cerca del matadero. Durante el traslado de las reses hasta las curtidurías se dejaba un rastro de sangre que fue el que dio origen al nombre del famoso mercadillo.

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     Tras este entretenido desvío por la zona del mercadillo vuelvo a tomar el recorrido propuesto, llegando así a la vía Cava Baja, para subir a la Plaza de Puerta Cerrada, un punto que enlaza con la calle Cuchilleros, en el que se localiza el popular mesón Restaurante Botín que, al parecer de lo recogido en el libro Guiness, es el más antiguo del mundo, fundado en 1725. En su escaparate luce un rendido homenaje a la cercana Plaza Mayor.

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          Tomando la calle Maestro Villa alcanzamos la Plaza del Conde de Miranda, donde se sitúa el Convento de Corpus Christi, fundado a inicios del siglo XVII cuando reinaba en España Felipe III. Se dice que por aquel año 1607 empezaron a llegar las primeras monjas de la orden jerónima, una comunidad que desde entonces se mantiene en este tranquilo entorno, y que ponen a disposición del público sus maravillosos dulces artesanos. El nombre de las carboneras se debe a una pintura de la Virgen Inmaculada que fue encontrada en una carbonería, donde unos niños jugaban con ella y la arrastraban por los suelos de las calles. Aquella imagen fue rescatada por un fraile franciscano José Canalejas y donada a este convento, lugar en el que, desde entonces, se le venera.

       Tras un recorrido por las inmediaciones, en las que aprecié la belleza de otras edificaciones que se encuentran en la zona, como la Basílica Pontificia de San Miguel, y entretenerme con alguna de esas estatuas de bronce que proliferan en la ciudad, subo hasta la calle Mayor para llegar a  la Plaza de la Villa, pasando por el renovado Mercado de San Miguel, un lugar que debe visitarse por su atmósfera animada y elegante diseño, para tomarse un delicioso aperitivo o tomar unas copas. Todo en un edificio diseñado a principios del siglo XX tomando como modelo Les Halles de París, inaugurado en 1916, aunque con importantes reformas recientes que le han convertido en un centro cultural y culinario. La rehabilitación del edificio ha sabido preservar su icónico estilo, al que se han añadido distintos servicios modernos para mayor comodidad de vendedores y visitantes.

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       Lugar singular, con el recorrido de los 33 puestos que se alinean bajo un tejado de hierro y madera, en un despliegue de productos que uno puede adquirir y moverse por el interior. El descanso ha merecido doblemente la pena.

         En la Plaza de la Villa, una de las más antiguas de Madrid, nos recibe la estatua del almirante Álvaro de Bazán, uno de los héroes de la batalla de Lepanto, rodeada de tres edificaciones: la Casa y Torre de los Lujanes (siglo XV), situada al fondo de la plaza, de estilo mudéjar y que claramente es el más antiguo de los tres; la Casa Cisneros (siglo XVI), de estilo plateresco y situado a la izquierda, mandada construir por un sobrino del célebre Cardenal Cisneros; y en el lado oeste,  la Casa de la Villa (siglo XVII), de estilo barroco. Esta última fue mandada construir en tiempos de Felipe IV para albergar las reuniones del consejo, misión que ha realizado durante siglos hasta que en 2007 las oficinas del Ayuntamiento pasaron a ocupar el Palacio de Cibeles, quedando este edificio reservado casi en exclusividad a sede del Pleno Municipal.

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         Seguimos nuestro recorrido por la calle Mayor hasta la calle Bailén, atravesando la calle del Factor donde advertimos una figura escultórica a tamaño natural, en bronce, que se asoma a un espacio acristalado donde se ven unos restos arqueológicos que se corresponden con el ábside de la que, hasta que fue derribada en 1868, era la iglesia más antigua de Madrid, la de Santa María de la Almudena que fue el antecedente de la actual Catedral de la Almudena.

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        Ya en la calle Bailén encontramos la Catedral de la Almudena y el Palacio Real, levantados en el mismo lugar donde se situaba el Alcázar, la imponente residencia real que desapareció pasto de las llamas en 1737.

