Hoy como ayer, la música es eterna

        Cuando recibí el hermoso regalo del blog que ahora va a hacer tres años que mantengo, me propuse hacerlo con vocación de que fuera generalista, dicho sea en el sentido de que mis entradas lo fueran para relatar aspectos que me llenan y que suceden de la forma más variopinta en la vida cotidiana, de mis raíces a la tierra que tanto adoro y, en fin, para acoger pasajes de lo que vivo, las aficiones que tengo, y por donde pueda moverme. Abierto a lo mucho que brinda la fortuna de vivir.

         Esa fuerza atractiva que ha supuesto para mí mantener vivo el blog me permite volcar cosas de las que lleva uno dentro y que, a veces, si no se tiene la oportunidad de expresarlo en el momento, quedan en el recóndito olvido de la buhardilla que poseemos cada uno en nuestro interior.

          Sirva mi introducción para sacar a relucir alguno de estos aspectos. Mi juventud estuvo marcada por las limitaciones propias de unos tiempos difíciles, donde vivir bien significaba tener una vivienda digna y poder comer lo que precisa el organismo para subsistir. Con el sacrificio intenso de unos padres que no tuvieron más que lo que se ganaron con su trabajo y esfuerzo cotidiano, sin lluvia de estrellas heredadas familiarmente. Así, volcados en un hogar unido y lleno de felicidad, unos padres y tres hermanos tuvimos una afortunada crianza en un mundo donde se podía vivir, sin aspavientos pero viendo el cielo de un intenso azul y el agua de los ríos transcurriendo sin signos de contaminación. Recibiendo una educación basada en el respeto hacia los educadores y a los demás, permitiendo así convivir en paz.

         En este reducido campo de vivencias, el mundo y lo que ofrecía era algo lejano al que se llegaba exclusivamente por las referencias que se tuviera por los escasos medios de comunicación existentes. Una incipiente televisión y unos periódicos censurados servían para ilustrar nuestra mente. El arte, en sus distintas manifestaciones, se conocía parcialmente, por lo que quisieran explicarnos los metódicos y dirigidos centros educativos.

        Cuando la juventud se vio premiada por el flamante descubrimiento de los tocadiscos y casetes, la maravilla inundó los hogares y empezaron a surgir esos recintos que agrupaban a los jóvenes para deleitarse con los últimos discos o cintas adquiridas. Se descubría la melena y los pantalones acampanados, para emular a los ídolos musicales, y algunos empezaron a verse presas del movimiento hippie que les apartaba algo más del patrón. Una sociedad y unos jóvenes que empezaron a formar grupos musicales para cantar al mundo lo que salía del interior. Conforme el tiempo pasaba, se alzaban voces más atrevidas.

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         Pero los jóvenes de provincias más alejadas nos conformábamos con escuchar cuando podíamos, desposeídos de la cercana presencia física de esos cantantes que emulábamos. Por supuesto, si los eruditos traspasaban las fronteras era un imposible, pero los nacionales tampoco llegaban a estos entornos. Su movimiento era por otros lugares donde podían obtener otros merecidos méritos artísticos. Pasó así la juventud y con esas caratulas de discos que conservamos, y las posibilidades que permitió esa novedosa televisión, conocimos a cantantes de renombre nacional.

            Ocurre que, ahora, cuando la globalización ha permitido que el mundo se mueva en todas direcciones, cuando los estudiantes se aprovechan de un Erasmus para conocer mundo y adquirir cultura universal, los menos jóvenes nos encontramos con sorpresas dignas de resaltar. Asistimos a tributos que se hacen a grandes precursores de nuestras aficiones musicales (Led Zeppelin, Queen, Dire Strait, Beatles….), y también recogemos el premio de ver en directo a cantantes y grupos nacionales a los que hemos tenido siempre presentes, y aquí y ahora voy a centrarme en los que para mí han sido –y siguen siendo en este momento de regreso fugaz- un cantautor digno de resaltar, Víctor Manuel. Me siento en la necesidad de brindarle un pequeño homenaje por lo que en su momento pudo representar y que hoy me permite recuperar con su presencia física.

