Los incitadores del odio

Ahora que me puedo permitir dedicar algo más de tiempo para la reflexión no dejo de sopesar los acontecimientos que crujen a una sociedad que percibo presa del odio, en esa osada prestancia de quienes aprovechando la libertad que ofrece esta democracia tan peculiar como la española, no dejan de poner en riesgo todo un sistema de convivencia humana. El respeto me parece a mí que es el principal valor que debería tener cualquier persona que se preste de ser demócrata, porque impregnará toda su actividad y aliviará los ataques de quienes quieran sustituir ese valor por otros donde la alteración, la represión, la incitación al odio, sirva para que se dividan y enfrenten los integrantes de la comunidad.

Ocurre que, por el contrario, cada día veo que se avanza en dirección opuesta. Cada vez son mayores las muestras de inquina y sale de dentro de muchas personas las oscuras y tremebundas bilis que atesoran, en estado lánguido hasta que se ve abierto el panorama propicio para alzar la represión.

Me parece a mí que aquello de la transición producida en nuestro país, y de las concesiones que hicieron los que permitieron el tránsito no era más que un caramelo para endulzar bocas deseosas de libertad, pero guardando para más adelante el deseo de reabrir las heridas y hacer valer la oportuna represalia.

Cómo si no puede entenderse que hoy en día, cuando una terrible pandemia asola la humanidad, encuentres a personajes dispuestos a dedicar el tiempo en avivar la llama de ese escozor que tienen para ver saciada su sed cuanto antes mejor. La Ley de Memoria Histórica daba rienda suelta para restablecer injusticias en familias desoladas por la pérdida de algunos de sus integrantes, incluso sin saberse dónde paraban sus huesos. Nada más acertado que estos fervientes deseos de restablecer la desolación. Incluso podía llegarse a entender que ciertas personas tuvieran una clara y manifiesta ideología basada en lo vivido por sus familias. Pero al hilo de la norma bien parece que se aprovechan los incendiarios del enfrentamiento.

Los que peinamos canas, aun sin haber vivido en su pleno apogeo ese terrible desencuentro civil, podemos ver cómo en el seno de nuestras familias aparecen fogosidades políticas en direcciones contrarias, producto de lo que vivieron sus progenitores y del lado en que la ventura o desventura de esos momentos les hubiera deparado.

Pero hoy ya quedamos pocos con algo de memoria respecto de lo ocurrido, y esta juventud que ahora cabalga no quiere perder ni un solo instante en departir situaciones y momentos que les resultan tan alejados en el tiempo como otros acontecimientos bélicos acaecidos en el mundo. A algunos es como si les hablaras de los romanos, porque su mirada lo es al momento que viven y el futuro en el que confían. Si acaso, al escuchar a quienes quieren revivir los instantes, lo único que reciben es una lección para alzarse y no para que sirviera de freno a cualquier intento de ganar posiciones por la fuerza bélica. Qué enorme diferencia con Alemania, que mantiene vivos los horrendos lugares de su locura para hacer ver a la humanidad y a sus jóvenes lo que no debe volver a producirse.

Aquí en España, en cambio, todavía existen esos rencorosos que gusta agradar y emprenden hazañas tales como quitar cruces allá donde las vean. Así se envalentonan para defender un estado aconfesional que nunca debería significar represión hacia una determinada fe y beneficio a otras, lo que no deja de ser el paradigma de la contradicción en la que viven los rencorosos, los que desatan furia encarnizada, los valientes de pacotilla que han llegado donde están porque la vida política parece que no interesa hoy en día, salvo honrosas excepciones, más que a los mediocres. Fruto de la casualidad que les ha sacado de la postración que como activos les era inherente.

Me crispa, he de decirlo, esto de quitar cruces porque se considere que constituyen visiones del antiguo régimen totalitario de este país. Aun cuando fuera así, por el mero hecho de ser cristiano, mi enérgica repulsa lo es porque no entiendo cuanta satisfacción produce destruir y enfurecer a una determinada religión y a quienes la profesan. Si lo es porque fueran puestas en un momento histórico determinado, entendería que desapareciera cualquier vestigio que hiciera alusión al instante y a determinados fallecidos en una guerra que fue de todos, porque todos nuestros antepasados se vieron inmersos en un enfrentamiento que no tenía que haberse producido nunca. De ahí a que se llegue a esta incrédula postura de odio hay un abismo.

En su momento viví cómo se retiraba del Cerro de la Muela, la cúspide de un terreno badajocense que acogía a la Alcazaba de Badajoz, la magnífica cruz de mármol que se visionaba desde todos los puntos de la ciudad. Como el Cristo de Brasil o Lisboa u otros monumentos análogos. Dado que fue puesta en 1943 y se refería a los caídos por la patria, por aquello de entender que los ganadores de la batalla profesaban la religión católica y los perdedores no, había que retirarla y así se hizo y hoy se encuentra en otro lugar de Badajoz, en un emblemático lugar donde murieron muchos soldados no solo en nuestra Guerra Civil sino también con anterioridad en período de la Guerra de la Independencia. Una nueva reubicación se ha hecho dentro del mismo entorno para dejarla situada más arrinconada y eso ya puede considerarse un éxito porque no han faltado voces que se alzaban para que se llevara al cementerio.

