Guadalupe, cuna de la medicina

           Guadalupe es algo más que un lugar y un acervo de arte, y por eso mismo decía Antonio Zoido Díaz, el que fuera afamado hombre del mundo de la cultura, que “es la vibración sonora del alma en Extremadura, arrancada al secreto de su fe”, como “un eco poderoso que resonó más allá de los mares, en el Nuevo Mundo”. Lo comparto plenamente, independiente de la pasión que me mueve motivada por la sangre que recorre mis venas, llegadas de toda la rama paterna y que tienen asiento en este paraje. Con todo, si me atrevo a hablar de Guadalupe, aun a riesgo de quedar por referir bastantes cosas, es porque siento la necesidad de quedar constancia en mis relatos de la curiosidad que ha supuesto para mí, desde hace años, conocer una actividad desarrollada en esta localidad y que, sin duda, hizo que se convirtiera en lugar de referencia para la medicina en este país, y no solo en tierras extremeñas. Y, por ello mismo, conviene no olvidarlo.

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Grabado del Monasterio del siglo XVI

          Efectivamente, los ciudadanos en general, y los extremeños en particular, tenemos una idea clara de lo que es Guadalupe, desde la panorámica que ofrece ese Monasterio de la Orden Jerónima, que constituye un exponente excepcional de la arquitectura por su diversidad y variedad de estilos, vinculado a la historia media y moderna de España por su relación con los Reyes Católicos, protagonismo de excepción con la evangelización y conquista de América, centro cultural de primer nivel, centro de investigación y enseñanza, talleres de diversa índole (bordados, orfebrería miniados), biblioteca con un fondo extenso y rico, centro de peregrinación y hospedería. Y, con toda seguridad, en algún momento de nuestra vida hemos oído la historia de ese vaquero llamado Gil Cordero, que por el año 1322 (siglo XIV) se encontraba afanado buscando una vaca de su rebaño perdida por aquellos parajes tres días antes y que, al encontrarla muerta pero intacta, intentara aprovechar su piel, para lo cual hizo una cruz en el pecho del bóvido que produjo como efecto que se levantara vivo, al mismo tiempo que apareciera la Virgen María indicando al sorprendido vaquero dónde estaba enterrada, desde 500 años antes, la talla de su venerada imagen, hecha en madera de cedro por Lucas, uno de los cuatro evangelistas, además de médico, pintor y escultor, al tiempo que le sugería  hiciera pública noticia del acontecimiento, a partir de lo cual se construye una pequeña ermita, desarrollándose hasta alcanzar el actual e impresionante Monasterio.

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          Ese enorme centro cultural y científico deparó sorprendentes actividades, descubiertas y analizadas por personas que se sentían atraídas de esa etapa, y por los rastros que sin duda aparecen por doquier. Y es que la configuración religiosa del lugar hizo que llegaran a su cuna implorando su curación numerosos peregrinos y enfermos, lo que propició la necesidad de crear diversos centros donde darles albergue y hospitalidad. Punto de inflexión fue el año 1389, como consecuencia de la reforma eclesiástica emprendida por Juan I, que supuso la decisión de encomendar la iglesia de Guadalupe a los jerónimos, hecho que propiciara su entrega a la Orden por el último prior secular, Juan Serrano. Las actividades de la comunidad en un primer momento estaban vinculadas a diversos trabajos; por las mañanas consistían en hacer bordados, escribanía de códices y otras; la tarde se dedicaba a la oración personal y al estudio. Pero entre los trabajos destaca como obligatoria de la orden, la atención médica a enfermos que vivían en la población y sus alrededores o peregrinos que acudían al famoso santuario; estas labores asistenciales absorbían gran parte del gasto social del Monasterio, y el resto era para el hospedaje de los peregrinos y la ayuda a las familias más necesitadas.

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         Los jerónimos se veían apremiados por la necesidad de atender a los enfermos que allí llegaban a millares, que para solventar la situación iniciaron un proceso que con el tiempo convertiría a Guadalupe en un célebre y renombrado Centro de práctica y enseñanza de la medicina y la cirugía y donde se formarían y enseñarían los más ilustres médicos de cada época a lo largo de 500 años.

         En sintonía con ello, algunos de los albergues mutaban su finalidad. Los que en otras rutas y centros de peregrinación tenían el sentido propio que los caracteriza, de asilo y hospedaje, aquí pasaron a ser centros de tratamiento y estudio, dando lugar a los hospitales en el sentido que hoy damos al término.

