Ruta por Badajoz que fusiona naturaleza y cultura patrimonial

        Practicar el senderismo viene a ser una de las actividades que permite conocer la naturaleza en su plenitud, para disfrutar a pulmón abierto con los coloridos paisajes que muestra cada época del año. Ocurre que, por el ingenio de ciertas entidades que organizan eventos de este tipo, se puede compaginar la faceta lúdica de integrarse en la naturaleza con la cultural que supone conocer el patrimonio de las localidades por las que se transita. Senderismo deportivo y cultural, todo un conjunto que favorece la práctica por parte de muchas personas.

         Mi última experiencia ha sido bajo el auspicio de la empresa Naturalmente Badajoz, que ha permitido disfrutar de una interesante jornada de reflexión con una ruta en la que se ha fusionado una parte del patrimonio de Badajoz y las maravillas naturales de su entorno.

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          Con buena temperatura otoñal, la denominada Ruta de Patrimonio y Naturaleza comienza en ese conocido y transitado parque del Guadiana, concretamente en el quiosco-bar conocido como El Muelle del Guadiana, situado en la orilla derecha del río junto al Puente de Palmas, saboreando unas deliciosas migas extremeñas para coger fuerzas de cara a emprender el recorrido. Un lugar de paseo para los badajocenses, puesto en funcionamiento en el año 2015 y que es el más utilizado por los lugareños de cualquier edad, que permite disfrutar de sus singulares valores paisajísticos y los modernos equipamientos deportivos y de ocio que tiene instalados.

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      Tras cruzar por los bajos del Puente de La Autonomía, seguimos el paseo fluvial dirección a Gévora, por las inmediaciones de la orilla del río, divisando desde la lejanía la bella estampa que representa el recinto de 8 hectáreas de superficie, la Alcazaba árabe badajocense, levantada sobre el Cerro de la Muela, declarada Monumento Histórico-Artístico en 1931, considerada como una de las más grandes del mundo y que representa el origen de la ciudad de Badajoz.

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           En breve, siguiendo el Camino Viejo de San Vicente que discurre en paralelo a la carretera de Cáceres, nos adentramos en una zona conocida como La Pesquera, un lugar donde confluyen el río Guadiana y su afluente el río Gévora en la salida de Badajoz para Cáceres y en el que se encuentran tres edificios con su propia historia por ser un pasado no muy lejano de la ciudad y que ahora aparecen abandonados a su suerte, aunque no por ello deja de visitarse. Se trata de la antigua fábrica de la luz, el molino de los Moscosos y la harinera.

          Al primero de ellos precede el denominado Canal de los Ayala, que servía para conducir el agua desde La Pesquera hasta la fábrica, de modo que al pasar el líquido por las turbinas se generaba electricidad y proseguía su curso.

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      Fue a principios del siglo XX, entre 1905 y 1910, cuando surge en Badajoz la necesidad de adaptarse a los tiempos y contar con electricidad al igual que sucedía en otras ciudades del territorio español. El proyecto privado supuso que se generara la electricidad en este lugar aunque había que trasladarla a la otra orilla que es donde se ubicaba la ciudad, y para ello se construyeron en las orillas y el propio lecho del río unos pilares que sostenían las torres del tendido eléctrico, aunque de los veinte que en su momento existieron tan solo uno puede advertirse ahora. De esta forma se llevaba la electricidad hasta las proximidades de la conocida como Ermita de Los Pajaritos para luego ramificarse a toda la ciudad.

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        El molino es una construcción de tres pisos, de los que sólo la planta baja pertenece a la estructura original. Su existencia parece remontarse al siglo XVI, y se mantuvo activo hasta principios del siglo XX, cuando se desviara el curso del río para que pasase por la central hidroeléctrica, y que hizo que el molino perdiera su función y fuera sustituido por las panificadoras que comenzaban a aparecer.

          En su entorno se habilitó una pequeña presa que permite que el cauce del río Gévora vuelva a pasar por él, de modo que hace recrear su estado original y sirve de improvisada piscina.

