Buscando el peligro

        Si hay algo que me sorprende son las variopintas acciones que realiza el ser humano para enfrentarse al peligro buscado de antemano. Tanto como para preguntarme qué clase de morbo interno puede producir concebir al riesgo como algo natural para sentirnos satisfechos con nosotros mismos y que nos hace encarar situaciones que, pensadas en frío, parece imposible que puedan venir de personas con un cabal conocimiento. Uno creía que eso era algo esporádico y que para los valientes y superdotados físicamente constituía un medio de vida, profesionales en la amplia acepción de los que practican actividades que conllevan riesgo y los que actúan en espectáculos públicos, pero la realidad es que, viendo el noticiario diario, compruebas que son prácticas más extendidas de lo que parece. Por el simple gusto y placer de hacerlo y divulgar la pericia. O no, lisa y llanamente porque por la cabeza pululan cosas que llevan instintivamente a ese aplomo y necesidad de hacerlo.

 

 

      Sea como fuere, qué puede decirse de esa práctica tan extendida de jóvenes -o no tanto- que llegan a puntos extremos (como rascacielos, acantilados, al lado de animales salvajes, o lugares de máximo peligro) para hacerse ese selfie que se convierta en viral, en ese frenético deseo de impresionar a seguidores en las redes sociales. O las fotografías buscadas en situaciones inauditas abusando de una destreza que no es garantía total, y que ha llevado a estudios que muestran los numerosos incidentes mortales que por estas causas se han producido en todo el mundo (la última estadística que conozco, dada por el Instituto de Ciencias Médicas de la India, señala que 259 personas murieron entre 2011 y 2017 tratando de tomarse un selfie en situaciones extremas).

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        Pero los actos humanos son variados. En las hermosas lenguas que dejan los glaciares noruegos pude comprobar cómo el atrevimiento de las personas les llevaba a atravesarlos, como una experiencia que, dirigida por monitores no deja de ser peligrosa pero, cuando se hace sin disponer de esta ayuda es ya un atrevimiento sin igual. Una pareja intentó la pericia y fue engullida por uno de esos surcos imprevistos que hacen ceder la capa. El reto acabó en tragedia.

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       Como aficionado al deporte me sorprende esa fortaleza que presentan muchas personas para mantener un reto consigo mismo, desafiando a cuanto se ponga por delante para avanzar en sus marcas personales. Vaya un ejemplo al efecto: me gusta y practico en la medida de mis años y preparación montar en bicicleta MTB, para con ello disfrutar del paisaje natural que brindan nuestros campos, y no es nada difícil encontrar a numerosos aficionados que siguen la misma actividad. Un placer, sin duda, que hace disfrutar y mover el cuerpo en ese encomiable deseo de gozar de la mejor salud posible.

          No obstante esta faceta lúdica, cada día veo con más proliferación a verdaderos provocadores de esta práctica, pues aunque no gocen del carnet que pudiera hacerles gozar de un status profesionalizado, sus retos son cada vez mayores. Kilómetros y kilómetros de lucha, por los lugares más recónditos que pudieran advertirse. El caso es avanzar en el deseo de conseguir un objetivo mayor que el día anterior. Y, como no, cada vez son mayores las pretensiones de disponer de la “máquina” más avanzada y con las mejores prestaciones que pueda ofrecer el mercado.

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         Son muchos los eventos que podrían traerse a colación cuando se trata de medirse las fuerzas con otros. El colmo lo podemos comprobar en esa enconada carrera que sigo desde hace años, llamada Titán Desert, que consiste en una prueba de seis días, que este año ha conmemorado su XIV edición, con muchos kilómetros (la edición actual ha completado 662 kms), mucho calor (clima africano de más de 40ºC), mucha arena y viento y muchos inconvenientes para atravesar la zona desértica que se proyecta (dunas y montañas variopintas de la geografía desértica marroquí), en un diseño que cada año es más rebuscado para conseguir una mayor complicación. Un verdadero reto al que acuden gente muy preparada, profesionales de esto, ciclistas recién retirados, pero también aficionados de todo calibre, para encontrar el “espíritu titán” que se pretende, con una alocada manifestación de los participantes que se muestran satisfechos por haber superado tantos inconvenientes.