         No me detendré en relatar en demasía estas bellas obras monumentales de Madrid, construidas en momentos diferentes al que ahora analizamos, pero cuanto menos haré unas breves referencias. La Catedral está construida dentro del conjunto monumental del Palacio Real, y podemos decir que es bastante moderna pues la primera piedra se colocó en el año 1833 y su construcción no finalizó hasta principios de los años 90, más de cien años después. El interior puede visitarse, así como la cripta, a la que se accede al final de la calle Mayor.

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        El Palacio Real fue morada regia desde Carlos III hasta Alfonso XIII. Su construcción comenzó en 1738 y sus obras se prolongaron durante diecisiete años. El Palacio está rodeado por los jardines del Campo del Moro, que datan de la Edad Media (situados al oeste) y los jardines Sabatini, creados en el siglo XX (situados al norte).  En la época de los Austrias esta zona tenía un aspecto muy diferente al actual, puesto que en lo que hoy son jardines había varios edificios, algunos de los cuales servían para dar soporte al Alcázar, como la casa del Tesoro.

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           La construcción de la Plaza de Oriente fue impulsada, principalmente, por el rey José I, y constituye una de las plazas más imponentes de la ciudad por los edificios que allí se encuentran. De un lado el referido Palacio Real y, del otro, el Teatro Real. En el centro se erige la estatua de Felipe IV, sobre un gran pedestal y dos fuentes que la convierte en el eje central de la plaza. Una estatua ecuestre que fue encargada por el propio rey en el siglo XVII, al ser su deseo tener un monumento que fuera aún más majestuoso que el de su padre, Felipe III, situado actualmente en la Plaza Mayor de Madrid. La gran importancia artística de esta obra se encuentra en que se trata de la primera estatua ecuestre en la que el caballo se apoyaba sólo en sus patas traseras. Su fundición en bronce en unos talleres de Florencia concluyeron en el año 1606, y en Madrid ha tenido distintas ubicaciones hasta que, finalmente, se encuentra en la actual desde el año 1843.

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           Y flanqueando los caminos principales se erigen las esculturas del Cabo Noval y el Capitán Melgar y todas las esculturas de reyes españoles, que fueron esculpidas a mediados del siglo XVIII, en la época del rey Fernando VI, con el fin de decorar la cornisa superior del palacio Real. Pero, finalmente, ante el temor de que las estatuas pudieran caerse desde el emplazamiento para el que estaban previsto, se decidió distribuirlas en distintos lugares de la ciudad (además de la Plaza de Oriente, se sitúan otras en el parque del Retiro, y en los jardines de Sabatini). Las veinte figuras que puedes ver en la Plaza de Oriente representan a cinco reyes godos y a reyes de la época posterior a la Reconquista.

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         La Plaza de Oriente constituye un lugar apropiado para hacer una nueva parada y tomarse un delicioso café en el famoso Café de Oriente, cuya terraza mira al Palacio Real. Aunque nos situemos en la terraza, no podemos perdernos el estilo artístico interior del café, romántico con toques de neobarroco a pesar de haber sido construido a finales del siglo XX. El lugar donde se encuentra ubicado fue antiguamente un Convento de Franciscanos Descalzos (Convento de San Gil, siglo XVI), reformado por Felipe III en el año 1613, y demolido a principios del XVIII por orden del rey José Bonaparte para abrir la Plaza de Oriente. El edificio actual fue levantado a mediados del XIX.

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      El Teatro Real es una construcción promovida por Fernando VII en un proyecto de remodelación de la Plaza de Oriente. En 1850, durante el reinado de Isabel II, y por medio de una Real Orden, se impulsó la construcción exigiendo su finalización en un plazo de seis meses.  Ha sido escenario lírico, sede de las Cortes y salón de baile a lo largo de su vida. Anecdótico es que en 1925 fuera clausurado al correr peligro de derrumbarse a causa de las obras del metro, pero posteriormente fue reabierto en 1997 gracias a la reconstrucción que realizaron los arquitectos Jaime González Varcárcel, Miguel Verdú Belmonte y Francisco Rodríguez Partearroyo.