         La práctica de la medicina y la cirugía alcanzaría tal desarrollo en Guadalupe que, hacia 1440, los monjes, queriendo regularizar una situación y actividad ampliamente establecida y demanda, pidieron autorización para ello a Roma, a través de una súplica cuyo texto se conserva en el Monasterio. En 1442, el Papa Eugenio IV concedió el favor solicitado, autorizando a los monjes de Guadalupe a “estudiar” y a “practicar” la medicina y cirugía. Este rescripto fue ampliado en 1451 por el Papa Nicolás V, que suprimió la condición de haber realizado estudios médicos antes de entrar en la Orden del Monasterio. A partir de entonces los médicos y cirujanos podrían formarse en el propio Monasterio y sus hospitales, de los que a mediados del siglo XV, existían tres de carácter médico: el Hospital de San Juan Bautista o de los Hombres, el Hospital Nuevo o de las Mujeres y la Enfermería del Monasterio para monjes enfermos.

         Pronto los hospitales de Guadalupe y su escuela de medicina y cirugía adquirieron gran importancia y su fama se extendió por el mundo entero, no sólo por los conocimientos de sus médicos, sino por el espíritu innovador y la capacidad para incorporar todos los adelantos de la época.

        De este entramado hospitalario nos hablan bastantes investigadores, dándonos una precisa descripción que merece repasar para conocer con mayor profusión todo lo que ha supuesto Guadalupe para la historia científica y la enseñanza de la medicina en España. A mí, la curiosidad y el despejar las incógnitas me lleva a profundizar en el estudio sobre el tema.

         El Hospital General o de San Juan Bautista es el más antiguo y cercano al Monasterio (enfrente del mismo), fundado a mediados del siglo XIV por el prior Toribio Fernández de Mena, posteriormente reconstruido en 1402 por el prior Yáñez de Figueroa. Se destinó en exclusiva al cuidado de hombres enfermos siempre que no padecieran enfermedades incurables, y dispuso de numeroso personal para atenderles, entre otros un médico, dos cirujanos, cuatro enfermeros, un sangrador y varios aprendices de cirugía, uno de los cuales desempeñaba la labor de boticario. En el siglo XVI disponía de 80 camas, que se elevaban a más de 100 en el XVIII, y que se repartían en varias salas de acuerdo a los diferentes procesos patológicos.

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         La financiación del hospital dependía íntegramente del Monasterio, quien se ocupaba de pagar al personal que asistía a los enfermos, las medicinas, la alimentación, ropas, instrumental quirúrgico, ajuar, etc., así como el mantenimiento y reparos del edificio. Los fondos con los que se atendían estas necesidades provenían en parte de diversas propiedades privativas del centro, algunas de ellas donadas por diversos benefactores en sus testamentos.

        El edificio hospitalario tenía dos plantas y dos claustros comunicados entre sí. Al principal de los cuales -situado más cerca de la entrada-, obra gótica de principios del siglo XV, abrían todas las salas de enfermería menos las destinadas a los enfermos de sífilis y de procesos infecciosos, que lo hacían al segundo claustro, construido a comienzos del siglo XVI. Disponía también de una capilla cubierta con bóveda de crucería que abría al patio principal. En la zona posterior del edificio se encontraban un amplio huerto y un olivar, así como diversas dependencias: corrales, horno, etc. El acceso al interior del hospital se produce por una gran porta granítica de traza renacentista, timbrada con hermoso escudo, en cuyo centro campea el emblema mariano del jarrón de azucenas -símbolo de la Virgen- orlado de cueros recortados y cuya estética de carácter manierista sitúa su construcción en la segunda mitad del siglo XVI. La leyenda que acoge es significativa: “Languido collo nitet” (Brilla en la enfermedad).

         El hospital todavía se puede admirar, aunque esté bastante transformado en su arquitectura, desprovisto de sus estructuras sanitarias aunque persisten los dos claustros y otras dependencias del mismo inmueble. La parte fundamental del inmueble forma parte hoy del Parador de Turismo.

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Edificio del antiguo Hospital de San Juan Bautista

          El Hospital Nuevo o de las Mujeres fue fundado entre los años 1435-1447, con donaciones de fray Julián Jiménez de Córdoba, rico herrero antes de entrar en la Orden de San Jerónimo. Se sitúa en la Calle Real, y surge ante los abusos que los mesoneros cometían contra los peregrinos, siendo en un principio una ampliación del de San Juan Bautista, por ello llamado Nuevo, y más tarde destinado a las mujeres, y de ahí su nombre con el que luego se conocería.

        Este edificio se compone de un amplio claustro, con dos habitaciones en dos plantas y otros servicios que todavía se conservan, de traza gótica, siglo XVI, como puede apreciarse en su artística portada, debajo del antiguo soportal de madera, actualmente de propiedad particular.

