Caminar para vivir

Los tiempos que corren llevan mucho al recogimiento, para evitar los peligros que inunda la convivencia, y con ello a interrumpir el tránsito por ese camino que nos ha tocado vivir a cada uno y que, aun estando lleno de virulencias y curvas que lo hacen un tanto complicado, siempre será mejor que sufrir esta parálisis tan indeseable. Pero ahora toca parar, aunque el reloj de la vida no se interrumpa y el camino vea recortado su horizonte. Por desgracia para tantos y tantos, el camino ha llegado a su fin terrenal.

Mi reflexión del momento quiere partir de una serie televisiva que inmediatamente que supe de su contenido no dudé en verla, por aquello de recordar momentos vividos. Se trata de una perla de Amazon Prime que titula 3 caminos y que, indudablemente, tiene al Camino de Santiago como decorado a la trama de fondo. No voy a entrar en el detalle de su desarrollo, que dejo a cada uno para que se adentre en su temática si muestran interés por conocerla, y sí destaco el incentivo que pueda producir a todos aquellos que aún no hayan experimentado esa sensación de caminar y caminar en dirección apostólica porque, sean creyentes o no, todos cuantos hemos vivido estos momentos pudimos comprobar como nuestro interior ofrecía sensaciones que nos ayudaban a ver la vida de otra manera. Será por el espíritu que inunda el paso y las historias de esos peregrinos con los que se tropieza en el trayecto, por el propio recorrido lleno de belleza que transporta a las nubes, o por el impulso interno que cada persona oculta para sí y que le ha llevado a ponerse en esa dirección. El caso es que aun con el sacrificio que supone el día a día de la caminata y sus vicisitudes, nadie se ve defraudado de las expectativas que se tenían y, arrodillarse ante la sede apostólica fue mi opción cuando completé el trayecto, a la par que arreciaba la lluvia como si me estuviera esperando para darme una bienvenida llena de frescura. Ver cumplido el objetivo era, no obstante, celebrada de formas diversas, sea abrazándose, saltando de alegría, guardando un profundo silencio con la mirada a lo alto de la Catedral, o simplemente sentándose en el suelo abriendo los brazos con las palmas de las manos hacia arriba para dejar caer lágrimas mientras la mente iba sabe Dios donde. Preludio al abrazo al Apóstol que completaba la jornada y el Camino.

El caso es que, muy a pesar de los comentarios que he podido leer por algunos peregrinos que quieren ver en la serie todo lo contrario a la esencia de lo que es y supone el Camino, a mí en particular no me ha defraudado porque lejos de tratarse de un documental que viniera a narrar el pasaje en su contenido real, difícil de plasmar porque son muchas cosas las que no se podrán apreciar y plasmar solo con ver a los caminantes, creo que cumple un objetivo de llamada a este Xacobeo 2021 para que, si la pandemia lo permite, nadie se prive de estas sensaciones dado que, a la postre, todos y cada uno de nosotros tenemos algo que nos escuece en el interior y necesitamos purgar con una cura de humildad y amor. Muchos han sido los que dicen, y yo les creo por tener la misma sensación, que se siente una necesidad de volver a seguir la estela de ese camino que irradia magia.

Con todo, y como decía más arriba, el camino está presente en el discurrir de la vida que nos ha tocado transitar. En la misma plegaria que dijo el sacerdote que santificó el recorrido culminado en Santiago de Compostela, venía a decir que tras la hazaña personal y la cura de humildad experimentada, tocaba seguir otro camino, el que cada uno recorremos en nuestro peregrinar por la vida. Así es y vamos cumpliendo años con diversas vicisitudes, las que nos han tocado en el ficticio sorteo de las venturas y desventuras de la vida. Con la esperanza puesta en ese mañana que siempre esperamos que sea mejor pero que, en la realidad, habrá que ver lo que depara.

Para el trayecto nada mejor que buscar y sentirse felices, cuestión que no está reñida ni con la edad ni con los necesarios y a veces bruscos tropiezos y errores que se vayan presentando. No es nada fácil y soy el primero que digo pero que me resiento y tambaleo cada vez que se tuercen las cosas. Por eso admiro a las personas que irradian la felicidad externa, aunque su interior tenga múltiples erosiones. Creo comprender ese estado simplemente porque aceptan el envite y luchan denodadamente por mantenerse erguidos, con esas fuerzas que no se sabe bien de donde vienen pero que permiten soportar la cruz que el designio del destino ha puesto, sorteando los obstáculos como pueden y resistiéndose a sucumbir. Aunque no creo que se me escape que la procesión va por dentro y tendrán sus momentos difíciles, sea en esa soledad que permita sacar a relucir su estado de melancolía. No importa la edad, porque envejecer no parece que constituya la sombra que justifique el desaliento.

Esto de los años me lleva a entender muchas cosas. Como que la felicidad no es sinónimo de alcanzar las metas deseadas por  la ausencia de inconvenientes o tropiezos, eso es euforia, como viene a indicar una de las acepciones que incorpora el diccionario de la RAE, y sí es más acorde con la principal definición que hace de tratarse de un estado de grata satisfacción espiritual y física. Y por ello, como ya dijera el filósofo Aristóteles, “la felicidad depende de nosotros mismos”, esto es, conviviendo y siendo consecuente aun con los infortunios. En esta coyuntura bien parece que se es feliz simplemente con apreciar lo que tenemos, aquello que parece insignificante, pero que es la verdadera esencia de la vida, soñando, amando, propiciando las fuerzas necesarias para levantarse cuando se cae, cuando acaecen las desgracias inesperadas, cuando buscas y no encuentras, simplemente manteniendo viva la esperanza para seguir el trayecto. Sin importar los años.

Bien parece que la vejez llega no solo por el hecho de cumplir años, sino cuando el sueño desaparece, y con ello las ilusiones que sirven de resorte. Caminar no solo es recorrer trayectos medibles. Es irradiar experiencias, tener ganas de vivir para sorprendernos, luchar, aprender, amar, en cada instante de la vida. Ahora más que nunca, que no falten estas fuerzas y ganas de vivir. Sigamos pues. ¡Buen camino!

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