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         La singularidad de la fábrica y el molino junto al entorno natural, hace del lugar un sitio ideal para rehabilitarlo y darle valor, como se reivindica por asociaciones y cuantos visitamos el lugar y apreciamos el potencial de uso que pueda darse.

        La ruta continúa, siguiendo la senda del río Gévora por un lugar de belleza extraordinaria, cuyo punto fuerte es la biodiversidad. En la orilla se encuentran fresnos, chopos o sauces dentro del bosque de galería, lo que permite que haya sombra en los alrededores. Las ramas se inclinan sobre el agua y dan un paisaje característico, el conocido bosque de ribera con su vegetación autóctona. Otra singularidad es que sus aguas presentan una calidad apreciable por su recorrido alejado de las poblaciones, lo que permite que se encuentren especies endémicas de la cuenda del río badajocense.

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         Así proseguimos hasta encontrarnos de lleno con el denominado Puente de Cantillana, construido entre 1531 y 1535 por el corregidor Pedro de Espinosa, siendo arquitecto e ingeniero de las obras Gaspar Méndez, ejecutor de la mayor parte de las obras de equipamientos y servicios, remodelaciones urbanísticas y similares que se llevaron a cabo en el silo XVI en Badajoz (Puerta de Palmas, Catedral, murallas de la ciudad). También se le conoce como Puente de Carlos V, por producirse su construcción en tiempos de este emperador.

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          Se trata de una construcción de ladrillo y piedra, de 220 metros de largo y diecisiete arcos. Tiene diez metros de altura y una anchura de 3,8. Fue realizado con dos vertientes, con la mayor elevación en el centro. Cuenta con pretiles de algo más de un metro y a ambos lados dispone de estribos y tajamares de diferentes estructuras y materiales, aunque predominan los de piedra, con planta triangular y remate escalonado.

         La historia de este puente refleja las distintas situaciones bélicas que se produjeron en la ciudad. Su voladura en la guerra con Portugal en 1658, la guerra de Sucesión, la Batalla de Gévora durante la guerra de la Independencia. Sin olvidar las bruscas riadas que le dañaron varias veces a lo largo de su historia.

        En la actualidad presenta un avanzado estado de deterioro, con grietas en los arcos y agujeros en la pasarela, con el más que evidente riesgo de derrumbe. Daños provocados por la vegetación y las raíces de los árboles en pilares y firme de la plataforma del puente. Siendo reconocida la propiedad por parte del Ayuntamiento de Badajoz, se espera que se cumpla el compromiso de su restauración.

        En 1992 se retiró la plaza que se conservaba en el pretil, que fue trasladada al Museo Arqueológico Provincial para garantizar así su conservación. En ella se puede leer literalmente lo siguiente:

La ilustre ciudad de Badajoz mandó hazer esta puente con la bellota del común. Izola en cuatro años Gaspar Méndez reinando el católico emperador don Carlos I. Acabola el año que el gran turco le uio la batala en Túnez.

         La referencia a la bellota es interpretada por los historiadores en el sentido de que fue sufragado con el dinero de la venta de las bellotas de las fincas comunales de entonces.

        Tras esta visita, prosigue la ruta con vuelta para tomar la Cañada Real Sancha Brava con dirección al Fuerte de San Cristóbal, que forma parte del recinto abaluartado de la ciudad de Badajoz, del que se dice que ha sido una de las mejores obras que potenciaron el sistema defensivo medieval de la ciudad, por su fenomenal construcción militar defensiva catalogada como Bien de Interés Cultural.

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          Fue construido en el siglo XVII durante la Guerra de Restauración portuguesa (1640-1668), siendo el primer elemento que se realizó de todo el sistema abaluartado. Su composición está estructurada siguiendo las teorías defensivas de construcción popularizadas por el ingeniero militar francés Vauban. La principal misión era proteger la ciudad fronteriza.

           Tiene una curiosa forma rectangular y consta de dos pequeños baluartes y dos semi-baluartes unidos mediante una gola aspillerada. Las murallas están dotadas de un foso revestido. La parte de la muralla que une los dos baluartes está protegido por un revellín. Estaba dotado con cañoneras para doce cañones y capacidad para unos 300 fusileros. En su interior alberga el Centro de Interpretación de Fortificaciones de la Frontera, ubicado en la antigua casa de Comandancia del fuerte.

