Silos, antídoto humano

Por tercer año acudo en fechas navideñas a ese remanso de paz que para mí supone alojarme por unos días en el Monasterio de Santo Domingo de Silos, esa abadía benedictina ubicada en la provincia de Burgos (Castilla y León, España), compartiendo los instantes con los monjes que ocupan este refugio contra el bullicio, y permitiendo saborear el frescor que se respira en este bello paraje, solamente roto por el deleite que representa escuchar las campanas y los cantos gregorianos que por momentos brindan al cabo del día los protagonistas del lugar. 

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Silos, la droga de la paz

Acudo, un año después de mi primera estancia, a ese remanso de paz que se llama Santo Domingo de Silos, un pueblo burgalés que acoge al monasterio de Silos. O quizás sea al revés: un monasterio que crea en sus inmediaciones una pequeña población. Es precisamente este recóndito lugar el que llena mi interior y me hace buscar el refugio en su paraje para compartir momentos con los monjes de la orden benedictina que allí interceden por nosotros ante Dios con sus permanentes oraciones, y con otros peregrinos de la vida que acuden como yo, a saber por qué llamada. Si algo de común tiene a todos los que recalamos aquí es, precisamente, la búsqueda de la paz para descargar la pesada carga que podamos llevar a nuestras espaldas y llenar el depósito con la benignidad que nos haga mantenernos erguidos y seguir el camino.

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Un alto en el camino: estancia en el Monasterio de Silos

He venido observando por los relatos de personas que muestran sus experiencias en las redes sociales, de características muy diversas ―escritores, directivos, famosos o simplemente personas anónimas que transitan por la vida―, cómo se retiran en estancias cortas a hospederías de monasterios y conventos para descansar en un ámbito de paz y austeridad. Una experiencia que se me antojaba como relevante y hasta cierto punto necesaria para limpiar el interior y proseguir el camino, y encontrar unos momentos propicios para afilar el lápiz que se veía impedido de continuar escribiendo. Fray Luis de León, un hombre de religión, pero también un hombre de letras y convencido humanista, ya decía en el siglo XVI: ¡qué descansada vida la del que huye del mundanal ruido!

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