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Edificio del antiguo Hospital de las Mujeres

        La enfermería monástica, sita dentro de los muros del Monasterio, remonta sus orígenes al año 1502, cuando fue construido un pabellón con destino a botica y primitiva enfermería de los monjes. Después, en el siglo XVI fue traslada al Claustro gótico (siendo su principal artífice el prior fray Juan de Siruela), formando un amplio rectángulo con tres órdenes de arcos, sobresaliendo por su ornamentación, lujosa en calados, los del piso principal. Las galerías son esbeltas, dominando la elegancia del flamígero sobre el gótico-mudéjar. Su superficie mide 840 metros cuadrados. La distribución de celdas para los enfermos se hacía teniendo en cuenta los años de profesión monástica del paciente, así como la orientación, la altura (las de la planta baja tenían prioridad en verano) y las vistas de la estancia.

Claustro gótico

Claustro gótico

        La fachada exterior y los interiores ofrecen un conjunto agradable de belleza artística en sus torreones, portadas, ventanales y chimeneas, de estructura y ornamentación gótico-mudéjares. El patio interior está pavimentado con losas de granito y en el centro aún existe la espaciosa cisterna, obra de Juan de Torrollo.

         La historia de este hermoso e histórico sitio denota las azarosas circunstancias que han concurrido. Vendido en subasta en el siglo XIX, fue destinado a viviendas de particulares, y cuando se encontraba en inminente ruina fue adquirido en 1909 por la Comunidad franciscana, con la generosa ayuda de insignes bienhechores, para ser posteriormente restaurado varias veces: 1910-1913, 1965-1970, 1974-1975 en sus distintas partes interiores y exteriores. Hoy es parte integrante del Real Monasterio, destinado a Hospedería-Hotel y uno de los lugares más acogedores de la santa casa de Guadalupe.

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hospederia guadalupe

         Además de estos dos grandes hospitales y de la enfermería monástica, Guadalupe disponía de otros de centros que, aunque denominados hospitales, en el vocablo de los siglos XIV y XV se referían a locales en los que por caridad podían comer y dormir los peregrinos y pobres; no se trataba, por tanto, de centros de curación médica, sino albergues sostenidos por el Monasterio o instituciones de culto, como algunas cofradías.

          En este orden, aparecen descritos hasta ocho hospitales más:

          El Hospital de los Niños Expósitos o Casa Cuna, situado en la calle Nueva, al este del Monasterio, fue fundado en 1484 y financiado por el Monasterio. En un pueblo con un flujo tan intenso de visitantes de distinto tipo y condición, no era de extrañar que el abandono de niños recién nacidos alcanzase niveles relativamente altos. Tras ser atendidos por amas de cría, los niños se incorporaban como aprendices a un oficio de la “casa”, a menudo a la tejeduría, una vez que habían cumplido siete años.

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Antigua Casa de Cuna 

         El Hospital de la Pasión se sitúa en la plazuela del mismo nombre, sector destacado del barrio alto de la villa guadalupense. Fue construido este hospital en el priorato de fray Pedro de Vidania (1498-1501), La edificación acomodada a vivienda particular, se conserva en nuestros días, con salas y huellas del antiguo hospital. En 1499 adquirió una mayor importancia dentro del conjunto sanitario de Guadalupe, por su dedicación a la cura de las bubas, llamadas sífilis en 1521, terribles por su contagio y virulencia. Quedó en manos de una cofradía, aunque la asistencia médica siguió en manos de los médicos del Monasterio.

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Edificio antiguo Hospital de la Pasión

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Plaza de la Pasión

        El Hospital del Obispo fue famoso en la historia del santuario guadalupense, construido durante el priorato de Toribio Fernández de Mena, en el reinado de Pedro I de Castilla, en el puerto de Cereceda, junto al Camino Real del Norte. Fue palacete cinegético del rey Pedro I en su origen, después albergue de peregrinos y desde principios del siglo XVI Hospital del Obispo, situado geográficamente a 32 kilómetros de Guadalupe, dentro del municipio de Navatrasierra. En 1598 el Monasterio compró a Gabriel de Garán la venta, situada junto al Hospital del Obispo, y la casa se hizo toda de nuevo, como un mejor servicio a los peregrinos que desde el norte acudían a Guadalupe.

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  Edificio antiguo Hospital del Obispo

        El Hospital de San Sebastián, casa hospital que todavía se conserva en Guadalupe, en la calle del mismo nombre, travesía de la calle Real a la de San Pedro, pertenecía a la antigua Cofradía que, entre otros fines, prestaba atención a peregrinos pobres y cofrades enfermos. No era centro médico, sino lugar de acogida.

           El Hospital de las Beatas de Mayor es un beatario fundado en 1456 y reconvertido en hospital para recibir peregrinos en 1509. No era un centro sanitario, sino simplemente un albergue, de reducidas proporciones, para peregrinos.

          El Hospital de Pero Diente, llamado de María Andrés, fundado en 1422. Se trata de un sencillo hospital-albergue situado en el Barrio de Arriba. Unos simples vestigios de antigua construcción evocan el antiguo hospital.

