Un lugar propicio para los listillos

           Hasta tiempos recientes había creído que los estados, los países y las naciones crecían y se hacían más ricos y añorados en función del potencial que tuvieran en los distintos órdenes de su vida social, económica y gubernativa. El arte, la cultura, el trabajo y la predisposición al mismo, la educación exigida y exhibida, la entrega a la investigación y la transferencia de sus resultados, el control del gasto público, la humildad de sus personas y su talante positivo y contumaz defensa de sus valores patrióticos, el respeto entre los nacionales y, en definitiva, el ferviente deseo de cabalgar hacia un estado de bienestar merecido y no graciablemente recibido sin aportación alguna, constituyen -a mi entender- exigencias para mantenerse en lo alto el crecimiento y la cordura de un pueblo.

         Pero cuando se vuelven las tornas, y se busca que el maná caiga del cielo por arte y gracia de ser quienes somos y estar donde estamos, cuidando todos y cada uno nuestro bienestar e importarnos un rábano el ajeno, buscando desaforadamente la poltrona que acomode el espléndido trasero que se aporta, dando cuanto sea necesario para no perder el autoritarismo conseguido, vamos decididamente hacia la catástrofe del orden establecido, sumido en el despropósito de sus pobladores, imbuidos de un “me da igual que me da lo mismo”, y con la boca abierta para recibir el espléndido regalo que la vida nos debe, y así lo creemos firmemente. Porque estamos aquí para recibir, y eso de dar cuesta aunque sea para hacerlo con los buenos días que como papagayos pronunciamos sin tan siquiera querer que sea un deseo que parte del corazón.

         Nada puede sorprender, e incluso aplaudir las medidas que con sentido solidario favorezcan al necesitado, al que pase por trances delicados de trabajo, familia, u otro orden, y que todos apoyemos medidas para que las personas tengan un trabajo o el subsidio temporal que pueda ayudar al que está inmerso en un proceso de paro no deseado; que se propicie el techo adecuado a los que carecen de vivienda o de las posibilidades de tenerla; en definitiva, que las necesidades básicas no falten a nadie. Es ahí donde se mide el potencial de un país que busca el bienestar generalizado, con el impulso y apoyo de todos.

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         Pero cuando se trata de desestabilizar la balanza, haciendo que aumente el número de listillos, que se aprovechan de cuantas circunstancias tienen por delante para vivir del cuento (y de los demás), incluso convirtiendo la profesión más codiciada la del político o liberado sindical, por aquello de que en estos bloques pasarán tan desapercibidos como puedan, sin involucrarse dando la cara para cumplir con su papel de representante del pueblo o de los trabajadores, nos entra una desazón que nos lleva a pensar qué habremos hecho para recibir semejante castigo.

          Porque ocurre que cuanto más ocioso se está, mayores son los deseos de mamar más de la cuenta, porque la codicia humana no tiene límite. El que no tiene empleo, si es de esta calaña, jamás querrá tenerlo, porque será mejor que alguien dispuesto a gobernar dando rentas estructurales y permanentes haga ese importante papel protector de la sociedad para así convertir en la prebenda en un voto apropiado a futuros envites electorales.

         La diversidad de géneros aumenta cada día, y no seré yo quien me atreva a hacer un listado exhaustivo. Curioso es que queriendo que los humanos se desenvuelvan en la vida sin discriminación, se potencie y consagre su universal salida de detrás del telón, para así convertir en fiesta un día sí y otro también lo que tendría que pasar por una aceptación sin más. La libertad y el respeto se saborea con las mieles de lo cotidiano, y no con el jolgorio de unos determinados días. Pero parece que lo buscado es un estímulo a todos para que “prueben” lo que puede parecerles mejor que ese aburrido estado ramplón de hombre o mujer.

        Qué decir de la encarnizada lucha de la mujer, o mejor dicho del feminismo, tanto como para que una Ministra pase el día inventando cuestiones que hagan ver que esta es una lucha seria. Tan seria como que ya no se habla tanto de evitar discriminaciones y propiciar una efectiva y real igualdad de todos los seres humanos, sino de ganar la guerra para que el feminismo llegue, de futuro, a relegar al hombre de la faz de la tierra.

