Transitando por la vida: pájaras de verano

             Resulta sorprendente comprobar cuánto cuesta construir y lo poco que hay que hacer para dejar en el vacío y olvidado lo bueno realizado. El esfuerzo, el sacrificio, suele ser una constante para avanzar e intentar conseguir esos objetivos que te marcas, sea en lo laboral, familiar o en cualquier otra faceta lúdica o formativa que te propongas. Si nos ponemos a ver, la mayor parte del tiempo de nuestras vidas lo es aspirando a algo, haciendo lo humanamente posible para conseguir la meta que siempre vemos y tenemos puesta en el final de cada trayecto que abordamos, intentando mejorar y devorar tus propios resultados anteriores. Como si de una competición deportiva se tratara.

          Así, poco a poco, normalmente con la compañía de las personas que aparecen para hacer más llevadero el camino, se construye un proyecto de vida que pretende dar seguridad y confianza. Los años van pasando y el confort personal parece reforzarse, dicho sea en la lógica de un trayecto que se realiza con la normalidad que permite la vida. El caso es que esos muros que fortifican tu entorno se advierten cada día más sólidos, marcando un cerco recio mientras que las fuerzas te permitan seguir erguido.

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           Pero también es una realidad que no siempre se muestra todo tan pacífico como para alcanzar fácilmente lo buscado. El discurrir de la vida conlleva laberintos y dificultades que vete tú a saber quién los pone, pero que a la postre sortearlos no resulta fácil. A veces tropiezas, aunque tu energía permite sobreponerte y seguir, en la misma línea, con el mismo deseo, fruto muchas veces también de quienes te van empujando en el camino, para favorecerte en la medida de sus posibilidades, con el esfuerzo de todos, el perdón sin reparo, y el recuerdo que sirva para no desfallecer. Todo un entresijo de compromisos que son los que permiten avanzar, seguir adelante.

          Mientras las fuerzas comunes existan, y los compromisos se mantengan, se soportan las caídas y se sanan las heridas que pudieran haberse producido.

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          Ocurre que otras veces las caídas producen un daño difícil de sanar y restablecer. Lo negativo aflora en el túnel que ha tocado atravesar y, en ocasiones, se hace interminable. Cuesta ver la luz que pueda dar por finalizada esa oscuridad que se vive. Más cuando divisas que, en estas circunstancias, el camino lo realizas casi en solitario.

          Esto es lo que nos hace comprender que vivir es un lujo, un premio que recibimos, y aprovecharlo es una opción posible que solamente corresponde a cada uno decidir cómo hacerlo. Mejor no omitir la posibilidad de generar bienestar, cabalgando con la compañía y el compromiso de quienes contribuyan a hacerte feliz. O estando en el lugar apropiado para dejar de lado lo que no pudiera convenir a tu bienestar. La decisión parece advertirse no sin las dificultades que pueda entrañar. Eso sí, divisando el camino con los ojos bien abiertos, aprendiendo de nuestras propias experiencias. Acercándose a los que nos aportan lo positivo y manteniendo distante cuanto perturbe la paz interior. Dando el amor necesario y sin rencor alguno hacia los demás. En todo caso, y aquí está lo complicado de asumir, siendo honestos consigo mismo y con los demás (vid. al respecto mi entrada anterior Un valor humano: la honestidad).

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           Con estas palabras, que no dejan de ser más que una muestra de esas pájaras que pueden aparecer en momentos determinados, de las que tanto hablan los ciclistas cuando les cuesta pedalear, intento convencerme y convencer que la vida muestra la faceta que queramos ver. Si buscas oscuridad, seguro que la encuentras, basta con salir a la calle y ver cuanto de negativo tiene -o que tú lo adviertes así-. Si quieres felicidad, dale la vuelta a la moneda porque salir a la calle y ver la luz es ya motivo de alegría. Un día más, o uno menos, según se mire, pero saborear las mieles de cuanto de positivo podamos encontrarnos es un claro síntoma de tener paz interior. No parece que sea tan difícil. Más bien parece una cuestión de voluntad. Pero hay que tenerla, o poderla tener, claro está.

 

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