San Martín de Trevejo, un destino para los viajeros

          En el extremo noroeste de la provincia de Cáceres (Extremadura, España) se encuentra la comarca de Sierra de Gata, un territorio lleno de contrastes, con pueblos ubicados sobre valles que poseen un microclima que favorece la existencia de una variedad extraordinaria de cultivos y que, a su vez y como algo a valorar en los tiempos que corren, presentan una arquitectura tradicional que agradece la vista acostumbrada a las ciudades desarrolladas. Caminos espectaculares sobre sendas que presentan paisajes ondulados hacia las llanuras, apropiadas para el senderismo, y que vienen marcadas por la historia de una tierra fronteriza con Portugal. Un conjunto de montañas graníticas y pizarrosas que se prolonga hacia el oeste del Sistema Central, adentrándose en el país vecino.

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       A este paraje llego por una de esas casualidades que presenta el devenir de lo que acontece cada día, para recalar en uno de esos pueblos que como joyas protegidas no se muestran más que para quién los busca con el deseo de descubrir la esencia de lo bello y natural. Estoy en San Martín de Trevejo, un hermoso pueblo situado entre Las Hurdes y la frontera portuguesa, del que se dice que se trata de un destino de viajeros y no de turistas por aquello de que cualquiera que sea el origen se precisa muchas horas de viaje prácticamente desde todas partes. Posiblemente fuera cierto en tiempos pretéritos, pero hoy todo parece mostrarse más cercano y la villa es visitada con asiduidad por viajeros y turistas que huyen del mundanal ruido. Cuando llegas, encuentras un paraje rodeado, entre otras especies, de castaños y robles, caracterizado por su actividad agrícola (principalmente basada en el olivo), y ganadera (caprina casi en su totalidad).

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       Lo recóndito del lugar provoca que ostente un conjunto patrimonial y paisajístico único, con una particular y bien conservada arquitectura (reconocida por el galardón que ostenta de Conjunto Histórico Artístico) que se rodea de empedradas calles por las que fluyen originales regatos con cristalinas aguas procedentes del Jálama. Pero además tiene identidad propia por conservar a lo largo de los siglos un dialecto propio, “A Fala”, también llamada mañegu o xalimés, que algunos atribuyen un origen galaico-portugués y que únicamente mantienen tres municipios extremeños vecinos (Eljas, Valverde del Fresno y San Martín de Trevejo). Un dialecto que está presente en los nombres de las calles, en los carteles de las tiendas y sobre todo en las conversaciones que mantienen los lugareños. Casi con toda probabilidad, la condición de aislamiento que caracterizaba a estos lares en tiempos pretéritos, puede haber contribuido en gran medida a la conservación de este tesoro lingüístico único en el mundo y declarado “Bien de Interés Cultural” por la Junta de Extremadura. No obstante lo que se arguye, “A fala” no es, en puridad, portugués ni gallego ni tampoco astur leonés sino, probablemente, conforme nos dicen sus habitantes, es una mezcla de todo ello, incluso con reminiscencias del castellano antiguo y del ladino sefardí. Es posible que la mezcla de todas estas arcaicas lenguas hayan conferido a este habla un sincretismo único.

       Los vestigios que tiene confirman que la localidad estuviera poblada ya en tiempos del Bronce final. Después, los romanos no obviaron el lugar y dejaron su impronta como así lo demuestra la calzada que serpentea la sierra. Más tarde, los bereberes ocuparon el lugar para legar las técnicas del cultivo, tan importantes para la economía de la comarca.

     La zona fue reconquistada por el rey Fernando II de León en el siglo XII, para entregarla a la Orden de San Juan de Jerusalén en 1184. Esta parece ser la fecha de fundación histórica de San Martín, que nacería como aldea de la Encomienda de Trevejo. Por la tradición vitivinícola de la zona, fue denominada inicialmente como San Martín de los Vinos, apelativo que fue cambiando por el de San Martín de Trevejo en la redacción del fuero que le fue concedido en 1230 para acelerar la repoblación de esta localidad fronteriza.

        Ya en 1520, cuando estalló la guerra de las comunidades, la villa se mantuvo al lado del monarca Carlos V, quien le otorgo el título de “Muy Noble y Leal”.  En 1642, con la Guerra de Independencia de Portugal, el pueblo fue arrasado hasta el extremo que hubo que construirlo de nuevo, ya en zona más alta.

        Hasta 1833 la villa perteneció a la provincia de Salamanca, a partir de cuya fecha, con la reorganización territorial producida, fue traspasada a la entonces recién creada de Cáceres.

