Lo efímero del trayecto

        El avance social tiene un fuerte reflejo en la esperanza de vida que tenemos los humanos y, con una curiosidad interesada, veo que los expertos analizan el cambio que experimentamos, especialmente en la llamada por algunos “generación silver” que, como dice el Mentor Ernesto Beibe, constituye una multitud representada por los que tienen más de 60 años cronológicos de vida y a los que se le aventura, nada más y nada menos que una esperanza de vida de 30 años, esto es, otra media vida.

         Otros lo califican, y escriben al respecto con un llamativo título “La revolución de las canas” (autores: Iñaki Ortega y Antonio Huertas), para aludir al surgimiento de una nueva etapa vital entre los 50 y los 70 años, que gracias a los avances médicos va a permitir disfrutar de años extra de vida, lo que trae un cambio radical porque millones de personas de esas edad van a seguir trabajando, ahorrando, creando y consumiendo, circunstancia que, a juicio de estos estudiosos de la materia, hará posible que nazcan nuevas industrias para servirles y nuevos emprendedores, muchos de ellos séniores, que encuentren oportunidades donde nadie había pensado que podía haberlas. Porque, lejos de esta concepción que todavía tenemos de las etapas de la vida, gracias a la longevidad se tendrá la oportunidad de hacer cosas nuevas, de modo que siguiendo al profesor Robert Pogue en su obra “Juvenescencia”, no seremos viejos más tiempo, sino jóvenes más años.

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        Bueno es que se mire de forma tan positiva esta afluencia de vividores, dicho sea en la aceptación más blanda que ofrece el diccionario de la Real Academia Española y que atiende a lo vivaz, y no para mirar un futuro negro para la juventud que parece ser la única que debe hacer esfuerzos para mantener a los mayores.

        El caso es que, sea como fuere y como convenga a los analistas por su dedicación a la investigación, es claro que la esperanza de vida se muestra como una realidad, aun cuando todos veamos que día a día nos dejan personas queridas a las que se muestra la pena que supone perderlas “tan jóvenes” o sin “ser tan mayores”. Y cuanto más avanzamos en edad, en ese intervalo temporal objeto de estudios, más vemos como día a día sucumben entrañables compañeros, amigos o conocidos, dejando claro que la vida, por mucho que queramos, es efímera y pasa muy deprisa. Para unos más todavía que a otros.

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           Me alegro que, en lugar de llamar viejos a los y las canosos y canosas, se interponga una etapa entre los adultos y viejos para apelar a una mayor calidad de vida en los menos viejos y más adultos. No entro en valoraciones de lo que representa para las pensiones y la seguridad social, por cuanto ahora lo que me interesa es, simplemente, apelar a la vida. Un bien que se superpone a todo lo demás.

           Dicho todo lo cual, a esas personas que estamos en el intervalo temporal anunciado y que nos paramos a pensar, se vienen a la cabeza muchos deseos de poner freno a la acelerada vivencia que ha hecho fugaz el camino recorrido, para convenir que debe saborearse el instante con lo que llene de verdad. Con la reflexión clara de que si no lo haces así te atropellará la velocidad del tiempo más rápidamente de lo que de por sí avanza.

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         Con tanto que decir sobre ello, nada resulta más oportuno que traer a colación un precioso poema que me hace llegar una persona cercana, y cuya autoría corresponde al que fuera poeta, novelista, ensayista y musicólogo Mário de Andrade (Sao Paulo 1893 – 1945), uno de los fundadores del modernismo brasileño, y que quiero copiar en su extensión, porque restar una palabra sería un pecado imperdonable.

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MI ALMA TIENE PRISA

Conté mis años y descubrí que tengo menos tiempo para vivir de aquí en adelante, que el que viví hasta ahora.

Me siento como aquel niño que ganó un paquete de dulces; los primeros los comió con agrado, pero, cuando percibió que quedaban pocos, comenzó a saborearlos profundamente.

Ya no tengo tiempo para reuniones interminables donde se discuten estatutos, normas, procedimientos y reglamentos internos, sabiendo que no se va a lograr nada.

Ya no tengo tiempo para soportar a personas absurdas que, a pesar de su edad cronológica, no han crecido.

Mi tiempo es escaso como para discutir títulos. Quiero la esencia, mi alma tiene prisa… Sin muchos dulces en el paquete…

Quiero vivir al lado de gente humana, muy humana. Que sepa reír de sus errores. Que no se envanezca, con sus triunfos. Que no se considere electa antes de la hora. Que no huya de sus responsabilidades. Que defienda la dignidad humana. Y que desee tan sólo andar del lado de la verdad y la honradez.

Lo esencial es lo que hace que la vida valga la pena.

Quiero rodearme de gente, que sepa tocar el corazón de las personas…

Gente a quien los golpes duros de la vida, le enseñaron a crecer con toques suaves en el alma.

Sí…, tengo prisa…, tengo prisa por vivir con la intensidad que sólo la madurez puede dar.

Pretendo no desperdiciar parte alguna de los dulces que me quedan… Estoy seguro que serán más exquisitos que los que hasta ahora he comido.

Mi meta es llegar al final satisfecho y en paz con mis seres queridos y con mi conciencia.

Tenemos dos vidas y la segunda comienza cuando te das cuenta que sólo tienes una…….”

 

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