Momentos de convulsión

El año 2020 va a quedar muy grabado en nuestras mentes, como ese año que cambió nuestras vidas, nuestra dirección y que nos obliga a hacer esfuerzos para no caer en la tentación de olvidar y ser tan atrevidos como para pensar que lo vivido ha sido simplemente una mala pesadilla. Pero está tan presente, tan real, que la tensión marca nuestro día a día. Si te atreves a estar actualizado con el noticiario cotidiano, seguramente que entrarás en depresión. Quizá por ello son muchas las personas que me dicen o comentan que la televisión ni la ven, mucho menos coger una prensa escrita u on line para tener que hacer el soberano esfuerzo de leer e interpretar cosas funestas. Mejor vivir en paz… mental.

Pues sí, tras un arranque fulminante, con un brindis navideño que auguraba o deseaba lo mejor para este bonito número que es el 2020, de pronto, sin saber por dónde venía el tiro, nos vimos metidos en la refriega del ya familiar Covid19, con listas diarias de contagiados, fallecidos a mansalva, hospitales saturados, profesionales sanitarios desbordados, gobernantes dando bandazos, hasta vernos encerrados en casa para regocijo de una mente que cabalgaba a sus anchas, y así han pasado días de verdadera angustia para los más favorecidos, los que el tiro ha pegado en los alrededores pero no ha llegado a impactar en la diana personal. Otros, por desgracia, ya no pueden decir lo que piensan, o pensaban.

Llega el verano, sin canción favorita como solía ocurrir de antaño, y sin deseos de moverse a lado alguno, temerosos de que ese bichito que está por ahí pudiera vernos y apetecerle hacernos una visita interna. Hasta que el ser humano, caprichoso siempre de aventuras y de valentía inusitada, ha ido rápidamente olvidando malos momentos, para ir despabilándose y hacer escapadas a playas, restaurantes, sitios de confluencia, y todo ello con mucho gel en las manos y con el disfraz de una máscara que igualmente parece sentirse que es un artilugio de moda chabacana. Con la angustia de la temperatura y el bozal puesto, haciendo el truquillo de bajarla o cuando no quitársela en momentos que creemos no vernos nadie. Y eso de la limpieza en la novedosa prenda es ya cuestión también de analizar. Como creemos que ya estamos de vuelta en la pandemia, y que lozanos y gallardos famosos como Miguel Bosé, cuando no intrépidos y atrevidos profesionales que con su sapiencia calan en nuestra vista y oídos, hacen ver que esto en un mal rollo inventado para sacar dinero pero que no tiene fundamento científico alguno, ahí estamos nosotros pasando cada día más de cuidar el invento. Menudo incordio, es lo menos que solemos decir.

Y cuando el sonido playero y las frescas cervezas tomadas en momentos vacacionales empiezan a decaer, con la cercanía de un nuevo período en el que dar el do de pecho, volvemos a retomar el hilo de la cuestión. En este intermedio no ha pasado nada. Incluso los gobernantes se han tomado un buen período estival, desaparecidos en combate por aquello de que están sumamente cansados del fatigoso trabajo que les ha tocado hacer, y había que recuperar fuerzas para la que se viene encima. Claro que la dejadez veraniega no se va a poder recuperar en dos días y lo que está por venir es para poner un poco mucho los pelos de punta.

Que si la vuelta de los niños al colegio, que si los rebrotes se juntarán con la gripe común, que si no hay un euro en las arcas públicas, que si pitos y flautas, lo que está claro es que esta película no ha terminado. Como “Lo que el viento se llevó” queda mucho de dramatismo. Que nunca segundas partes fueron buenas y aquí, me temo, que tampoco augura buenos presagios. Con la mascarilla puesta hasta los chavales que acudan al colegio con mayoría de seis años, lo cierto y verdad es que parece anunciarse un cierto caos, empezando por esos protocolos para los colegios que, como no se ha querido enfadar a los de la autonomía más radical, se ha dejado en manos de cada uno, para ahora, deprisa y corriendo, intentar unificar unos mínimos criterios a seguir. Diles tú ahora a algunos –los más avezados- que cambien lo que ya tenían decidido.

Resulta curioso que al comienzo de este tsunami todos los dirigentes y responsables gubernativos daban el mensaje claro de que lo primero y fundamental era la salud, aunque otras cosas se vieran seriamente perjudicadas por la caída en picado de la producción, del turismo, de la economía en general. Ahora, tras ver el funesto momento coyuntural que presenta la economía del país, y las necesarias y obligadas medidas que van a tener que adoptarse, entre las que ya da todo el mundo por hechas cuales son el recorte de sueldos de funcionarios y el bocado a las pensiones, los tertulianos de cualquier sabroso debate que pueden atreverse a hablar, empiezan a decir que la economía hay que salvarla y que eso de cerrar o volver a estados de abatimiento y sequía productiva no puede ser posible. La salud parece que ya queda relegada por un bien principal y crematístico mayor, y claro está para poder compaginar el discurso con la enjundia que interioriza, se dice que es evidente que todos o casi todos tendremos que pasar por el contagio, para así inmunizar la población. Y cuando llegue la vacuna pues pelillos a la mar. Vivir para ver.

Aquí estamos, pues, los valientes o más bien afortunados que hemos sobrevivido hasta ahora, dispuestos a la enconada lucha. Para no contagiarnos y para acometer las medidas económicas que nos rasquen en el bolsillo. Y digo yo, a este paso, ¿cómo llegaremos a despedir el 2020? Pregunta de nota. A esperar y, mientras tanto, seguir recorriendo el camino minado. Cuidado donde se pisa.

El azote del coronavirus

         No es nada atrevido decir que el ser humano está siempre expuesto a las múltiples vicisitudes que acaecen y que afectan a su misma existencia. Guerras y enfermedades se han ido sucediendo en el devenir de los tiempos, con mayor o menor virulencia como para lastrar la especie humana y restar efectivos a un mundo que, con la globalización actualmente existente, puede verse afectada de forma muy rápida con cualquier incidente que surja donde quiera que sea. Seguir leyendo “El azote del coronavirus”