La dehesa de Extremadura

       Las características de cada región aparecen reflejadas en sus paisajes, en sus elementos singulares naturales que les identifican y que les hacen adquirir protagonismo propio. Claro que la extensión del territorio que abarquen puede hacer aparecer distintos contrastes que deberían descubrirse para poder opinar con cabal conocimiento.

       Mis raíces se encuentran en Extremadura, una fracción de terreno español de dimensión considerable, a la que vengo dedicando una gran parte de mis entradas en el blog por aquello de que es de bien nacido el ser agradecido. Y yo lo soy a la tierra que me permitió ver la luz. No creo que este sentimiento pueda ofrecer duda alguna.

        Y en este territorio encuentra una fisonomía propia la dehesa. Porque Extremadura es dehesa, lo que se concibe como un paraíso ecológico por contar con uno de los ecosistemas mejor conservados de Europa.

        Un término que proviene del latín defesa (defensa), que hace referencia al terreno acotado o vallado para el libre pastoreo de los ganados transhumantes mesteños que recorrían el suroeste español, y que data de épocas remotas. Su desarrollo está ligado en parte al avance de la Reconquista, muy especialmente desde el siglo XIII, cuando los ganaderos locales empezaron a vallar sus fincas para cerrar el paso a los rebaños de la trashumancia.

         Pero la realidad de lo que es y representa la dehesa merece reconocerse desde una doble perspectiva. Porque si bien puede concebirse desde la dimensión de aprovechamiento de sus recursos para la explotación agro-ganadora, es esencial al concepto entenderlo como un ecosistema constituido por especies arbóreas del género Quercus (encinas, alcornoques o quejigos ligados a la producción de bellotas) y el estrato herbáceo para pacer. Especies ganaderas (cerdo ibérico, oveja merina, vacuno retinto….) y fauna silvestre (águila real, águila imperial, nutria, jabalí, ciervo, …) encuentran en la dehesa un auténtico refugio natural que no ha variado con el paso de los siglos. Un sistema agroforestal, que permite una explotación equilibrada y no abusiva de los recursos naturales.

        Con una extensión de 2,2 millones de hectáneas, la dehesa de Extremadura viene a atribuir a Europa una riqueza inigualable. El clima y las características propias de las provincias de Cáceres y Badajoz resultan envidiables para las explotaciones del cerdo ibérico, como ya acostumbraran los romanos afincados en las cercanías de la Vía de la Plata. Porque como se ha dicho, el buen jamón huele a dehesa.

        Pero a quien busque naturaleza no cabe la menor duda que pasear por estos entornos les hará imbuirse en el ensueño de la felicidad. Aun cuando no son pocos los momentos que he pasado por distintos puntos de esta grandiosa dehesa extremeña, hoy lo hago en la finca de El Toril, propiedad de Caja Rural de Extremadura, a la que agradezco me haya permitido entrar en su extensión para disfrutar de lo mucho que ofrece. Cercana a la capital emeritense, su perspectiva bien merece esta entrada y recoger algunas muestras fotográficas de su saludable entorno. Para que pueda advertirse la belleza de unas tierras que hay que conocer con la profusión que merece.

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        Aun cuando lo natural no está reñido con el avance y la progresión. Porque a pesar de las carencias a las que puedan relegarnos quienes abusan de un pueblo pacífico y leal, también encontrarán los visitantes elementos que permitan satisfacer otras pretensiones complementarias a las de la naturaleza. Descubrir para opinar.

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