Practicar deporte por afición o imposición

El título que precede puede llamar la atención por aquello de que existe una casi generalizada aceptación de concebir la práctica deportiva como muy vinculada al ocio, al placentero deseo de las personas de ocupar momentos para la diversión, para mejorar el estado físico y para “limpiar” la mente de las dificultades que presenta el ajetreo cotidiano. Incluso a los deportistas profesionales los concebimos como personas que disfrutan por realizar una actividad que parece placentera, independientemente de lo remunerado que pueda estar la práctica que realicen; vamos que puede pensarse en el chollo que supone divertirse para generar un espectáculo y ser remunerado por ello, aunque lo que conlleva esta imagen de sacrificio y esfuerzo pasa un tanto desapercibida.

Ahora bien, esta perspectiva risueña precisa de matizaciones. Voy a mirar esto de la práctica deportiva desde la perspectiva de un ayer no muy lejano y del momento actual, para divisar el panorama desde las entrañas de los jóvenes que se inician en prácticas deportivas. A priori, por afición.

En mis tiempos -hago historia acudiendo a las décadas de los sesenta a ochenta del siglo pasado- los jóvenes no dejábamos de practicar la diversidad de actividades deportivas que se ponían a nuestro alcance, ciertamente sin medios apropiados y con instalaciones penosas, cuando no la calle, los solares o las fincas no urbanizadas se convertían en escenarios apropiados para dejar volar la mente, poniendo piedras o las carteras para señalar las porterías, o acudir a la socorrida y la larga cuerda para delimitar una invisible red para el tenis: cuando no simulando vernos metidos en el Tour de Francia o la Vuelta a España con las pesadas bicicletas de hierro que, como es obvio no tenían posibilidades de cambios de piñones; o, en fin, la travesía de los ríos se convertían en las grandes piscinas olímpicas. Meros ejemplos de otras muchas florituras mentales para divertirse haciendo deporte.

El caso es que estas aventuras deportivas se vivían con enorme intensidad. Era una fiesta que el más pudiente del grupo o del colegio acudiese al «estadio» con un flamante balón de reglamento, para que pudiéramos dejar de lado las pelotas prefabricadas, y eso de calzado apropiado era una mera utopía. Solo cuando los más afortunados llegaban a inscribirse en clubes deportivos de infantiles o juveniles se podía disponer de unas botas logradas con enorme sacrificio familiar o de las escuetas “pagas” que recibíamos semanalmente, privándonos de otros menesteres lúdicos para llegar a juntar lo que valían esas admiradas prendas. Claro que vestir una equipación que fuera original de la marca de los ídolos era un imposible; a lo sumo, algo que pudiera parecerse porque lo que importaban eran los colores. Pedir a los Reyes Magos un balón, una camiseta del nuestro equipo favorito y unas botas, o una bicicleta era tanto como comprar un billete de lotería. A lo mejor y con mucha fortuna podías ver como esos magos se sacrificaban para traerte algo de ello.

Los progenitores, en su casi generalidad, no aparecían en los actos deportivos de sus retoños. Vamos que pasaban de ti. Y cada uno de nosotros nos buscábamos la vida como mejor podíamos, con esa libertad que daba no recibir impedimentos familiares por aquello de que el deporte era sano y alejaba a los retoños de otros ambientes no aconsejables. Todo era una mera e intensa afición. En mi caso puedo decir que llegué a practicar fútbol en los distintos escalones que se correspondían con la edad, hasta los veinte años, y nunca jamás fueron mis padres a verme a algún encuentro deportivo. No lo digo como queja sino simplemente como ejemplo de lo que ocurría en aquellos instantes, y casi con toda seguridad muchos de los que ahora peinan canas tendrían las mismas vivencias. Nada que achacar, todo lo contrario, porque resultaba divertido moverse con soltura y sin presiones de quienes pudieran verte como el futuro rey del deporte y ganando fabulosas fortunas.

En la actualidad todo ha cambiado. Los pequeños inician prácticas deportivas con monitores en instalaciones la mar de generosas y, como es obvio, con las prendas deportivas más acordes con los ídolos que se tengan. Como no, los progenitores están al pie del cañón, tanto como para, en primer lugar, colocar al niño o niña en el deporte que les gusta a los padres, para luego estar presionando hasta el extremo de que la juventud, más que disfrutarla, supone un tanto de tortura por no poder llegar a lo que se les exige. Hay padres que incluso hacen verdaderos sacrificios económicos para integrar a los chavales en los centros formativos de excelencia. Cuando se celebran encuentros, ¡ay de esos pobres entrenadores que tienen que cubrir sus espaldas con las sonoras peticiones de “pon”, “quita” o “haz esto”!. He llegado a ver cómo un árbitro de fútbol infantil o juvenil se ha hecho famoso por lo que hace; antes de comenzar los encuentros se dirige a la grada para dar consejos a los padres a fin de que el espectáculo discurra con la pretendida normalidad. Estamos ante unos momentos donde el deporte se practica, en una amplia colectividad, por imposición. Me refiero a los jóvenes y no a aquellos que ya sin pretensiones de medallas olímpicas se conforman con fustigarse un poco el cuerpo para acudir masivamente a maratones enteros o medios, o salir a las carreteras y campos con las mejores bicicletas posibles. Eso sí, todo un ceremonial para tener lo mejor del mercado en vestimentas y medios.

El tiempo ha determinado la cara y cruz de una misma moneda: la práctica deportiva. No puedo por menos que traer aquí y ahora a colación mi última lectura, Open, que recoge las memorias del tenista Andre Agassi, un libro que he adquirido ahora cuando está en su 16ª edición, tras oír hablar tanto de ella y que no me he resistido a entrar en su contenido y la verdad no me ha defraudado en absoluto. Una realidad tan palpable como para aconsejar que la lean todos aquellos que exigen a sus hijos que realicen una determinada práctica deportiva. Todo un campeón que desde bien pequeñito fue llevado a ser tenista “por narices” aun cuando odiaba lo que hacía incluso después de llegar a la cúspide de la fama.

Transcribo aquí algo de lo que se refleja en la solapa y en la contraportada del libro, para que pueda comprobarse de qué va su contenido.

«Siendo un bebé, le pusieron una raqueta de juguete en la mano. Desde entonces, Agassi no ha hecho otra cosa que golpear pelotas de tenis. Su padre, obsesionado en convertirlo en un astro del deporte, construyó una máquina (el dragón) que disparaba 2.500 pelotas al día contra el pequeño Andre. Open es la semblanza a corazón abierto de Andre Agassi, que en estas memorias se muestra tal como es un hombre que debió enfrentarse a las presiones de su familia y de la fama, …»

«Odio el tenis, lo detesto con una oscura y secreta pasión, y sin embargo sigo jugando porque no tengo alternativa. Y ese abismo, esa contradicción entre lo que quiero hacer y lo que de hecho hago, es la esencia de mi vida. Andre Agassi«.

Ojalá lleguen momentos donde la moneda caiga de canto y con la necesaria ayuda de los progenitores se pueda dejar en libertad a los jóvenes para que practiquen, si así lo desean, un determinado deporte que les haga crecer sanos y felices. Y si han de ser campeones tanto mejor para ellos, si esa es su voluntad y tienen condiciones para ello. Pero, por favor, que los progenitores se limiten a ser espectadores silenciosos.

Un comentario en “Practicar deporte por afición o imposición

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