El “covidiccionario” creado por la pandemia

          Si algo está aportando la realidad que estamos viviendo, amén de las desgracias que está suponiendo para una comunidad humana tristemente afectada, es que se están produciendo acontecimientos inesperados en nuestra forma y modo de llevar lo cotidiano. Un modus vivendi ciertamente diferente e inaudito, jamás pensado como que nos tocara precisamente a nosotros, tan acostumbrados al bienestar que a lo más que aspirábamos era seguir avanzando en este estado de bienaventuranza.

         Y en ese trayecto obligado, hemos tenido que aprender a vocalizar palabras nuevas, una tras otra incorporadas hasta la saciedad en todos los medios de comunicación, pronunciadas con naturalidad por los emisarios políticos y en las ruedas de prensa y tertulias radiofónicas o televisivas, y que finalmente se trasladaban a nuestras conversaciones como algo  rutinario y normal, aunque en unos primeros momentos algunas de ellas nos sonaran a “chino”, y pido perdón pues no es un chiste malo adecuado al caso. Sea como fuere, lo que más prontamente descubrimos es que existe una localidad en la lejana China que se llama Wuhan y desde la que se expandió el dichoso bicho que recorría el mundo con la soltura que le permitía su malignidad.

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           La misma enfermedad nos traía confusión, no solo sonora. Primero porque al entrar en nuestros oídos la palabra “coronavirus” nos hacía pensar en la ocurrencia de quien hubiera descubierto esa maldita enfermedad que nos asolaba, o quizá el derivado de un nombre al que se vinculaba algo ya más conocido como era la palabra virus. Claro que cuando de pronto se entremezclaba con otras más propias de las galaxias, “SARS-CoV-2” y “Covid-19”, ya nos hacía suponer que algo se escapaba a nuestra sesuda mente. Aquí los eruditos sacaban pecho para educar al ignorante populacho: “los coronavirus son una extensa familia de virus que pueden causar enfermedades tanto en animales como en humanos”, y “el SARS-CoV-2 es el virus concreto que causa la Covid-19“, esto es, “la enfermedad infecciosa causada por el coronavirus que se ha descubierto más recientemente” (para evitar mi propia confusión he acudido a las fuentes adecuadas para beber el agua apropiada, especialmente la web de la Organización Mundial de la Salud).

         Claro que la cosa se complicaba cuando se escuchaban palabras como “brote” o “epidemia”, a la que luego se añadía la de “pandemia”. Esto nos llevaba nuevamente a afinar nuestra agudeza para que en las conversaciones que pudiéramos mantener no quedáramos en entredicho. Acudo nuevamente a las doctas palabras de los expertos (en este caso, el doctor Ángel Gil, catedrático de Medicina Preventiva y Salud Pública de la Universidad Rey Juan Carlos): un brote epidémico es la clasificación usada en la epidemiología para denominar la aparición repentina de una enfermedad debida a una infección en un lugar específico y en un momento determinado. Se cataloga como epidemia cuando la enfermedad se propaga activamente debido a que el brote se descontrola y se mantiene en el tiempo. En fin, cuando el brote epidémico afecta a más de un continente y los casos ya no son importados sino provocados por transmisión comunitaria, estamos ante la declaración de pandemia, como en nuestro momento ha llegado a declarar la Organización Mundial de la Salud.

         Luego llegaban nuevas e ilustrativas expresiones. Una, existente en la Constitución Española, pero que nadie que no fuera profesional se había esmerado en descubrirla. El “estado de alarma” asomaba a nuestra boca, pero sin saber qué alcance pudiera tener una expresión que podía entenderse sin estridencias. Algo nos sonaba de estos estados de excepción o de sitio que en tiempos convulsos podían declarar los gobiernos, pero lo de alarma era un tanto inusual, y mucho menos para recordar que existiera una ley, nada menos que orgánica, de 1981 que regulara aspectos concernientes a ello. En particular, una de las circunstancias en que podía aplicarse lo era, como ahora acontecía en situaciones de epidemias y de contaminación graves.

