La importancia del lenguaje en el mundo jurídico

               El inicio de la carrera universitaria de licenciado en Derecho supuso en mí el revulsivo necesario para una vocación jurídica que me apasionaba. Cierto que, en mi caso, al no tener precedentes familiares que me hubieran facilitado la comprensión jurídica, me las veía y deseaba para ese aprendizaje rápido que me proponía. Tan es así que, con la pasión del Derecho Romano me volqué en realizar un diccionario particular de términos latinos, que además de concebirlos como un claro exponente de la enseñanza básica del derecho me llenaban el oído con una especie de arte jurídico. ¡Qué lujo saber acoplar en los escritos una frase latina que denotara un cabal y completo conocimiento de la materia!

              No queda ahí la cosa. Esos maravillosos tomos de legislación y jurisprudencia de una famosa editorial me pruducían una especie de delirio visual. Ver esos despachos de abogados con las estanterías repletas de esta colección abrían los ojos. Pero lo decorativo me llevaba a un siguiente paso, que era profundizar en las entrañas de su contenido para leer como si de una novela se tratara las múltiples sentencias que dictaba nuestro Tribunal Supremo. Concebía la distinción de salas del órgano judicial pero por más que leía los pronunciamientos no entendía absolutamente nada. Me llevaba a una especie de desesperación comprobar que lo escrito tenía una enjundia que iba más allá del cabal conocimiento de las leyes y doctrina que se aplicaban.

           Conocer la lengua española no parecía suficiente. Se superponía un lenguaje especializado concebido como jurídico pero con notas especiales. Párrafos largos y complejos, de estilo desordenado, confusos, monótonos, farragosos y que dificultaban sobremanera la legibilidad. Textos repletos de tecnicismos y latinismos, con una compleja sintaxis. Prosa conservadora y arcaizante. Giros retóricos y formularios que nos transponían a otros tiempos pretéritos y que estaban lejos de la forma corriente de expresarse los ciudadanos. Expresiones redundantes…y un buen número de reparos estilísticos que, con el tiempo, he podido averiguar que no solo resultan extraños para el ciudadano que no tiene ni pajolera idea del derecho sino también difíciles de seguir para los profesionales, aun cuando se realice una lectura atenta y reflexiva.

          Tan es así que, para adquirir mejores hábitos, desde un primer momento acudí a la lectura de publicaciones que me ayudaran en el trabajo y en la comprensión del estilo jurídico. Libros referidos a estilo para juristas, refraneros, dichos y citas no han faltado nunca en mi biblioteca.

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             La informática también ha supuesto un revulsivo fuerte en el mundo jurídico. Y no lo digo solo por la facilidad de localizar textos y documentos sin tener que llenar las habitaciones de abundantes libros que quedan obsoletos rápidamente, sino por el hecho de que había que aprender los procesadores de textos para dejar de teclear en esas máquinas que tanto ruido formaban y no tener que destruir textos escritos cuando se deseara cambiar algún párrafo o frase. Esta revulsivo igualmente me ha llevado a una formación complementaria si no quería quedarme atrás. Para la judicatura también ha supuesto una mejora considerable, aunque no pueda decirse lo mismo de los medios que se ponen a su alcance.

              Pero lo que parece ventaja a veces resulta inconveniente, incidiendo en ese estilo y cuidado que deberían merecer los pronunciamientos jurídicos. El “corta y pega” se deja ver muchas veces y se coloca donde no debe o sin la precaución de cambiar aspectos que no se corresponden con la situación a la que se extrapola.

           En definitiva, un cúmulo de circunstancias que hacen que resulte un tanto incomprensible el lenguaje que utiliza la justicia y, por ende, los documentos que elaboran las administraciones públicas, envueltas igualmente en ese dificultoso y obsoleto estilismo.

           Por todo ello, y como quiera que estas apreciaciones no son exclusivamente mías, sino compartidas con los ciudadanos en general, y los profesionales y operadores jurídicos en particular, me causa una grata satisfacción que se intente mejorar la situación con publicaciones como las que recientemente han visto la luz: el Diccionario del Español Jurídico (2016) y el más próximo todavía Libro de estilo de la Justicia (2017), ambos como resultado del convenio de colaboración suscrito entre la Real Academia Española y el Consejo General del Poder Judicial, bajo la dirección del eminente jurista Santiago Muñoz Machado. 

          El Diccionario del Español Jurídico recopila alfabéticamente los conceptos, términos y vocablos utilizados en el mundo del Derecho, eso sí completados con referencias constitucionales, legislativas, jurisprudenciales y bibliográficas para que se pueda ampliar la significación de la palabra. Un verdadero lujo tener al alcance de la mano este voluminoso diccionario.

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              El Libro de estilo de la Justicia tiene una vocación más amplia que lo que a priori pudiera parecer. “Justicia vale aquí por derecho“, se encarga de decir la presentación que hace el profesor Muñoz Machado, para hacernos ver que su contenido no solo va dirigido a jueces y magistrados que impartan justicia sino también, y con la amplitud de miras, a todos los operadores jurídicos, cualquiera que sea el poder del Estado al que pertenezcan o con el que se relacionen. Y, como no, a los ciudadanos, como destinatarios finales de la mayoría de las normas y decisiones. Se concibe así una obra “con el propósito de ayudar al buen uso del lenguaje en todos los ámbitos donde el derecho se crea y aplica“.

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          He de decir, no obstante, que la pretensión de la obra lleva a dificultar su entera comprensión por parte de todos los que quiere que sean sus destinatarios. Entrar de lleno en las normas de la semántica y la ortografía con el tinte del mundo jurídico puede hacer que, en ciertos momentos, la lectura pueda ser difícil de asimilar.

          Con todo, estas herramientas puestas al alcance de tantos destinatarios quedarán en el vacío si no hay un decidido deseo de cambiar las cosas, aspecto sobre el que me permito generar duda pues, como digo, parar a leer, recapacitar y aplicar lo que se dice no me parece que sean muchos los que puedan estar decididos a hacerlo. El cambio habría que abordarlo con mayor intensidad, en las propias aulas de las Facultades universitarias que están inmersas en el mundo jurídico, y en el reciclaje formativo al que tengan que someterse los empleados públicos.

          Por supuesto, con la simplificación y aclaración de términos no abogo por prescindir y cambiar las cosas para que revolucionemos el mundo del derecho hasta el extremo de prescindir de términos y conceptos sagrados en el argot jurídico. La pretensión es, simplemente, hacer fácil lo que convenimos torticeramente como difícil. Por ello, como sufridor de antaño de estas secuelas, felicito cualquier iniciativa como la ahora emprendida.

La sencillez y claridad distinguen el lenguaje del hombre de bien (Séneca)

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