Elementos para el recuerdo: las aldabas o llamadores

         Cuando visitamos los cascos antiguos de las distintas ciudades podemos reparar en elementos colocados en las puertas de entrada a viviendas que, aunque en su momento proliferaban e incluso servían de referentes para distinguir casas de mayor o menor alcurnia, tenían una funcionalidad necesaria. Elementos que han ido desapareciendo poco a poco por aquello del avance de la tecnología pero que, aún hoy, quedan vestigios que ahora sí tienen el carácter puramente ornamental. Reparar en ello y valorar el arte y significado que tienen es un juego divertido para quienes nos gusta pasear exprimiendo visualmente todo lo que encontramos en nuestro camino.

         Sí, me estoy refiriendo a esas piezas articuladas que se colocaban en el exterior de las puertas, conocidos con el nombre de ”llamadores” o “aldabas”. Su función principal a lo largo de la historia ha sido la de llamar a los ocupantes de la casa con el golpeo de esas piezas colgantes que suelen estar fabricadas en diversos materiales de fundición, tales como hierro forjado, bronce o latón. Uno de los ejemplares más antiguos hallado en la ciudad romana de Pompeya, se compone de una argolla colgada de una cabeza de Mercurio.

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     En su momento, como digo, constituían un símbolo de distinción y de poder económico de los habitantes de las casas donde se encontraban, y de ahí un refrán conocido: “De tal casa tal aldaba”. Asimismo el proverbio “tener buenas aldabas significaba que la familia contaba con el respaldo de amistades cuya influencia les podían aportar distintos privilegios. Tan es así que en los siglos XIV y XV los había bañados en oro, con talles de plata, con incrustaciones de piedras preciosas o repujados, de los que hoy, como puede advertirse, no queda ninguno expuesto a la cacería de los transeúntes.

       Me ha intrigado el origen y evolución que tuvo este elemento y descubro que me encuentro ante un paréntesis prácticamente vacío de contenido. Muchos son los documentos o estudios que podemos encontrar relativo a los patrimonios de las urbes y sus elementos más característicos, pero ninguno aparece referido al que ahora me ocupa, lo que sin duda pone leña en el fuego de las interrogantes que me asaltan, tanto como para atreverme a conocer algo más y recorrer mi propia ciudad, Badajoz, para repescar la imagen de todas las variantes que detecto, en las cada vez menos casas que mantienen esta decoración, por aquello de que el paso del tiempo ha supuesto que se fueran quitando tras las restauraciones de las casas o por su deterioro cuando no arrancadas por los que no gustan mantener el orden y el cuidado de un utensilio que es desconocido en su valor histórico y artístico. Todas, por supuesto, en las casas del casco antiguo.

       Su origen se remonta a la Antigüedad (caso de los restos encontrados en Pompeya), pero no será hasta el siglo XIII cuando comienzan a tener cierta importancia artística. A partir de esos momentos y en especial desde el siglo XIV, empiezan a generalizarse en casas, palacios, catedrales e iglesias y, paulatinamente, la decoración y las formas diversas se imponen, dotando a este elemento no solo de su función práctica sino también ornamental.

        En los pueblos islámicos también llegaron a colocarse aldabas en las puertas de sus viviendas, pero en este caso se ponían dos, una a la derecha, para los hombres y otra a la izquierda, para las mujeres. La de los hombres tenía forma fálica y la de las mujeres forma redonda y, además, una y otra tenían sonido diferente. La de los hombres con sonido más grave y la de las mujeres más agudo. Así, en función de quien llamara, salía a abrir un hombre o mujer.

       Los modelos más arcaicos consistían en martillitos suspendidos de las hojas de las puertas por la parte superior, aunque la forma más típica lo formaba una argolla que pendía de una cabeza humana, animalística o quimérica. Primando entre las distintas variantes la cabeza de león. La argolla o el elemento móvil utilizado en cada caso golpeaba sobre otro saliente metálico, que podía ser la cabeza de un clavo u otra pieza algo más elaborada.

     En los periodos bajomedieval y renacentista, las aldabas experimentaron un destacado desarrollo artístico, multiplicándose sus motivos ornamentales curvos. Por entonces asirse a una aldaba servía para solicitar expresamente el beneficio de asilo.

      Otra de las peculiaridades que singularizan a estos objetos, son las que tienen forma de “U”, con las puntas hacia arriba. Una creencia que, como ahora pasa con las herraduras, suponía que acompañara la suerte y diera protección al hogar.

     Pero el simbolismo más hospitalario es el de la aldaba con forma de mano, muy frecuente. Se trata de una mano de rasgos finos, con anillo o sin él, que sostiene lánguidamente un fruto, como si fuese a dejarlo caer en la mano que se dispone a llamar a la puerta. La simplificación de esta aldaba convirtió el fruto en una sencilla esfera. La mano metálica parece por tanto una mano amable, que al menos teóricamente avisa de la actitud acogedora de los moradores de la casa.

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        Pero hay quien confiere este uso al símbolo de la cultura popular árabe y judía sefardí, tratándose así de la mano de Fátima o jamsa, que significa “cinco”, en referencia a los cinco dedos de la mano, que representan los cinco pilares de la religión musulmana (La shahada o profesión de fe (شهادة [šahāda], la oración o azalá (صلاة [ṣalāt] cinco veces al día, la limosna o azaque (زَكاة [zakāt], El ayuno o sawm (صَوْم [ṣawm]) en el sagrado mes de Ramadán, y la peregrinación a la Meca al menos una vez en la vida).

        Se explica su uso por la protección basada en la leyenda en la que se cuenta que estando Fátima, (la hija del profeta Muhammad) en su casa preparando la cena para su marido Alí, llegó éste con su segunda mujer inesperadamente. Fátima se sorprendió tanto que, dejó caer la mano en una olla de aceite hirviendo (dicen que se sintió celosa). Como consecuencia quedó lisiada de por vida y su padre escogió el símbolo de su mano para inmortalizar aquel suceso.

        La tradición en el uso de la aldaba se la llevaron a América los colonos, para adquirir en aquellos entornos una originalidad propia. Cartagena de Indias es un lugar donde prolifera una mayor y mejor colección de las aldabas forjadas desde antaño.

     En Badajoz he podido encontrar distintos ejemplares con variedades en su diseño, aunque predominando en número las argollas y manos. La recopilación que he hecho nos da una visión de conjunto que resulta hermoso, y aquí las quedo plasmadas. Evito reproducir las que resultan idénticas.

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         Algunas viviendas badajocenses denotan que hubo un tiempo que disponían de este elemento y que ahora, por las circunstancias que sean, no se mantienen ni han sido repuestas. Entre ellas están viviendas con un pasado histórico significativo, como puede ser la vivienda donde naciera y viviera la familia de Manuel Godoy. Aquí queda una muestra de esos rastros. Añado una fotografía de antaño donde aparecen las argollas en la vivienda aludida, así como otra del único edificio público que he podido constatar que mantiene los llamadores (Diputación Provincial de Badajoz).

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        Puede advertirse mi respeto a la historia de este elemento que hoy tiene un claro tinte decorativo y ornamental. Espero y deseo que se sigan manteniendo y respetando para no quedar atrás otro elemento más de nuestro pasado próximo, tan relevante como puedan ser otros utensilios o herramientas a los que damos la importancia merecida. En los viajes que pueda hacer ya tengo –tenemos- la oportunidad de descubrir y admirar otro elemento. Sobre todo porque de lo que podamos ver descubriremos algo más que un llamador, cual puede ser las costumbres y preferencias de los distintos focos urbanísticos.

 

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