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        Tras esta visita cultural nos lleva a caminar nuevamente para atravesar por la superficie el Puente de la Autonomía y llegar a la Alcazaba. Conocer su historia es ya motivo para disfrutar recorriéndola y, en particular para visitar las Torres de Santa María, la de los Acevedos y la enigmática y popular Espantaperros.

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       La Torre de Santa María, recientemente restaurada y visitable, fue la primera catedral de Badajoz. Hoy es un mirador de la ciudad al estar situada en el punto más alto de la Alcazaba y, se duda si lo es de la ciudad desde que se construyera el edificio Siglo XXI en la cabecera del Puente Real. Las vistas que ofrece son extraordinarias, desde sus almenas, construidas ya con posterioridad por parte de los militares que se instalaron en este lugar para acoger el hospital militar, aunque esta parte no tuviera uso alguno.

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          Subir la torre no es fácil, con escalones altos y espacios estrechos e incluso hay puntos donde los techos son bajos. Propio de lo que puede concebirse como un campanario. Pero merece la pena para conocer la ciudad desde una vista que permita dimensionarla en todas las direcciones.

            De aquí a la otra torre que se encuentra justo enfrente a la referida. La Torre de los Acevedos venía siendo reconocida en períodos recientes como la torre del Obispo, por entender que aquí se encontraba el antiguo palacio episcopal de la ciudad. Pero los estudios e investigaciones recientes demuestran que no es así. Se trata de una casa-fuerte propia de la Edad Media en Badajoz, de la que únicamente se conserva esta torre hueca, que tras su rehabilitación ha permitido recuperar el enlucido del edificio, esto es, la decoración exterior de la piedra. La parte alta es blanca, como dicen los expertos era el edificio antes de degradarse.

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          También ha recuperado sus ventanales, y su interior cuenta con una estructura de madera que permite ahora visitar la parte alta del edificio. Un lujo asomarse a su terraza y ver Badajoz a su alrededor, conjugando el panorama con su vecina y próxima torre de Santa María.

         Finalmente nos encontramos con la Torre de Espantaperros, la más monumental y destacada de todas las torres albarranas que tiene la Alcazaba. Su nombre de antaño era el de torre de la Atalaya, aun cuando es reconocida por ese llamativo nombre de Espantaperros que viene dado como consecuencia del agudo tañido de la campana que tuvo en otro tiempo y que para los más benignos representaba la huida de los perros cuando repuntaba su estridente sonido, y para otros, con un conocimiento mucho más cabal suponía la llamada a la retirada de quienes no eran cristianos que se llamaban a la misa.

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          La fisonomía de la torre recuerda mucho a la Torre del Oro de Sevilla, aunque esta fuera posterior a la de Badajoz y edificada tomando a ésta como modelo.

       Construida en argamasa y tapial, tiene una altura de 30 metros, con planta octogonal, coronada por su cuerpo cuadrangular, avanzado unos 25 metros sobre la cerca principal, a la que se une mediante un lienzo amurallado, propio de lo que caracteriza a las torres albarranas. Sirvió en otro tiempo para vigilar y dominar el arrabal de La Galera, que se extendía a sus pies.

      No me extiendo más en estas descripciones que pueden verse con mayor profusión y detalle en otras entradas del blog, a las que invito que se visiten para conocer cuanta historia tiene esta gran ciudad de Badajoz.

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      Se concluye aquí esta ruta que ha permitido conjugar la naturaleza y el patrimonio de Badajoz y parte de sus inmediaciones, y qué mejor forma de celebrar el resultado final con una bebida refrescante en plena Plaza Alta, con el bullicio propio de quienes acuden a ella para adentrarse y divertirse en el casco antiguo de la ciudad. Un día fantástico y una ruta que puede hacerse fácilmente por quienes muestren interés en este tipo de actividades, lugareños y visitantes.

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