Zamora, la ciudad apacible

          España es, en general, variada y rica en patrimonio y gastronomía como legado manifiesto de una abundante secuencia de hechos y acciones acaecidas en su larga trayectoria histórica. Permite, por ello, que las rutas turísticas que puedan emprenderse sean numerosas, cualquiera que sea el gusto que pudiera tenerse. Ocurre, sin embargo, que sin saberlo bien por qué, ciertos parajes quedan abstraídos de mostrarse como preferentes para quien emprende el camino y que, cuando te acercas, por la circunstancia que sea, te sorprende sobremanera. Como descubrir un tesoro oculto.

            Tal es el caso de una ciudad como Zamora, esa pequeña capital de la Comunidad de Castilla y León que tiene muchos encantos para sorprender. La arquitectura románica, el centro histórico medieval, el pequeño tesoro que acoge del modernismo europeo, las vistas que brinda sobre el río Duero, son alicientes más que suficientes como deleitarte por lo que ofrece. Si a ello se une que muestra un ambiente tranquilo pero acogedor, su exquisita gastronomía, no puedo decir otra cosa que mi estancia en este bello paraje ha supuesto para mí un descubrimiento que me obliga al relato.

         La calle de Santa Clara es el punto de arranque de un delicioso recorrido. Una calle que recibe su nombre del derribado convento de Santa Clara, y que en su trayecto nos permite encontrarnos con hermosos edificios que componen la ruta modernista, y varias plazas, entre las que se encuentra la plaza de la Constitución que permite divisar la iglesia de Santiago el Burgo, de finales del siglo XII y principios del XIII, construida fuera del primer recinto amurallado que tuvo la ciudad, aunque después quedaría dentro del segundo. Conserva, al igual que la Catedral, la estructura original de tres naves. Dispone de tres portadas, aunque sea la más destacada la del sur, con sus capitales colgantes.

        Cercana está la plaza del Mercado. Me aproximo a ella por la imagen parcial que he podido divisar de su Mercado de Abastos, una construcción que resalta desde el punto de vista patrimonial, obra del arquitecto Segundo Viloria, que diseñara este edificio de hierro y ladrillo a principios del siglo XX para mejorar la calidad de vida en la ciudad. Un mercado que sigue conservando la función principal para la que fue creado hace ya más de cien años.

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         Llegando a la plaza de Zorrilla descubrimos una de las estampas más fotogénicas de Zamora. Un pequeño espacio ajardinado con una singular estatua de Baltasar Lobo, que nos separa a dos de los edificios más hermosos de la ciudad, el modernista Casino construido en 1903 por Miguel Mathet y Coloma, y en el lado opuesto el renacentista (con detalles de gótico florido) Palacio de los Momos, que data de finales del siglo XV y principios del XVI. Lo mandó construir Pedro de Ledesma, Comendador de Peñausende, y en un principio se llamó Casa de los Sanabria. A mediados del siglo XX pasó a titularidad del Estado, y una vez reconstruido es en la actualidad sede del Palacio de Justicia de Zamora.

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       Tras pasar la plaza de Sagasta llegamos a otro hermoso lugar, la Plaza Mayor. Destacan sobremanera cuatro elementos: el Ayuntamiento Viejo, construido en 1493, reconstruido en estilo plateresco a inicios del siglo XVII, y que en la actualidad es sede de la Policía Local; el nuevo Ayuntamiento, que ejerce como tal desde 1950 y se encuentra justo enfrente; el Monumento al Merlú, una estatua de 1996 en homenaje a las procesiones de Semana Santa; y la Iglesia de San Juan de Puerta Nueva, comenzada a construir en el siglo XII y concluida en el siglo XIV, con su característico rosetón de la portada de la fachada sur. Recibe ese nombre porque en ese lugar se abrió una puerta de la muralla del primer recinto en 1171. La portada de la iglesia, de medio punto, está decorada con motivos florales.

        En este bello entorno encuentro un sitio digno de elogio para descansar y satisfacer el apetito que produce este recorrido. En el pequeño recinto que tiene el restaurante “Los Caprichos de Meneses” podemos encontrar una variedad de pinchos y raciones de la gastronomía propia del lugar que satisface a cualquiera que se digne visitarlo. Por supuesto, se encontrará repleto de gente que tienen la misma impresión.