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       Cuando te aproximas al pueblo empiezas a advertir que la villa es pequeña y aconseja que los vehículos queden aparcados para deleitarte con el paseo por sus calles y rincones. Enseguida la arquitectura tradicional, caracterizada por sus casas en tres niveles. La planta baja, a boiga, destinaba antaño como bodega o para albergar al ganado doméstico, está formada por grandes muros de granito; de este material son también los escalones o poyos que salvan el desnivel entre la calle y la puerta de acceso a las casas. Los pisos superiores, tienen una fachada adelantada hacia la calle, que se sostiene sobre vigas de madera. El primer piso destinado a la vivienda y el segundo a almacén. Destacan también las robustas puertas con grandes cerrojos.

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      Pero algo más podemos encontrar como característico de San Martín de Trevejo. Se trata de los tozones, que son los bordes de las vigas de madera que sobresalen de numerosas casas hacia la calle y que se encuentran labrados con rostros humanos.

         Ya en el centro neurálgico de esta población encontramos la Plaza Mayor, única plaza existente en el pueblo, con un sublime suelo empedrado y un trazado irregular, en la que se encuentra el Ayuntamiento, la Torre-Campanario y la Casa del Comendador de la Orden de San Juan de Jerusalén. Y en el centro, el pilón o fuente realizada en roca granítica y creada en el año 1888.

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       Los dilatados soportales que se encuentran en los lados este y sur de la plaza, recorren la fachada de dos edificios que amparan el Ayuntamiento y un conjunto de viviendas de la localidad respectivamente.

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       La emblemática torre-campanario de la antigua iglesia (destruida en la guerra de Independencia de Portugal) es del siglo XVI. Exhibe el escudo de armas del Emperador Carlos V, lo que puede suponer la fidelidad que mantenía la villa al monarca.

       En la Casa del Comendador moraba el Balío de la Encomienda de San Martín de Trevejo, residiendo en esta casa los comendadores a cargo de la misma que se sucedían en el tiempo. De este modo, y mediante el sistema de diezmos, los vecinos mañegos debían abonar la décima parte de sus pertenencias a la Orden de San Juan de Jerusalén.

      Es momento de comer y, para ello, existen diversas posibilidades. Una opción es acudir a El Duende del Chafaril, que ocupa un rehabilitado casón de piedra del siglo XIX y que conforme un hotel rural que cuenta con un completísimo spa.

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       Muy próxima a la Plaza Mayor se encuentra ubicada la Iglesia de San Martín de Tours, que concluyera su construcción en el año 1653. En el interior de sus tres naves los mañegos salvaguardan uno de sus más preciados tesoros: las tablas del ilustre pintor Luis de Morales “El Divino”, que representan al Padre Eterno, San Miguel y San Matías, y que datan de la década de 1570. No se conoce cómo pudieran llegar a la villa estas tres tablas de las que parece que formaría parte en algún tiempo de un retablo de gran tamaño. El retablo mayor es del siglo XVIII que preside el ábside del templo. Otros dos retablos del mismo tiempo custodian un lienzo de Santo Domingo de Guzmán.

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    Y en el ábside de la Iglesia se encuentra otro tesoro histórico, cual es un preciado sepulcro que aparece custodiado por dos escudos que salvaguardan, para la eternidad, al matrimonio que contribuyó económicamente a la construcción de este portentoso templo.

        Una vez recorrido este pintoresco pueblo, a las afueras (a unos 500 metros) podemos ver el convento de San Miguel, hoy convertido en hospedería de la Junta de Extremadura, y de cuya construcción original sólo se conserva la iglesia y la torre. Se dice que fue el propio San Francisco de Asís quien, al pasar por el Alto de Santa Clara –que unía Extremadura con Castilla- y ver el sitio, señalo el lugar donde habría de levantarse un eremitorio. En 1454, el Padre Nicolás V autorizó la construcción del imponente convento convirtiéndose, desde su fundación, en foco formativo para toda la comarca, impartiendo estudios de Teología Moral y Gramática. Se mantuvo bajo la custodia de los padres franciscanos hasta el año 1836, en que fueron expulsados con la desamortización.

convento

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   Posteriormente capuchinos y jesuitas ocuparon el monasterio, hasta que finalmente fuera convertido en hospedería, con una construcción modernista que, sin duda, brindará la oportunidad de ensalzarlo o criticarlo, según los gustos propios que pueda tener cada uno. Particularmente, me hubiera agrado encontrar otra rehabilitación más apropiada a su historia. Pero es una mera opinión personal.

       En sus inmediaciones encontramos una bella Ermita, de la Cruz Bendita, que forma parte del conjunto arquitectónico-religioso que define la villa. Es portadora de la imagen más venerada del lugar y que le concede su nombre: la Cruz Bendita. De reducido tamaño, custodia un retablo barroco del siglo XVIII.

    Desde este lugar, la extensión del valle muestra la faceta más hermosa de la naturaleza, propicio para recrearse con la imagen y culminar este relato. Si he conseguido que penetre en el lector la curiosidad de conocer el sitio, me sentiré satisfecho. Seguro que no defraudará a quienes se aproximen al lugar.

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