 

        Claro que te encuentras con sorprendentes datos. El campeón ya completa la cuarta edición que gana consecutivamente, lo que de por sí puede decir bastante de su grado de preparación. Tanto como para, conociendo el paño, haga declaraciones sobre lo que ve en sus compañeros. Desde señalar que esta prueba es algo muy serio como para no ir debidamente preparado (¡oído a navegantes!), hasta la sorpresa que le produce ver a muchos participantes que no tienen aptitudes por tratarse de personas con sobrepeso, fumadores empedernidos y que, a su entender, y también al nuestro, “no cuadran” (sic). No le puede faltar razón cuando sucede en esta edición que haya habido un fallecido por fallo cardiaco en medio del desierto, amén de las numerosas asistencias que han tenido que hacerse.

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          Las diferencias entre los participantes son abismales, desde esas 3 o 4 horas que para los primeros supone recorrer una etapa, para otros –los más- son 8 horas y, en fin, los rezagados completan 11 horas. Soportar el sol encima, las altas temperaturas, la fatiga, rozaduras, y la diferencia en horas de descanso entre unos y otros, da buena muestra del calvario que puede ser para muchos.

        Pero sin dejar de desmerecer el mérito que tiene para quienes acuden a este evento deportivo voluntariamente, me sorprende comprobar que otro participante, con un 76% de discapacidad física, ha conseguido terminar la prueba. Su lema: “el límite lo ponemos nosotros”. Parece que sí, incluso cuando no alcancemos el propósito final.

        Pero no vayamos tan lejos. Los múltiples eventos de running organizados como maratones y medios maratones son otra manifestación más de ese ferviente deseo de tantos y tantos participantes que quieren superarse a sí mismos. Evito entrar en los que con la preparación adecuada y haciendo incluso una prueba de su profesionalidad, afrontan el envite. Y lo hacen incluso con la cabeza puesta en sus propias limitaciones. Mi atención lo es hacia tantos aficionados que nada más verlos te ponen los pelos de punta al comprobar que sin tener la preparación adecuada o con unas condiciones físicas inapropiadas, porque no hay nada más que verlos, se meten en el laberinto y, además, intentan hacer marca. Y lo hacen para ver si se superan en tiempo y ritmo a lo que hubieran hecho en la más reciente prueba en la que hayan participado. Al final, con peligro inusitado para su salud, los que vemos el espectáculo les aplaudimos por el enconado esfuerzo pero miramos al cielo para pedir clemencia. Porque no es posible que sepan lo que hacen.

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        Más madera. Como parece que esto de correr se queda corto, una prueba más reciente ha calado entre los aficionados. El denominado triatlón, un deporte reconocido olímpicamente que consiste en realizar tres disciplinas deportivas: natación, ciclismo y carrera a pie. Se realizan en orden y sin interrupción entre una prueba y la siguiente. Admite varias modalidades, y una de las más conocidas es la denominada Ironman, un campeonato de distancia donde no se permite el drafting (ir a rueda de otro corredor en el segmento de ciclismo).

       El caso es que no resulta infrecuente ver en las distintas ciudades que disponen de mar o río para completar la prueba, que se celebren eventos donde junto a los participantes que disponen de la preparación adecuada, se involucran otros que no lo están tanto, simplemente por esa moda y morbo que lleva a afrontar situaciones extremas. Sin darse cuenta que completar una prueba de triatlón no está al alcance de cualquiera, y la dedicación y esfuerzo que exige de antemano se erige en pilar fundamental para lanzarse a ello.

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       Así podríamos entrar en otras tantas muestras de heroicidad, desafiantes de los peligros de la vida, que por ese impulso que llevamos dentro nos hace dejar de lado la cordura de la que presumimos los humanos. Hasta en el simple caminar encuentras a quienes desafían las mínimas reglas de sensatez, haciéndolos a ritmos inapropiados o en horas poco convincentes. Puede decirse que los seres humanos estamos llenos de contradicciones. Por eso mismo, no sin resistirme a comentar cuando me llame la atención, seguiré viendo estos espectáculos llenos de energía física y…mental. Aunque por momentos no deje de llevarme las manos a la cabeza.

       Practicar deporte sí, por supuesto, pero debidamente preparados para afrontar aquello que esté acorde con nuestras posibilidades.

 

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