Vivir sin una guitarra

          La vida está repleta de sueños, de deseos que se cumplen y otros que quedan ahí, envueltos de la utopía o pendientes de una voluntad que no siempre se tiene. Parecería que me estoy refiriendo a esos sueños difíciles o casi imposibles de conseguir porque la magnificencia de lo pretendido se superpone a cualquier voluntarioso intento humano. Pero no, a veces el deseo desenfrenado no es tan ilusorio como se cree, por ser fácil de convertirlo en realidad si se pone un poco de empeño en ello. Ocurre, sin embargo, que el paso de los años actúa de losa que impide el movimiento, porque aunque se diga que nunca es tarde para hacer lo que se quiere, el discurrir del tiempo es una rémora para la vagancia en el intento.

          Entre las nimiedades que uno ha soñado y no ha podido ver realizado está el de vibrar mi cuerpo acariciando la curvatura de una guitarra. Desde muy joven, cuando uno dejaba crecer el pelo y acercarse a la visionaria imagen de los bulliciosos componentes de grupos musicales que, al decir de nuestros ancestros –presos de los tonos musicales clásicos- porreaban los instrumentos musicales, he sentido el fuerte deseo de tener una guitarra que me permitiera suavizar mis oídos y permitir que mi voz tatareara en su compañía los éxitos del momento.

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         Por fuerte que fuera mi deseo, tan siquiera me atrevía a sugerir a los Magos de Oriente que me facilitaran el camino. Era tanto mi respeto al instrumento musical que me parecía un atrevimiento intentar disponer de él, amén de una imposibilidad de realizar el aprendizaje necesario para ello. Mi consuelo quedaba viendo a los que, afortunados en la vida, podían sentir el consuelo de acariciar a la amada querida. Mis ojos han brillado lo suficiente como para seguir soñando con lo que ahora, cuando miro mis manos cambiadas con el devenir de los tiempos, sin la destreza que en otros momentos hubieran tenido, me hacen considerar que se trata de eso que llaman un amor imposible, de esas cosas que se han dejado para el futuro y que, cuando llega, convierten en presente lo irreconciliable que resulta con el aquí y ahora.

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         Qué agraciados han sido aquellos que, como el gran cantautor Sabina, hace público que cuando tenía 14 años el rey Melchor se lo hizo bien con él al traerle una guitarra, para que aliado a ella, comenzara a “trazar versos llenos de odio contra el mundo y los espejos”. Tal declaración llena de entusiasmo la hacía recientemente en el VII Congreso Internacional de la Lengua Española celebrado en la ciudad argentina de Córdoba. Aunque supusiera que dejara de lado la Física y las Matemáticas, amén de otras disciplinas igualmente relevantes, no cabe la menor duda que llenó su corazón y permitió que aflorara un talento envuelto de melancolía para cantarle a, pongamos que digo Madrid, por algo más de 19 días y 500 noches. Y nosotros, sus aficionados, disfrutar de la esencia de la música, la prosa y el verso, aunque todavía queden gente como él, que buscan la rima como parangón de la melodía.

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          Para los que nos ha tocado vivir sin una guitarra no queda más que emular el suave toque de cuerdas en ese apasionado sueño que permite disfrutar de noches no enturbiadas con negros nubarrones. Esos sueños que hacen posible lo imposible.

       Aun cuando la resignación nos haga ver –o sentir- a esos Magos de Oriente merodeando en la distancia, no quita que siempre quede vivo el sentimiento porque, aunque parezca mágico, vivir sin una guitarra no supone que se haga sin sentirla.

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2 comentarios en “Vivir sin una guitarra

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