Hay lugares que se visitan con los pies y otros que se quedan guardados en la retina. Mi última escapada me ha llegado a participar junto a una treintena de aventureros del Grupo Universitario Multiaventura (GUM), del Safyde de la Universidad de Extremadura, en una jornada de trekking en las inmediaciones del Valle de Matamoros, un pequeño rincón blanco de Badajoz que se caracteriza por su espectacular entorno natural, rodeado de valles, dehesas y formaciones montañosas.
Hoy la ruta se adentra por la Sierra de San José, que constituye uno de los pulmones ecológicos y paisajísticos más singulares de la comarca de la Sierra Suroeste de Badajoz. Formando parte del corazón de la ZEPA Dehesas de Jerez, esta formación montañosa se eleva imponente, regalando un terreno abrupto y de fuertes desniveles donde la naturaleza extremeña se manifiesta en todo su esplendor.
Dirigiendo el grupo están los ya conocidos por su entrega Eduardo e Iván, a la que se une Sole, integrantes del Servicio universitario. Con estas personas se favorece mucho seguir la estela del camino.

Dejando atrás las últimas calles empinadas de Valle de Matamoros, el asfalto cede el paso rápidamente a la tierra batida. Desde los primeros metros, la Sierra de San José te abraza. La subida empieza a exigir un poco a las piernas, pero el paisaje se encarga de que te olvides del esfuerzo. Pendientes y oscilaciones de alturas entre los 480 y 700 metros van a ir apareciendo sin prácticamente darse cuenta. Caminar por aquí es adentrarse en el corazón de la dehesa más auténtica.




A poco más de dos kilómetros del pueblo, ascendiendo hasta rozar los 720 metros de altitud, y mediante un ligero desvío se esconde el Mirador del Margaritón. Al coronar esta loma encontramos su icónico chozo rústico de manera, un refugio tradicional que le da un toque de curiosidad y resulta fotogénico a la cumbre, el lugar perfecto para sentarse a la sombra y picotear algo disfrutando del silencio. En el horizonte se divisa un mar infinito de encinas y alcornoques.


Y es que el sendero serpentea bajo una imponente bóveda de encinas y alcornocales centenarios. Impresiona ver los troncos de los alcornoques con ese color rojizo tan característico que delata la saca del corcho reciente. El aire transmite la esencia del monte vivo. El sendero regala un juego constante de luces y sombras. Apenas hay ruido; solo los pasos sobre la hojarasca de los que transitamos por el lugar con el ligero murmullo de cuantos gustan ir con la conversación. Es un tramo precioso para tomarse las cosas con calma.


El punto álgido del trayecto por la ladera de la sierra se alcanza al llegar al Columpio Turístico-Mirador «El Morro Alto» (conocido popularmente como el Columpio de la Sierra). Instalado estratégicamente como un verdadero balcón natural, este columpio de madera te permite mecerte directamente hacia el abismo, creando la ilusión óptica de flotar sobre el paisaje. Aunque el balanceo queda prohibido por el cartel que figura en la inmediación. Pero simplemente con sentarse y divisar el horizonte constituye una verdadera gozada. Es el lugar perfecto para tomar aire, beber un trago de agua, hacer la foto obligatoria para el recuerdo y asimilar la inmensidad de la Sierra Suroeste.


Desde este enclave privilegiado se domina una perspectiva absoluta de toda la comarca. La vista se pierde en el horizonte contemplando el blanco caserío de Valle de Matamoros a los pies, el brillo del embalse de Brovales, la inconfundible silueta del Castillo de Salvatierra de los Barros justo enfrente y, en los días que como hoy se encuentran limpios, las cumbres difusas de la zona de Tentudía.
Es, en definitiva, una inmersión natural donde el esfuerzo de la caminata entre los alcornocales se ve recompensado con la paz, el vértigo controlado y una de las postales más fotografiadas de Extremadura. Han sido trece kilómetros con una dificultad moderada, que ha merecido la pena aprovecharlo. Agradecidos quedamos al Servicio universitario que nos ha permitido disfrutar de esta bella jornada.