Desde el eco de una habitación vacía

        La sucesión de acontecimientos que conlleva la vida hace que se vayan concluyendo etapas que han sido decisivas en el devenir cotidiano. Llegas así a un punto de inflexión en el que se abre un nuevo proyecto de vida, quizá el último de los que miden tu permanencia vital pero que por ello no deja de ilusionarte por cuanto pueda suponer de novedoso y dejar atrás lo que de negativo haya podido tener la etapa anterior.

       Aquí y ahora me encuentro en un día difícil de definir y de explicitar. Es evidente que si algo te ha acompañado durante casi toda la vida ha sido lo laboral, por aquello de que hay que contribuir para sostener la necesaria convivencia y el mundo en que vivimos. Tanto que de esas veinticuatro horas del día gran parte las consume el trabajo, sea con autonomía propia o con la dependencia por cuenta ajena, supeditado a quienes tengas por encima o a la productividad exigida y con las obligaciones y responsabilidades que te haya tocado asumir. Qué decir de esa implicación en el trabajo que se extiende más allá de la jornada laboral, en un cómputo que mejor no despejarlo, y que enturbia esa otra parte de jornada que se dice es para dedicarla a la familia y al ocio pero que, a decir verdad, no lo son por entero. La cabeza sigue laborando, entregada al problema o proyecto del momento, y te hace disponer de más tiempo para dedicarlo al ferviente deseo de intentar concluir o despejar las incógnitas de lo que llevas emprendido.

         El tiempo más propio de cada uno lo es cuando dormimos. Somos nosotros mismos, con esos sueños tan extensos como nos venga en gana pero que, a veces, se conmueve por la pesadilla de turno o el agobio laboral que la mente se empeña en convertir en protagonista de la noche. Así día tras día, mes tras mes, año tras año, prosiguiendo en la carrera de lo profesional, la que nos empecinamos en seguir con toda la intensidad que se pueda, incluso restando otras horas familiares para formarte, para querer saber más, ser mejor.

         Tras casi cuarenta y cinco años en esa vorágine llega un día en que, como si todo hubiera pasado en un suspiro, vas vaciando el despacho con lo que tienes de pertenencia propia hasta el extremo que por un momento el eco aparece. Se va quedando vacío ese espacio de edificación que has hecho tuyo, y así va feneciendo el tránsito por lo laboral. Miras alrededor y la mente ya se encuentra presa de los recuerdos, únicamente interrumpidos cuando llegan buenos compañeros, esos que, como los amigos de verdad, se cuentan con los dedos de las manos, y que aparecen con ojos brillantes para desearte lo mejor. No falta el refrescar alguna vivencia tenida conjuntamente. Cualquier tiempo pasado parece mejor. Va pasando el día y por un momento algo revolotea por el interior. Parece que es un día más y el consuelo lo encuentras pensando que lo que viene puede ser mejor, a modo de premio a la entrega hecha anteriormente. Lo concibes como una realidad que te favorece a ti y a quienes desean tenerte más tiempo cerca, para compensar algo ese tiempo anterior donde no parecía posible parar y dedicarte a vivir la vida propiamente.

         Pero el revoloteo interior tiene algo de pesar, de sentimiento por dejar a quienes han merecido la pena compartir horas de trabajo. También porque sientes que el eco de la habitación tiene más calado del que parece. Representa el vacío que envuelve también alguna turbia tempestad que haya sacudido el camino.

         Como la misma vida en que todo parece comenzar con el nacimiento, uno entró a la institución que le ha acogido tantos años desde la soledad de hacerlo por ti mismo, con la valentía que da una juventud que te empujaba para hacerte fuerte, sin importar en absoluto cualquier tipo de rivalidad. Aún recuerdo ese primer día y mi encuentro con el jefe de personal, una persona que hacía gala y será recordado siempre como un profesional de los pies a la cabeza. Con el tono campechano que le caracterizaba me preguntaba qué sabía hacer. Curiosa pregunta que envolvía todo una trampa del que quería conocer tus habilidades, tan actual ahora mismo como para permitirte pensar en lo avanzado de quien nada más verlo aparecía como un líder y no un jefe, aun cuando por aquellos entonces no fuera concebida con nitidez esa distinción.

         Salgo ahora por la puerta de la casa con la que he compartido amor y dedicación. Con total honestidad y sentido de responsabilidad que me inculcaron mis padres. Lo hago tras cerrar ese despacho cuyas paredes podrían decir tanto. Con la soledad que progresivamente he ido teniendo en los últimos meses. Porque aun cuando físicamente lo haga en estos momentos, la jubilación profesional parecía que se me había impuesto tiempo atrás. Quizá para que me fuera acostumbrando a la plácida vida del retiro.

         En esa salida sí hubo alguien que representándose a sí mismo dejó bellas palabras que impulsan mi nuevo proyecto de vida. Miro al cielo y veo ese color que envuelve lo bello, y al frente un mundo entero por descubrir. Seguiré la estela, me dejaré llevar acompañado de los seres queridos, y quedo atrás el amor profesado a la que ha sido mi casa, y dejo diluir lo turbio para tener siempre presentes a los que han compartido alegrías y penas con la bondad de un compañerismo sano. Agradezco a Dios que haya puesto en mi camino a esos hombres y mujeres que estuvieron cuando los necesité y me dieron la amistad necesaria para que lo laboral se convirtiera en algo más que la presencia en un recinto vacío de sentido.

jubilación1

        Me adentro en el aire fresco de un mundo por descubrir. Con la libertad de hacerlo en lo que llene mis sentimientos. Y poderlo contar. No faltarán para ello las entradas que siga haciendo en el blog.

        Nada mejor  para hacer este relato que concebirlo con el fondo de una canción de Sabina, “Ahora que….” Aconsejable sin duda.

….

Cuando me voy

Ahora que estoy más vivo
De lo que estoy
Ahora que nada es urgente
Que todo es presente
Que hay pan para hoy
Ahora que no te pido
Lo que me das
Ahora que no me mido
Con los demás
Ahora que, todos los cuentos
Parecen el cuento
De nunca empezar

2 comentarios en “Desde el eco de una habitación vacía

  1. Luis-V. Pinheiro

    Ahora es cuando empieza la verdadera vida, una vida diferente a lo conocido, a la que nos ha hecho “ganar el pan con el sudor de tu frente”. Ahora empieza la vida merecidamente recibida. Ahora empezarás a vivir. Viaja, disfruta, conoce gente diferente, en la diversidad está la virtud, y cuando la enfermedad no te permita, revive lo vivido, comparte experiencias vitales. Mientras tengas con quién hacerlo, vivirás para siempre. Mis palabras se quedan cortas para expresar mi sentimiento. Larga vida. Prosperidad. Mis mejores deseos para que disfrutes de una nueva vida. Salud.

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