Ahora surge el zafarrancho en la localidad andaluza de Aguilar de la Frontera, donde parecía enardecer el pasado franquista una cruz situada a las puertas del Convento de Carmelitas Descalzas y, con la alevosa predisposición del consistorio que preside una integrante de Izquierda Unida, se derriba y, con un descaro alevoso, se “tira” a un vertedero para general visión de la hazaña realizada. Una actuación del gobierno local que hará descansar a más de uno de sus integrantes.

Otra más está pendiente de sepelio. En la preciosa plaza de América de la localidad de Cáceres, preside la rotonda de entrada a la localidad una magnífica cruz de mármol, de 12 metros, que luce desde hace 82 años. Pues bien, ese Senado que está tan presto a favorecer los derechos y bienaventuranzas de los ciudadanos, tan improductivo como para dedicar tiempo a cosas tan provechosas como la intervención que hiciera el Senador Carles Mulet, del partico laicista Compromís, para preguntar por qué no se retira esta cruz. El Gobierno, tan activo como sabemos, asume y da la razón de la necesaria retirada que debe hacerse y, amenaza, que de no seguirse el dictado de la sentencia, se acudiría a la Junta de Extremadura para que actuara en consecuencia.

Otras cruces repartidas por el territorio son también objetivos de las hazañas de estos propulsores del odio (Callosa de Segura en Alicante, Valle de Uxó y Parque Ribalta en Castellón, Cuevas del Becerro en Málaga, Villarrobledo en Albacete, …).

Estamos pues en un proceso anticruzada. Pues como se propongan derribar cruces no vamos a parar, porque todo el Camino de Santiago, por poner un ejemplo, está repleto de ellas. A ver qué excusa se pone para discriminar unas respecto de otras. A lo mejor es que el lema de caídos por la patria no debe darse por concluido y va en contra de una filosofía progresista que pretende seguir y arrastrarnos en esa batalla.

Claro que mi post va no solo de cruces. También en la dirección de ese respeto que creo debería existir en todos los momentos y situaciones de la convivencia, y en esa alarma que se enciende a cada momento por los que salen a la palestra para enturbiar el ambienta con la incitación al odio.

Extremadura vive un momento de discriminación inusitada. Para algunos pronto habrá que cerrar “la frontera delimitadora del espacio” porque parece ser que se estorba y bastante. A pesar de que los extremeños son enormemente trabajadores y desbordan humildad, y son pocos los quebraderos de cabeza que dan a los gobernantes de un país que, me escuece decirlo, está presidido por la discriminación y el trato desigual en su territorio. No parece que nadie recuerde que el franquismo llevara riquezas a determinadas partes de territorios que había que mimar, y que ahora siguen recibiendo lo suyo, y a otros carentes de voluntad de alzamiento se les condene a la cadena perpetua de la pobreza, porque claro ese discurso no interesa nada en absoluto.

El caso es que a la fuente de actos desaprensivos y dejadeces que se están haciendo a esta comunidad, se unen los incrédulos amantes de las redes sociales que, con un abuso latente de estos medios, aprovechan para dejar patente el odio que profesan y convienen la necesidad de incitar para que otros sigan esa estela. En fechas recientes hemos podido ver una deprimente intervención de unos pocos minutos en Youtube, de un desalmado e inhóspito personaje cuyo nombre omitiré porque no merece publicidad alguna, en el que con depravada lengua llena de violencia, rencor y odio, pone a parir a esta bella tierra extremeña y a todos sus integrantes. Sencillamente considera que estamos aquí porque en la vida tiene que haber de todo y con la pena de que en su momento no hubiéramos quedado incorporados a Portugal.

Un aliento a la persecución e incitación al odio general y que esperemos que sea resuelto por la vía procedente, a raíz de esas denuncias que la Fiscalía va a tener encima de su mesa. Aunque también en esto soy un tanto reticente por aquello de que se trataría simplemente de defender a Extremadura y a los extremeños.

El caso es que, aun cuando pueda considerarse éste un hecho aislado, no deja de ser un lunar más en ese mapa corpóreo que preside nuestro estado actual de la situación. El lamentable episodio que ofrecen los políticos cada vez que ocupan sus escaños no deja de ser todo un ejemplo para los que cabalgan respaldados por la desidia, al verse favorecidos por el bochornoso espectáculo que favorece el resquemor, el odio y la represalia. Donde fueres haz lo que vieres, dice el dicho popular.

Contra todo esto estaremos los que confiamos en otro modelo de vida. En otra dirección donde la unión impere y se reme hacia el progreso común. Un mensaje, afortunado, que es universal y así he podido oírlo en la reciente investidura del presidente de Estados Unidos, Joe Biden, que tras vivir acontecimientos tan desafortunados como los acaecidos en el Capitolio, no deja de considerar que la democracia es frágil. Así es, y algunos lo saben. Dispuestos día a día a atacarla y a los que tenemos latentes los principios y valores demócratas. Claro que no ofende los que quieren sino quienes pueden. Pero duele ver este lamentable espectáculo que cada día nos convierte en más incívicos.

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