         El cantautor asturiano Víctor Manuel se presenta en el Palacio de Congresos de Badajoz para brindar un concierto bajo el título de su último trabajo musical,  “Casi nada está en su sitio”. Un título sugestivo apropiado a lo que estamos viviendo hoy, una cierta descomposición social en la que todo parece agolpado desordenadamente en el cesto de lo mundano.

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          Verlo ya ha supuesto un recuerdo inolvidable, pues no en vano está considerado como uno de los cantautores más representativos de nuestro país. Uno de los artistas más simbólicos de la Transición, con composiciones tan emblemáticas como para representar verdaderos himnos, tales como “La Puerta de Alcalá”, “El abuelo Víctor” o “España camisa blanca”. Ahora se presenta con 54 años de carrera musical a las espaldas. Casi nada.

           Pero como ya he podido apreciar en los profesionales de la música, esos que ahora es un tanto difícil encontrar, y ejemplos igualmente significativos son los de Rafael, Serrat o Sabina, por citar algunos, su amor a la música es inusitado, el escenario les impregna esa adrenalina que les hace perder la referencia de la edad. Víctor Manuel, esa persona un tanto introvertida se abre con el humor propio y característico de los buenos asturianos: “Voy  a cantar todo lo que ustedes quieran…, y yo cantaré lo que me venga en gana”. Los aplausos comedidos del principio del concierto aumentan ahora de intensidad.

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           Se le ve caer alguna lágrima cantando canciones de las que siente en su interior. Porque Víctor Manuel no canta lo que otros le han puesto en un papel, sino lo que ha sentido en la profundidad de unas vivencias, sean familiares como de una sociedad y unos tiempos difíciles. Su vocación reivindicativa no es el producto de una ideología fanática, sino de la única forma que tiene de expresar un sentimiento vivido, de la necesidad de conocer dónde se encuentran los restos de familiares («mi padre colocaba siempre unas flores en el mismo lugar de una fosa común, cosa que no entendía, y al preguntarle porqué mataron al abuelo Ángel me contestaba “por haber robado una cesta de huevos”, y de ahí no salía»); para dar entrada a las cosas que acontecen en estos momentos en que se habla de legalización de la heroína, y referirse con ello a la canción que dedicara en su día a esa madre que entrega a su hijo el último gramo de droga que le lleva al otro mundo, porque “el amor con frecuencia nos vuelve ciegos y, sobre todo, el amor de una madre…”; para aludir al abuelo Víctor que falleciera al tiempo de haber sacado la canción que le dedicaba, y “que nunca me dijo si la había escuchado, aunque creo que sí, porque en alguna ocasión me preguntó: oye ¿tú por qué vas contando por ahí que tu abuela me esconde el tabaco?”; para resaltar cómo se puede pensar solamente en una persona para contar la historia real de una pareja de personas con discapacidad intelectual “que llevaron su amor hasta el matrimonio por encima de todas las trabas legales y sociales que encontraron en 1978”; o para gritar abiertamente la necesidad de mantener unida una patria española en la que “aquí cabemos todos, o no cabe ni Dios”. Porque Víctor Manuel, siendo “un pobre diablo”, sigue siendo “un corazón tendido al sol”. Aunque ahora diga que “Casi nada está en su sitio”, también resalta el “Digo España” para decir “que bien suena esa palabra” y que “no la arrojo contra nadie contra nada”.

          El tiempo no fue ningún hándicap, le costó irse del escenario (algo más de dos horas), tanto como a nosotros verle marchar. Gracias Víctor Manuel por el espectáculo…y por permitirnos ahora oírte en directo. Por un momento me sentí tan joven como el cantautor.

2 comentarios en “Hoy como ayer, la música es eterna

  1. Esther Vázquez

    Es curioso como la música puede hacer tanto, contar tantas historias con las que aprender o sentirse identificado, o despertar infinidad de sentimientos y recuerdos. Un bonito homenaje, sin duda. Un saludo.

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