Troia (Portugal), belleza natural

         De nuevo en la península de Troia para apreciar su belleza natural. En mi última visita tuve ocasión de relatar diversos aspectos de la estancia [ver mi entrada: Por la península de Troia (Portugal)], y ahora me propongo conocerla en el recorrido que pueda hacer caminando para llegar a divisar otros aspectos dignos de resaltar de este paraíso.

          En una estancia igualmente corta he intentado mantener un contacto pleno con ese paraje natural que representa Troia y alrededores, tanto como para hacer realidad esa expresión latina conocida como “Mens sana in corpore sano”, extraída de uno de los poemas satíricos escritos por el autor romano Décimo Junio Juvenal (a caballo entre los siglos I y II d.C.). Y verdaderamente el esfuerzo ha merecido la pena, tanto como para que mi fiel compañera -la cámara fotográfica- pueda ser testigo excepcional del camino seguido y que me propongo relatar.

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        El primer trayecto que hice fue desde casi la punta de la península, que era lugar de estancia, hasta las ruinas romanas que existen a unos ocho kilómetros de recorrido y que nunca antes había tenido la oportunidad de conocer.

 

          Lo hago siguiendo ese camino hábilmente diseñado para que sirva de paseo a caminantes y ciclistas, hecho con la meticulosidad que siempre muestran las construcciones portuguesas y que tanto debían servir de ejemplo a otros países. Entre pinares y dunas se circula dejando de lado a las bellas estancias del campo de golf existente en las inmediaciones. No se puede omitir que Troia es un destacado destino de golf, y en el Troia resort se encuentra el “Troia Golf Championship Course”, uno de los mejores recorridos de golf del país con 18 hoyos, y en el que se han celebrado importantes competiciones.

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         Ver cómo aprovechan este entorno los aficionados visitantes es por sí mismo motivo de deleite que no desaprovecho para goce visual, como también de esos espectadores que me miran con cierta curiosidad cuando me encuentro con ellos

 

          Prosigo el camino hasta llegar al punto que te hace desviarte e introducirte ya en plena zona protegida, dicho sea por serlo en el Área Verde de Reserva Natural que está limitada en el acceso de personas y vehículos, sin que la osada mano del hombre haya intervenido más que para hacer un camino de casi cuatro kilómetros y llegar así a la margen izquierda del río Sado, en la cara noroeste de la península de Troia, perteneciente al municipio de Grândola, parroquia de Carvalhal.

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         Las espectaculares vistas del entorno hacen que haya sido una buena idea el recorrido a pie, tanto como llevarte la grata sorpresa de quienes sabían que ibas por ese paraje, sumamente vigilado desde el cielo por los continuos helicópteros que pasaban.  Y digo sorpresa por el hecho de que al llegar a la entrada del recinto que conserva las ruinas romanas, se me indica que tenía un descuento sobre el precio normal  de entrada por haber llegado caminando y, por tanto, favoreciendo la naturaleza que tanto quieren preservar. Digno de elogio.

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      He llegado así a la punta que acoge una franja de arena que separa el estuario del Sado del océano Atlántico, aunque como se indica, probablemente en la época romana este banco de arena sería un cordón de islas en una de las cuales se construyó la Troia romana. Quizá este lugar fuera en su momento la isla de Achale, referida por el escritor latino Avieno.

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          Ha sido a lo largo de los siglos cuando las mareas han ido sacando a la luz lo que estaba sepultado, y de esta manera ir descubriendo las numerosas construcciones romanas en una extensión de casi dos kilómetros que demuestran la existencia en el lugar de un asentamiento de importancia, cuyas ruinas fueron clasificadas como Monumento Nacional en 1910 y como área non aedificandi a finales de los años 60 del siglo pasado.

          Se trata de uno de los más interesantes conjuntos de fabriles de transformación y conservación de pescado no sólo del territorio peninsular sino del Imperio Romano. Se construyó a inicio del siglo I d.C. y ocupado de forma ininterrumpida hasta el siglo VI d.C.

         El complejo se convirtió en un poblado de carácter urbano, formado no solo por múltiples “factorías de salazones” de tamaños muy diferentes, sino también por casas, termas, cementerios, un mausoleo y una basílica paleocristiana, construida a finales del siglo IV o inicios del V.

 

 

        La localización en un lugar donde la pesca era abundante, la calidad de la sal excelente y la disponibilidad de ánforas para el transporte, gracias a la ubicación de una gran cantidad de hornos de producción en la orilla derecha del Sado, hicieron que Troia se convirtiera en una potencia en la exportación de salazones y salsas de pescado, como el famoso garum, realizada con vísceras fermentadas de pescado que era considerada por los habitantes de la antigua Roma como un alimento afrodisiaco, solamente consumido por las clases altas de la sociedad.

         Pude comprobar que lo ahora conocido debe ser una mínima parte pues no faltaban grupos de jóvenes que ayudan a descubrir numerosos edificios que permanecen todavía soterrados.

        La curiosidad me lleva a conocer el detalle de esos estanques (llamados cetarias), de forma cuadrangular o rectangular, forrados de opus signinum (una construcción que consiste en tejas partidas en trozos pequeños, mezcladas con cemento, y luego golpeadas con un pisón) y estancos, alineados alrededor de un patio central y que formaban un conjunto de estructuras y espacios que aseguraban la continuidad del ciclo de producción. En las inmediaciones de estas cetarias aparecen unos pozos de boca circular para el abastecimiento del agua necesaria para la salmuera.

 

       En cuanto al área residencial, recibe el nombre de “Rua de Princesa” y fue excavado por primera vez allá por el siglo XVIII. Se trata de viviendas de uno o dos pisos que forman bloques separados por calles. Aquí se han recuperado mosaicos de opus vermiculatum (que consiste en un método de colocación de teselas para resaltar el contorno alrededor de una figura) y la decoración parietal de pinturas al fresco.

         Ya a la salida continúo hasta el extremo de esta franja de terreno y divisar  el extraordinario paisaje que brindaba todo el entorno. Desde aquí, vuelta al punto de inicio.

       El segundo trayecto que realizo lo es ya por la zona marítima, divisando en su plenitud esas playas de arena fina que con sus 18 kilómetros de longitud la convierten en una de las extensiones costeras más amplias de todo el país. El trayecto da muestra de todo el entramado de pasajes construidos en sintonía con el entorno natural y que favorece el mantenimiento sin afectar a la vegetación autóctona que se protege con sumo cuidado.

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      El trayecto me lleva hasta el moderno puerto deportivo, que muestra una interesante actividad acuática, tanto como para convertir el lugar en un destino ideal para la práctica del windsurf, la vela y el deporte de moda de la actualidad, el paddle surf.

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         Más que mis palabras, es la cámara fotográfica la que puede permitir que aquí plasme las bellas imágenes captadas en este delicioso paseo.

 

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        Hasta aquí mi relato, que espero no sea el último de este paraíso natural al que deseo volver en cuanto tenga otra ocasión.

2 comentarios en “Troia (Portugal), belleza natural

  1. Luis-V. Pinheiro

    Precioso y documentado reportaje. Te animo a seguir viajando y disfrutando de la fotografía, una forma de acercar a los demás tan estupendos paisajes (sin que se note mucho que me tira la tierra de mis ancestros). Gracias.

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