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          La visita continúa por la calle Ramón Carrión, otra de obligado recorrido porque nos llevará hasta la catedral aunque en el trayecto cambie de nombre para ser la rúa de los francos y rúa de los notarios.

       Nos encontramos con un edificio de estilo modernista que alberga el Teatro Ramón Carrión, que concluyera su rehabilitación en 2011. El edificio se construiría en el solar que ocupaba el denominado patio del Hospicio, y se haría en honor al humorista zamorano Miguel Ramos Carrión que nació en una casa ubicada justo frente al teatro.

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       En la célebre plaza de Viriato nos encontramos con el Palacio renacentista de los Condes de Alba y Aliste, cuyo origen se remonta al año 1459, construido sobre una antigua alcazaba musulmana y convertido hoy en el Parador de Zamora. También está allí el Hospital de la Encarnación, actual sede de la Diputación Provincial, y el Monumento a Viriato, una obra escultórica del zamorano Eduardo Barrón González, erigida a finales del año 1903; en realidad es un conjunto escultórico que posee una estatua erecta, un pedestal granítico [en el que puede leerse la leyenda “Terror romanorum” (terror de los romanos) atribuida a Orosio] y una verja.

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           Siguiendo por la rúa de los Francos vuelve a aparecer el románico, con la Iglesia de Santa María Magdalena y su precisada fachada y, justo enfrente un convento de clarisas, el Convento del Tránsito.

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           La iglesia es una de las más atractivas de Zamora, sin duda porque se halla exenta y su aspecto puede contemplarse sin dificultad, además de que su estilizada línea y su pureza de formas contribuyen a su perfección. Conserva tres portadas, de las que destaca la meridional, formada por cinco abigarradas arquivoltas vegetales integrando la figura de un obispo y varias máscaras. La arquivolta inferior es especialmente singular por su perfil polilobulado. Sobre la misma portada meridional existe un florido rosetón abocinado y lobulado.

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         Por otro lado, las sorpresas que depara el interior en forma de baldaquinos, hornacinas y un bello sepulcro románico contribuyen a realzar el conjunto. Los capiteles de la portada referida poseen decoración escultórica.

           El siguiente punto donde reparar lo es tras desviarme por la plaza de Fray Diego de Deza para alcanzar la de Arias Gonzalo, y de ahí llegar al Mirador del Troncoso, el más bonito de la ciudad con unas impactantes vistas sobre el río Duero y sus puentes.

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     Desde aquí atravesamos la angosta calle del Troncoso que nos descubre la plaza de Antonio del Águila y sus armoniosos jardines se abren hacia la Catedral, que fuera construida sobre los restos de la basílica anterior, destruida por Almanzor en 986. El comienzo de las obras catedralicias comienzan en 1151, consagrada por el Obispo Esteban en 1174. Sin duda, el elemento más original y sobre el que reparamos de inmediato es el magnífico cimborrio de influencias bizantinas, con un curioso revestimiento de escamas de piedra y cuatro torrecillas en las esquinas rematadas con sus propias cúpulas.

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       La fachada norte de la catedral y el claustro antiguo fueron destruidos por un incendio en 1591, por lo que ya en el siglo XVII se reedifica un nuevo claustro a la vez que la fachada principal, erigida a modo de arco de triunfo.

        Entre los jardines del entorno descubrimos el Castillo de Zamora, de reciente rehabilitación. Según la historia que le envuelve, y aunque algunas crónicas señalaban que fue mandado construir por Alfonso II, parece más evidente por estudios más recientes que lo sería por Fernando I, de modo que la edificación dataría de mediados del siglo XI, aunque de esta época quedan muy pocos restos.

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        Asentado sobre roca y adaptado de forma natural a la plataforma irregular del terreno, cuenta con inmejorables condiciones al ser la cota más alta del cerro. Presenta forma romboidal, destacando sobre ella tres torres, dos de ellas pentagonales y una tercera heptagonal.

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        En los restos arqueológicos de su interior se descubren aljibes, tumbas de época visigoda, hornos de fundición, canales de evacuación de agua, un pozo, y otros elementos de relevancia, aunque destaque la torre del homenaje y el foso.

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         En este bello entorno es obligado parar para deleitarse con el paisaje y sus bellos jardines. Un final de trayecto que me permite concluir el relato para animar a que se visite este tesoro de ciudad. Dicen, y por lo que de oídas he recibido, que la Semana Santa es espectacular por esta villa. Puede ser una buena oportunidad.

 

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