Saber retirarse a tiempo

          No tengo la menor duda que una retirada en el momento oportuno es una virtud que ensalza a quien la realiza. Desde tiempos inmemoriales, y salvo aquellos considerados como suicidas, los grandes dirigentes militares han medido históricamente sus fuerzas y han sabido detectar el momento en que era inútil el sacrificio de mantenerse en posición de ataque. Igual ocurre cuando uno comprueba que su faceta de liderazgo pierde fuelle. A veces, en las distintas facetas de lo cotidiano, las personas se ofuscan para seguir en una posición en la que claramente se detecta que están desplazados y se respira una necesidad de cambio.

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          Porque, por lo general, cuando las personas se apoltronan en lo bueno es difícil que hagan dejación de sus poderes para volver al terreno plano. Las alas favorecen el vuelo y a seguir pensando que siempre se dispondrá de la fuerza necesaria para mantener la altura. Y aunque siempre he dicho que volar alto es lo que permite la supervivencia para que no te lluevan las bofetadas que se dan en el vuelo raso, no es incompatible saber ponderar el momento de conocer que se cumplen etapas en la vida como para decidir el momento de pasar a otra nueva.

        El tránsito favorece la personalidad en tanto que se sale con la cabeza alta y el agradecimiento de aquellos con los que has podido estar estrechamente vinculado. Pero si agotas el tiempo, puedes salir bastante trillado. Tu imagen y entrega anterior puede quedar tan diluida como para que se te recuerde exclusivamente por ese instante final.

       El ejemplo dado por el hasta ahora entrenador del Real Madrid, Zinedine Zidane, merece resaltarse. Sabedor de que termina una etapa, decide darla por concluida en pleno éxito y no esperar a que el silbato del árbitro quede minimizado por el genérico que venga de las gradas. Tan encomiable como para darnos una inyección de moral a cuantos pensamos que así debería ser en general. Al igual que esos otros que, estando en la cumbre, deciden dar paso a otros para que la llama siga viva. Ejemplos los tenemos en muchos de esos famosos deportistas o artistas que finiquitan su éxito actual para engrosar el mundo de los que inician el ascenso en la escalera de otro nuevo objetivo.

           Como el empresario de realce que decide dar paso a sus herederos más próximos para que prosigan en la empresa antes de que pueda ser tarde. Mejor estar presente y conocer cómo se suceden los acontecimientos y poder brindar la opinión o sugerencia si se les pide.

           O por esa apreciada norma que limita en los cargos públicos a los titulares que los ocupen, para que nadie se considere eterno en la poltrona y cubra su etapa lo suficientemente despierto como para evitar que el tiempo coma y haga olvidar los deseos que se tenían de cumplir con lo comprometido.

       No veo, en cambio, esa misma predisposición en los políticos que se aferran a la poltrona de tal forma que convierten el escenario en un parque jurásico, aburriendo a un electorado que le gustaría ver recambios para que, si realmente somos conscientes de que sean unos representantes del pueblo, lo sean con la participación actualizada deseada. Pero no, es más cómodo estar pelando la pava y esperar a que el electorado o algún atrevido deseoso de poder revolucione el sistema y nos mande fuera del escenario político. Con esta convulsa actuación permitimos que al aburrimiento del pueblo conviva con los linces que se aprovechan de la situación, en una incertidumbre que no estará exenta de pasar la oportuna factura.

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          España vive imbuida en la necesidad del cambio. Es una opinión y por tanto, y con toda seguridad, expuesta a críticas y otras visiones que serán de respetar, pero que al menos me permiten decir que la hago desde la absoluta neutralidad de quien ocupa la posición privilegiada del torero, con los brazos y la barbilla puestas en el burladero para divisar lo que se ve en el albero.

         No voy a entrar en detalles sobradamente conocidos por todos y de los que se hace eco el mundo periodístico. Lo que quisiera decir es que quien quiera ayudar a este pueblo soberano debería pensar que hay ya muchas caras que merecen que se les recomiende una tranquila retirada a sus aposentos. Retirada 3Porque si no saben retirarse a tiempo merecen el impulso del desplazamiento obligatorio. A unos agradeciéndole el esfuerzo y dedicación realizada y, a otros, con el reproche del abuso con el que vienen haciendo gala en detrimento de una imagen corporativa y social que no merece este pago.

         Los tiempos actuales no son fáciles, y las señales que aparecen dan claro síntoma de un sarampión que debe pasarse. Obligatorio para recapacitar…y para cambiar. Esperemos que los acomodados sientan el aliento del pueblo. Y lo que pide una afición desencantada.

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