        Con eso de proteger a personas sin techo, o que se ven desfavorecidas por situaciones anómalas que le hacen quedar sin vivienda, resulta que el okupa ya no es un extraño en la vida diaria. Entrar por la cara en vivienda ajena y apoderarse de ella es una cuestión que incluso merece el respeto de la Policía y la Benemérita, que si se te ocurre llamarles pidiendo apoyo te dirán que esos dignos ciudadanos tienen derecho a habitar en el recinto apoderado e incluso que no se te vaya a ocurrir cortar la luz y el agua porque puede ser que el que acabe entre rejas sea el propietario desposeído. Cuidado si hay una embarazada o niños pequeños, porque el nivel de protección del okupa alcanza altas cotas. Si tienes dinero y paciencia, acude con tu abogado a la justicia para que, en el mejor de los casos, y tras varios meses de encarnizada lucha judicial (los antecedentes consultados nos hablan de entre seis meses y tres años la “vida activa” que puede tener en el mismo espacio el usurpador), puedas recuperar lo vilmente quitado, eso sí con la carga de tener que recuperar el estado de una vivienda que no será nada extraño que aparezca cuasi destrozada. El ínclito, conocedor de este paraíso terrenal, durante el período de tránsito, maquinará lo suyo para tener la vista puesta en el siguiente asalto, con el tiempo estudiado para que no exista conexión de penas. Los hay ya que no solo tienen una vivienda, sino una para diario y otra para fines de semana, esto es, una casa de campo que han ido observando como desocupada temporalmente.

        Y no creamos que con esto se ha resuelto el tema. Llegará ese momento en que los deseosos de privar de viviendas a los privados, intentarán aplicar ese artículo 33 de la Constitución Española, que reconoce el derecho a la propiedad privada, pero supedita ésta a la “función social” de la misma por lo que es posible que el estado prive de ella en aras del interés social a la que se pudiera atribuir dicha propiedad, y para lo cual articula los oportunos mecanismos de expropiación. No hay nada peor que la lectura literal de quien carece de visión interpretativa. O con la mente ofuscada por ideologías extremistas.

        Como también ha habido quien se ha atrevido a decir abiertamente el deseo que mueve su mente y la de sus fanáticos seguidores de promover nacionalizaciones y socializar ahorros, invocando un artículo 128 de la Constitución Española, en un plano de interpretación extensiva de ese texto que subordina al interés general toda la riqueza del país en sus distintas formas y sea cual fuere su titularidad. Ahí queda esa.

          Vivimos en el país de los listillos, pero al final ocurre que ya nadie desea tener propiedades ni tampoco depósitos en bancos. Se acabaron los tiempos del ahorro. Muchos son los que se las vienen ingeniando para que ese dinerito ganado con esfuerzo no pueda quedar en manos de los denostados depredadores que nos rodean.

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         No faltan los titulares que advierten del propósito que pulula igualmente en los decididos a romper la tranquilidad con la instauración de nuevos tipos impositivos, porque la ruina de un país y la ligereza de romper el saco de las arcas públicas parece que hay que intentar recuperarla aunque sea retornando a ese pasado donde las desidias gubernativas recaían en la masacre de un pueblo asediado permanente por el recaudador.

        Malos tiempos corren, y parece que un solo escudo protector no vamos a poder con el virus pandémico y el de los numerosos dirigentes (en sus múltiples escalonamientos jerárquicos) que no desean perder un ápice de sus prebendas y sus fervientes deseos de convertirnos en un calco de esos modelos que nada tienen que ver con la Europa a la que con tanto entusiasmo deseamos integrarnos y que ahora parece no agradarnos en el diseño de sus políticas comunitarias. Al menos lo digo pensando en los ociosos del cargo, que no son pocos.

         Si lo de ser unos quijotes era un apelativo ganado a pulso, ahora llega el tiempo para los listillos. Más vale no dejarnos abatir por la apatía.

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