Cuando el tiempo parece fenecer

Mucho se habla, y todos lo hacemos, de ese torbellino que supone el paso del tiempo. El que vuela de forma misericorde, despiadado, dejando atrás todo lo que pretendemos mantener, arrasando con el hoy y ahora ante sus prisas por llegar al mañana. Y nosotros, incrédulos, pretendemos hacernos amos del tiempo, del momento actual, porque pensamos que ese mañana despavorido no llegará a lanzarnos olas que puedan superar nuestros tobillos. Somos tan inconscientes pensando que el mundo es nuestro, que pretendemos sortear – o así lo creemos-, con el acierto cuasi torero, hasta la más tenebrosa de esas salpullidas mareas que se acercan para insultar nuestra incrédula pedantería altanera. Vamos sobrados, con las riendas sueltas, y así, sin darnos cuenta, el reloj sigue avanzando sin hacernos tan siquiera caso alguno.

Ocurre que todo pasa con un fluir del tiempo tan impresionante que, cuando reparas lo sucedido, te das cuenta que ciertos momentos han acontecido medio siglo atrás. Aquel día, aquella hora, parecía secuenciar un momento que pararía el tiempo, porque ya todo lo que fuera a venir quedaba insignificante ante ese hermoso instante. Vivencias que asoman ahora a nuestra débil mente para decir que qué te creías. Que todo pasa y lo tuyo también.

Pero siempre se está a tiempo de, cuanto menos, decir que aquello fue hermoso. Que hizo mella en nuestra vida. Que ese momento, y desde ese preciso instante, supuso que nada volviera a ser igual. Y aunque ahora concurran ventoleras de tenebrosa tempestad, siempre existirá el recuerdo del sol radiante que iluminaba la cara, la de todos los que nos rodeaban, de esos que nos sentíamos invencibles. Y aunque esté presente en nuestra apariencia el resultado del caminar espinoso por los desabridos entresijos que el recorrido ha deparado, mirar atrás no deja de ser una cortina de viento fresco para proseguir la aventura, la que Dios ha querido trazarnos. Hay que seguir el juego, el de la vida, nada más y nada menos.

Cuando el tiempo ha parecido que arreciaba, concluyendo la virulencia de momentos difíciles vividos, y se acerca a otros lúgubres trayectos, que por desconocidos no son de esperar con cierto escepticismo, mirar atrás podría ser un tanto gratificante por el pavoroso aliento que impulse la fuerza moral que acontezca. Porque sin dejar de ser un tiempo que has vivido en las tinieblas de la juventud, sin sopesar lo que iba ocurriendo, al menos ha servido para comprobar que algo de positivo ha supuesto para tu vida, porque en esa nebulosa del pasado se advierten muchas cosas y acontecimientos que irradian luz y felicidad. Aunque existan otros episodios –a veces muchos- que debes erradicar por la toxicidad que imprime a tu caminar.

Hoy, quizás, puede ser un buen día para sonreír y llorar. Sí, aunque pueda resultar increíble, no son expresiones o gestos externos que resulten antagónicos, porque una cosa y otra a veces van de la mano, estrechamente unidas o transitando en paralelo pero cercanas, avezados del mismo horizonte. Y no por ello deja de ser hermoso, aunque sea pasajero. Las lágrimas son emotivas y, en ocasiones, desprenden felicidad, son fieles compañeras de la risa. Viven abrazados a ella. Todo es cuestión de sentimiento, el que mueva las entrañas de cada uno.

Cuando el tiempo parece concluir -o un tanto cercano a ello- siempre aflora la vivencia que se tiene en el momento presente, la que es posible afrontar cada uno. Al final te das cuenta que aunque el tiempo no pare, no debe importarnos que no lo haga. Seguir el ritmo que marca el grupo es el reto de los campeones, aunque siempre se esté ávido en la búsqueda de la sorpresa. La que pueda venir. Pero tampoco debe ser importante y que éste sea nuestro objetivo. Sin dejar de intentar sorprender por lo que pensemos que sea lo mejor que pueda venir, tal vez no esté de más acariciar el paisaje que ofrece las vivencias positivas tenidas. Mirar por el espejo retrovisor. Para afrontar el vuelo con profusión de conocimiento.

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