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         Avanzamos un poco para girar en la calle de San Quintín para situarnos en el Real Monasterio de la Encarnación, que fue la primera obra barroca de la ciudad. La precursora de la construcción de este lugar fue la reina Margarita de Austria, esposa de Felipe III. Se trata de un convento de la orden de las Agustinas Recoletas, esto es, la institución a la que pertenecieron principalmente las mujeres de familias nobles, que fue fundada por la reina referida. El monasterio fue construido al lado del Real Alcázar entonces existente, y tenía un pasadizo para permitir el acceso directo de los miembros de la realeza. El monasterio fue construido entre 1611 y 1616, e inaugurado el 2 de julio de 1616, pocos años después de que la reina hubiese muerto. La fachada cuenta con una sobriedad que recuerda el estilo de Juan de Herrera. Después de un incendio que lo destruyó, fue reconstruido por Ventura Rodríguez en 1767.

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       El monasterio es ahora parcialmente museo, contando con una gran cantidad de obras de arte y reliquias incluidos los tubos con la sangre de San Genaro y de San Pantaleón. La más importante e interesante de ellas es la sangre de San Pantaleón, que se mantiene en una esfera de cristal, y sobre la que existe una leyenda. Cada año, el 26 de julio, víspera del día de su fiesta, la sangre se dice que licua “milagrosamente”. Si no lo hace, entonces se dice que es señal de alguna tragedia.

       El convento incluye un claustro y una iglesia Barroca. El interior de la iglesia fue redecorado en el siglo XVIII, incluyendo los frescos de la bóveda de la capilla mayor de Francisco Bayeu, y una gran colección de arte del siglo XVII.

      En el camino de regreso volvemos a ver el Teatro Real, ahora por la parte trasera dando a la Plaza de Isabel II (más conocida como plaza de Ópera) que, con el nombre de Caños del Peral, fue muy importante en la época de los Austria. En el siglo XVI había una fuente muy grande y vistosa llamada así, de los Caños del Peral, con siete pilas y siete caños, donde acudían los vecinos a lavar la ropa y los aguadores a llenar sus cántaros. Bajo la superficie de la plaza, entrando por la boca de metro, se puede acceder al Museo de los Caños del Peral, donde se conserva un trozo de esta fuente. A su lado se instaló una compañía de cómicos italianos, y años después se levantó el Teatro de los Caños, germen del actual Teatro Real, ya del siglo XIX.

         La Plaza de Isabel II es amplia y abierta desde que se remodelara a principios del siglo XIX, con llegada de seis calles por todo su contorno. Salvo algunos árboles menudos, el espacio no está ajardinado, pero sí dispone de bancos y muretes, con lo que es habitual ver mucha gente sentada contemplando el discurrir de los paseantes.

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         En el punto central de la plaza se erige la estatua dedicada a la reina Isabel IIelevada sobre un pedestal de planta cuadrada. Pero no es ésta la estatua original que primero vieron los madrileños. Fue a principios del siglo XIX cuando la plaza se remodeló y amplió, cambiando el nombre al actual de Isabel II, y en 1850 se instaló una estatua en bronce de la reina obra de José Piquer. Poco después la estatua se trasladó al vestíbulo del Teatro Real, más tarde al edificio del Senado y de nuevo a su lugar original, hasta que con la proclamación de la Segunda República en 1931 se destruyó. En 1944 se realizó una réplica de la estatua anterior, que es la que hoy podemos ver en medio de la plaza.

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         Tomando la dirección de la calle Arenal hacia la Puerta del Sol nos encontramos de camino con la Iglesia de San Ginés, templo del siglo XVII plagado de obras de arte y con una larga historia de edificaciones y reconstrucciones, que fue declarada monumento histórico-artístico nacional. Detrás de este histórico templo encontramos la famosa Chocolatería de San Ginés, que posee dos plantas en las que hay castizas mesas de mármol blanco y mostrador revestido de azulejería, que tradicionalmente viene ofreciendo sus populares churros con chocolate desde 1894.

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        Es referenciada en obras literarias modernistas como “La buñolería modernista”. El histórico arco que la une con la iglesia en la que está situada aparece en los episodios nacionales de Benito Pérez Galdós y está premiada con los honores del Círculo de Lectores y del excelentísimo Ayuntamiento de Madrid como Centro Histórico Turístico.

        Ya fenecida la tarde llego de esta forma al punto final de este hermoso y ajetreado domingo, en el mismo lugar donde lo iniciara por la mañana. Bonito paseo por el Madrid de hoy, descubriendo señas de identidad de su pasado.

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