La formación del universitario

         La metodología educativa viene experimentando una evolución acorde con los tiempos que corren, en los que particularmente cobra especial relevancia las ya no tan concebidas como nuevas tecnologías, por aquello de que se encuentran tan arraigadas al devenir de cuanto acontece en nuestras vidas que parece resultar un imposible moverse sin hacer uso de estos medios puestos a nuestro alcance. La era de la tecnología de la información y la comunicación entró con fuerza y no solo está llamada para quedarse definitivamente, sino para progresar con cada vez más contundencia y convertirse en algo fundamental y necesario para sobrevivir en cualquier ámbito que se plantee.

 

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          No hay duda que merece considerarse como plausible este avance, permitiendo no solo a los jóvenes sino también a los que no somos tanto progresar en nuestros conocimientos, por aquello de que una mera descripción de la pregunta y un simple clic permite obtener una rápida respuesta a las interrogantes, favoreciendo con todo ello la mejora intelectual que de otro modo sería casi un imposible alcanzarlo. Qué decir de ese derroche de literatura que nos podemos permitir por tener al alcance unas redes sociales que lo posibilita, para volcar cuanto deseemos decir porque siempre hay alguien presto a leerlo y  apiadarse del esfuerzo con un generoso like.

         Ocurre que a veces te encuentras con sorprendentes avances que conmueven. La tarea formativa es objeto de una permanente revisión para aprovechar todo lo que favorezca la mejora de la enseñanza. El mundo universitario es, en particular, un ejemplo claro y manifiesto de cuanto digo.

        En las universidades clásicas, del tipo de la enseñanza presencial, sus aulas han experimentado un cambio sorprendente. De la masificación estudiantil y la docta lección magistral del insigne profesor universitario, se ha pasado a la participación activa del alumnado, reduciendo grupos y conviniendo evaluaciones periódicas para un mejor y cabal conocimiento en la relación del discente con su profesorado. A veces, la formación on line es un resorte que conmueve la sociedad, y ya ese maestro hace desaparecer su faz física para convertirse en un transmisor tecnológico. El estudiante cada día se acerca menos a las aulas. Los campus muestran un cambio sorprendente, tanto como para que parezca que no hay estudiantes. Eso sí, la tecnología cubre el vacío.

Un informe de la Universidad Oberta de Cataluña (UOC) advertía que aquellos centros que no se adapten a las nuevas dinámicas desaparecerán. «Los principales investigadores consideran que se acerca un tsunami», dijo el director del eLearn Center de la UOC, Lluis Pastor, al presentar el estudio.

        Junto a ello, otros elementos intervienen por igual. La internacionalización es ya vital en esta tarea formativa. Los intercambios de alumnos entre países favorecen sobremanera ese espíritu abierto que debe tener el estudiante para enfrentarse a la sociedad…y al mundo que los acoge. Antes, al menos así ocurría en España, el complejo cundía en los ciudadanos y también en los estudiantes. Salir de nuestro entorno era una mera entelequia a la que se temía. El desconocimiento de lo ajeno y de los idiomas desaconsejaba cualquier aventura. Hoy ya es una realidad que la globalización ayuda sobremanera y los programas que gestionan las universidades para favorecer la salida de los españoles y llegada de estudiantes extranjeros constituyen un pilar necesario de toda política universitaria que se precie de seguir lo que exigen los momentos presentes. El “cortijo” ya no tiene futuro para la docencia ni tan siquiera para los profesionales que están al frente, obligados por igual a salir del recoveco de la comodidad de la “mesa camilla”. Con la movilidad, aprenden los estudiantes y también los profesores.

La internacionalización de las Universidades no es un fin en sí mismo o una moda pasajera, sino la consecuencia de una competitividad global basada en el conocimiento, en la mundialización de la oferta educativa y en la preparación de los estudiantes para ser protagonistas de una sociedad compleja, dinámica y global, así como contribuir a su progreso social, cultural y económico

Grupo de expertos de Studia XXI

        La enseñanza universitaria también ha virado en lo que debe inculcarse al estudiante. Como digo, ya se queda corto el entendimiento de antaño en que el discente acudía a la universidad para recibir una enseñanza formativa que ensanchara su mente, que la abriera para dar cabida al conocimiento de lo que constituía su aprendizaje en el campo que fuera. Pero la imbricación de la universidad con la sociedad y con el mundo empresarial obliga a rediseñar la formación. El título académico se convierte en algo necesario pero no es suficiente. La empresa busca algo más y la universidad debe favorecer esas exigencias. Las habilidades, la formación cívica, el conocimiento de idiomas, el espíritu que irradian las personas, su capacidad de insertarse en grupos sociales, de integrarse en equipos de trabajo, de favorecer el entusiasmo, de descubrir el liderazgo, son ejemplos claros de lo que se desea descubrir en cualquier entrevista de trabajo.