         Y una de las consecuencias de esta declaración es el consabido “confinamiento“. Al principio se oía pronunciarlo de variadas formas, todas parecidas aunque no afinadas, pero con un tiempo mínimo ya se había hecho tan popular como para que cualquiera se refiera a ello sin que parezca un bonito palabro. Bueno pues ya sabemos, confinar es recluirse en casa o donde te hubiera entallado porque a la postre quedaba prohibida la movilidad, con las únicas salvedades permitidas por la autoridad sanitaria central que acaparaba el mando de la operación contravirus.

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       También hemos salido de la duda inicialmente surgida para muchos del alcance que supone la “cuarentena“, y que aplicado a la medicina nada tiene de correspondencia con el número de cuarenta que significa o se aplica en otros ámbitos. Aquí se refiere a la separación y restricción de movimientos de personas que estuvieron expuestas a la enfermedad, pero que no tienen síntomas, para observar si desarrollan la misma. Es distinto, pues, al aislamiento como separación de personas que la padecen respecto de otras que están sanas. En definitiva son estrategias de salud pública para evitar propagación de la enfermedad contagiosa, que tendrá la duración que sea necesaria en cada situación y que, aplicado ahora, se ha determinado en un período de catorce días. Y no es aleatoria su extensión temporal, porque tiene que ver con el período máximo de incubación de la enfermedad, que son doce días a los que se agregan dos más como margen de seguridad. Otra lección, pues, aprendida.

           Íntimamente conexo está acuñado otro término a saber. Porque a medida que la propagación de la enfermedad continuaba, se ha venido a requerir a la población para que reduzcan el contacto cercano entre las personas. A esto se le ha venido a llamar “distanciamiento social“.

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        Tras el vaivén de necesidad o no de colocarse “mascarillas y guantes“, con el espectáculo de insuficiencia y carencias para los propios sanitarios, empezamos a ver voluntariosos que se adelantaban a los tiempos y empezaban a fabricar en casas y establecimientos mascarillas de diversa índole por lo que, en esos primeros momentos de escarceo social, el espectáculo multicolor y polifacético se hacía ver, ante el asombro de otros muchos que no encontraban más mascarillas que las “bragas” bufanderas al uso común de los deportistas. Pero el aprendizaje estaba en marcha, y prontamente sabíamos que se trataba de filtrar el aire inhalado evitando la entrada y salida de partículas contaminantes, con lo que estaba claro que no valía cualquier medio. Según la eficacia aprendimos que existen varios tipos: las normalitas o “quirúrgicas” (que protegen más al resto de personas que al que las lleva puestas), de duración limitada; y las ya más consabidas y adecuadas a una cierta perduración: las FFP1, FFP2 y FFP3, que obedecen a una clasificación hecha en base a su rendimiento y a su nivel mínimo de filtración.

           A propósito de los que han sufrido el contagio, nos viene a colación un estado de enfermos o infectados pero que, sin embargo, no tienen síntomas. Nueva palabra a aprender, “asintomático“, que son aquellos que sin tener síntomas poseen, en cambio, la misma capacidad de contagio que otra persona que exteriorice la enfermedad.

          Pero volvamos al estado de alarma, a priori con una apariencia de estar limitado en el tiempo, pero que ha propiciado prórrogas que hacían desesperar al pueblo, ávido de conseguir salir a la calle y apreciar la luz natural, algo tan nimio como nunca pudiéramos imaginar fuera un objetivo a procurar en nuestras vidas. Seis prórrogas en tacadas de quince días nos hacían ver un mundo cruel, atentando ya contra la más paciente de las personas.

         Ocurre que en este itinere aparece un nuevo proyecto y, para nosotros, otra palabra necesitada de aprendizaje en su contenido: la “desescalada“. Un término convertido en moda por estar en la boca de todos. Uno de los legados más cacareados de ese covidiccionario que nos ha traído la pandemia. Hasta la Real Academia Española ha tenido que sucumbir a las presiones de concebir la palabra como correcta, no sin ser inicialmente puesta en entredicho léxico. De esta forma, los sustantivos escalada y su antónimo desescalada son adecuados para referirse al aumento de algo, sobre todo cuando es rápido, y a su posterior disminución, aunque también hay que decirlo que existen otras palabras españolas que podrían haberse utilizado y ser más claras y precisas para el común de los humanos. Pero hele aquí que, a veces, de lo que se trata es de innovar con palabras impactantes, cosas muy propias de asesores gubernativos dispuestos a entrar en moda.