          El Hospital de Nuestra Señora de la O, propio de la cofradía de este título, sito en la antigua calle Corredera. Era un simple lugar de acogida a favor de algunos peregrinos pobres y cofrades.

          El Hospital de San Bartolomé, llamado Hospital de los Pobres, era una simple casa-refugio para acoger a pobres transeúntes, sito en la calle San Bartolomé, de una sola planta, con amplia chimenea, actualmente convertida en casa particular moderna, sin vestigio alguno de su anterior destino.

          Y como complemento hay que referirse también a la botica del Real Monasterio, existente desde el comienzo de la fundación jerónima (1389), al servicio de los hospitales y de la enseñanza en la Escuela de medicina y cirugía, que fue organizada desde 1502 con mejores medios y nuevo edificio, la nave o pabellón del lado sur del actual Claustro Gótico. Hacia 1524 fue traslada al lado norte del referido Claustro, edificado durante los años 1519-1535, llamado también por esta razón Claustro de la Botica, con entrada principal por la galería baja del Claustro, con artística portada gótico-mudéjar, que actualmente se conserva.

          En esta dependencia sanitaria, llamada Botica o Farmacia, dotada de buen instrumental trabajaban monjes y seglares, bajo la dirección del padre Boticario, en la preparación de medicinas y otros remedios con plantas y productos del entorno, especialmente de la huerta del Amíjar, próxima a la Botica. Tarea facilitada por las condiciones naturales del lugar para el cultivo de simples.

         Tan importante pieza permaneció establecida en el Claustro Gótico desde el siglo XVI hasta el gobierno de fray Santos de Sigüenza, 1827-1830. En las restauraciones que llevó a cabo este prior se menciona el traslado de la Botica desde el lugar que ocupaba a la portería.

          Igualmente existieron otras boticas en la puebla, al margen del Monasterio, aunque casi siempre sus dueños se hubiesen formado en el mismo, recibiendo en ocasiones ayuda económica de los monjes para iniciar sus actividades farmacéuticas.

          Tras ver el panorama hospitalario de Guadalupe, importa resaltar que existió en esta localidad, en su famoso Hospital de San Sebastián, un centro de aprendizaje de medicina y cirugía, que en sentido amplio puede llamarse Hospital-Escuela, aunque como es lógico, no tenía carácter universitario, ni entre sus cometidos y competencias estaba el otorgamiento de títulos académicos. Se conviene por parte de los estudiosos que su fundación data de 1322, para deducirse que su pleno auge como centro docente de medicina y cirugía se sitúa a mediados del siglo XV, y más concretamente desde 1442.

          Son numerosos los nombres ilustres que se formaron y enseñaron en la Escuela de Medicina de Guadalupe, alguno de los cuales fueron médicos de los Reyes y Príncipes de España.

          Pero es que Guadalupe, amén de su escuela ordinaria de medicina, era también escuela de prácticas o de perfeccionamiento, no sólo por sus cirujanos, que solían ser dos o tres, el principal y uno o dos más generalmente también médicos, sino de otros que acudían expresamente con este fin.

           La tremenda importancia de todo ello podía advertirse cuando, desde comienzos del siglo XVI, los hospitales guadalupenses dispusieron para la asistencia facultativa de eminentes médicos, sobre los que se encuentran numerosas referencias en antiguos códices, tratados de medicina y crónicas de viajes, todas ellas conteniendo elocuentes elogios. Por lo demás, los hospitales de Guadalupe constituyeron también un importante centro de perfeccionamiento para médicos y cirujanos. Existen datos señalando que, en Guadalupe, se realizaron las primeras autopsias en cadáveres humanos, e investigaciones de carácter biológico.

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 Detalle de uno de los esmaltes que adornan el Trono de la Imagen de la Virgen de Guadalupe.

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 Los tratados de medicina que surgieron fueron relevantes. A la izquierda, quinta edición de la obra del Dr. Francisco Sanz, publicada en 1756; a la derecha obra del Dr. Juan Sorapan, publicada en 1616.

       Puede decirse, por todo ello, que a pesar de encontrarnos en un recóndito emplazamiento en la sierra de las Villuercas, Guadalupe se convirtió desde fecha muy temprana en un auténtico lugar de referencia para la medicina española del momento, en la transición del Medievo a la Modernidad, teniendo en cuenta que la ciencia médica comenzaba a estar en manos de la burguesía laica de los grandes núcleos urbanos universitarios, mientras que aquí, aun cuando pasase desde 1510 a manos laicas el ejercicio de la medicina, siempre se mantuvo la primacía del Monasterio en estos asuntos, contratando a los médicos, en contacto estrecho con los monjes.

 

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