         Las exigencias se multiplican y la universidad debe proporcionar mecanismos para que el estudiante conozca y desarrolle su personalidad. Quien no quiera enterarse de este cambio, o la universidad que vuelva la espalda a esta dirección obligatoria, está condenada a la sanción que le brindará la sociedad y a la fuga de estudiantes que buscarán con ahínco los lugares más apropiados para conseguir este resultado. Máxime cuando los lazos territoriales ya no constituyen obstáculo alguno.

          Ocurre que en esto de los avances hay que estar también muy atentos al camino que se siga pues tanto de inconveniente tiene pasarse como no llegar. Hay universidades que están tan volcadas en la tecnología como para que el entorno universitario y lo que tiene de bueno la relación humana quede totalmente en entredicho. Al final se busca lo mercantil, el negocio, y con pocos recursos se puede brindar una enseñanza que, aunque fehacientemente acreditada en un título universitario, es claramente deficiente en el proceso de formación seguido.

       Y cuidado con la progresión tecnológica que impida al alumno aprender y desarrollar su intelecto. En esto soy especialmente cauto, en una apreciación que es enteramente personal, sobre el alcance de la concebida como inteligencia artificial. Sí, esa automatización con redes neuronales artificiales que casi suplen ya a la inteligencia humana y que se introduce en la enseñanza universitaria para que el estudiante no pierda tiempo en conocimientos y vuelque su entusiasmo en la manera de convenir los planteamientos que le lleven a conseguir un resultado, a la resolución de problemas y al aprendizaje combinando técnica y habilidad en el uso de los medios. Vamos que de convertirse en un medio complementario puede llegar a convenir los resultados sin mayores esfuerzos que saber combinar las fórmulas.

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       Lo que diferencia principalmente a la inteligencia humana de la inteligencia artificial es que ésta no cuenta con inteligencia emocional, pero su progresión está tan arraigada que va por el camino de pensar y actuar racionalmente, bien emulando el pensamiento lógico racional de los humanos, como imitar de manera racional el comportamiento humano.

       Y lo que todavía parece no entenderse lo suficiente es que la etapa del estudiante universitario es vital para que se adquiera conocimientos que le permitan acudir al mercado de trabajo para laborar sino también para que completen una educación que le facilite la integración en la sociedad y en los equipos humanos de trabajo. El que sale de la universidad con el autismo único de la inteligencia no va a hacer que el mundo mejore en lo que igualmente precisa para avanzar y progresar como sociedad cívica.

          Algunas universidades, generalmente privadas, convienen una enseñanza donde las humanidades se convierten en herramienta fundamental para la formación de cualquier estudiante universitario, incluidos los que profesan enseñanzas técnicas. Parece que la cuestión llama la atención, y por ello mismo bien podría pensarse en esa faceta humana que debe tener el futuro profesional que salta a una sociedad tan necesitada de educación cívica. Despertar la actitud del estudiante para incrementar su potencial que favorezca el servicio a la sociedad se convierte, a mi entender, en un claro objetivo a perseguir.

La Universidad mexicana de Monterrey incluye un período obligatorio de servicio social, que consiste en completar un total de 480 horas en instituciones autorizadas por la Universidad, durante un período mínimo de seis meses y máximo de un año, y cursar 20 horas en un Taller de Formación Social que tiene por objetivo sensibilizar y despertar la conciencia crítica de las necesidades mundiales y fomentar la participación activa en el desarrollo sostenible de su entorno.

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         En definitiva, un mundo universitario cambiante que exige esfuerzos para adaptarse a lo que se precisa. Todo ello en un contexto donde los conocimientos, la tecnología, el desarrollo personal y cívico deben constituir premisas a las que debe necesariamente acogerse. Al menos así creo que exige la sociedad actual.

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