     Así pues, la desescalada es la disminución de las restrictivas medidas de confinamiento propiciadas por el coronavirus, y que se compendian en un plan gubernativo para su implementación conforme van mejorando las condiciones de seguridad para la salud de la población. Un plan que comenzara oficialmente el 4 de mayo pasado y que se va distribuyendo a lo largo de cuatro fases, no siempre uniformes ante el impacto desigual del virus en las distintas partes del territorio nacional. En bonitas palabras del Presidente del Gobierno, se trata de un plan de transición entre fases que es “gradual, asimétrica y coordinada”. Vamos que se irá superando conforme a la propia evolución de la enfermedad en los distintas zonas geográficas.

         Al estar dividido en fases que, como mínimo, tendría una duración mínima de quince días en cada una de ellas, por aquello de que es el período medio de incubación del virus, dice el Presidente del Gobierno, que “en el mejor de los casos” la desescalada tendría una duración mínima de seis semanas. No entro en más consideraciones respecto a este plan, porque salvo lo de salir y entrar en los bares es claramente incomprendido por una sociedad que se ve como incumple las recomendaciones y ordenanzas, en muchos casos por la imposibilidad de conocer tanta meticulosidad en los dictados, dichos y contradichos en muchos momentos de la aplicación.

          El caso es que, si se superan las pruebas, se obtendrá el bonito reconocimiento de la cursi denominación dada para completar nuestro diccionario particular de la enfermedad. Llegaremos así, Dios mediante, a la “nueva normalidad”.

         Para situarnos: el estado de alarma finaliza a las 00:00 horas del día 21 de junio de 2020, es decir, en la madrugada del sábado 20 de junio al domingo 21, por lo que esta última fecha será el primer día de la “nueva” movilidad y habrá “movilidad libre”.

         Esto de “nueva normalidad” es otra frase hecha por los eruditos que traen a colación momentos recientes donde el término se acuñaba para otros contextos. Específicamente fue una referencia hecha para describir las nuevas condiciones financieras que surgieron tras la crisis de 2008 y las secuelas de la gran recesión y, desde entonces, se ha utilizado en una variedad de contextos para referirse a algo que previamente era anómalo y que pasa a ser común.

           Pues bien, aquí estamos, en ese proceso de apertura que se pretende mediatizar con un conjunto de medidas incorporadas a otro Real Decreto, publicado en el boletín oficial del estado del 10 de junio de 2020, de medidas urgentes de prevención, contención y coordinación para hacer frente a la crisis sanitaria ocasionada por el coronavirus que marcará la llamada “nueva normalidad” cuando finalice el estado de alarma. Efectivas desde ese momento, aunque el decreto tendrá que pasar en el plazo de un mes por el Congreso para su convalidación. No obstante, los territorios que superen la fase 3 antes del fin del estado de alarma estarán automáticamente en la llamada “nueva normalidad”.

          Se nos dice que su vigencia se prolongará hasta que el Gobierno declare que la crisis sanitaria ha concluido, lo que, según el ministro de Sanidad,  ocurrirá cuando haya una terapia o vacuna eficaz contra la Covid-19. Hay tiempo para vernos mediatizado en la recuperación de nuestra “vieja libertad”.

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         Sea como fuere, lo que viene siendo una constante es que estamos ante un festín léxico urdido por el virus y auspiciado por todos los medios de comunicación y los dirigentes políticos, como neologismos que caen de continuo y que mantienen en vilo hasta a la Real Academia Española.

        No hay que quedarse atrás en el aprendizaje. Seguro que saldrán otras bonitas palabras dispuestas a ser puestas en la boca de todos. Paciencia amigos. Lo superaremos.

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