La democracia en peligro

Los recientes acontecimientos que se han producido en el Capitolio de los Estados Unidos de América, auspiciados por el tenebroso Donald Trump, no deja de ser una muestra más de ese fenómeno que vive el mundo occidental que se conoce como populismo, y que denota que nos encontremos ante unos momentos en los que, como se ha podido decir con acierto, existen movimientos dispuestos a reventar la arquitectura de la democracia liberal que viniera desde el siglo XVIII. No se trata, pues, de unos accidentales sucesos acaecidos por descuido de energúmenos que se lanzan al ruedo para desvirtuar la esencia del espectáculo político democrático, sino de movimientos nacidos en pleno siglo XXI, muy diferentes a otros que bajo el simbolismo del popularismo se perpetraran en el siglo XIX, y que tienen una carga de profundidad a las que no podemos dejar de lado sin afrontar la situación con la atención que precisan, so pena de llegar tarde al resquebrajamiento institucional para dejarnos caer en los brazos de una parte de la sociedad resentida, catalogada como víctima, y de ahí que se legitime el derecho de venganza contra un sistema de castas al que se considera responsable de la corruptela democrática por gobernar a espaldas del pueblo.

En España el fenómeno pudimos verlo desde ese famoso 15M (reconocido como el movimiento de los indignados acaecido el 15 de mayo de 2011), cuyo grito popular pudimos oírlo con intensidad: “Que no, que no, que no nos representan”, en clara confrontación con el gobierno y modelo de representación instituido. Puede claramente advertirse que en todos estos movimientos populistas brota la idea común de plantear un modelo de democracia alternativa a la preexistente, bajo ideologías que pueden ser tanto de derechas como de izquierdas pues el interés es el que predomina, cual es usar una retórica divisoria.

Siempre está presente la apelación que se hace al pueblo, al que se trata de devolver su protagonismo mayestático. Por ello, se busca el vínculo directo sin mediaciones institucionales, un tipo de democracia directa, no representativa. La soberanía del pueblo debe verse plasmada mediante una forma amplificada de referéndums. Esta vocación supone para los populistas que el pueblo se encuentre en permanente movimiento para la defensa activa de su esencia.

Suelen funcionar con un líder carismático, que actúa directamente en nombre del pueblo al que apela sin necesidad de intermediarios, por considerar que los modelos clásicos de representación parlamentaria imperante en las democracias existentes son una pantalla, una artimaña, que lo único que hacen es quitarles la voz. Un claro objetivo está presente en estos movimientos, y que resulta ciertamente contradictorio con sus propios postulados demagógicos. Actuando como modelo antisistema no puede entenderse cómo se esfuerzan por llegar al poder, o acercarse a él, y así puede advertirse en la actual configuración gubernativa española.

Más bien pudiera entenderse que aceptan las reglas temporalmente, en tanto les sirvan de resorte para llegar a cambiarlas, situación claramente detectable en España cuando se enfatiza todo un interés en torno al texto constitucional de 1978, cuya legitimidad se pone permanente en duda como marco común de nuestra convivencia. La crítica a la Carta Magna es de raíz, por considerar que se trata de un texto que “legitimó que los vencedores de la Guerra Civil no fueran los perdedores de la restauración democrática” (así lo apunta J.M. Lasalle en su obra “Contra el populismo”). La venganza, el resentimiento, está muy presente en el modelo populista español y de ahí el peligro que representa si se deja llevar por el estado pasional de la demagogia y la ceguera en su pretensión, rebasando los límites para oponerse a todo lo que supone su ímpetu vengativo.

El problema se agranda en el pospopulismo, cuando incardinados en partidos pudieran llegar al poder, o acercarse a él por la actitud pasiva de los que no quieren verse inmersos en su frente de ataque. Porque a la postre esa conjunción de sujetos políticos conduce inexorablemente al fiasco de una democracia participativa que ya se ve herida seriamente.

El pueblo actúa y el pueblo debe responder para reconducir situaciones y estados que, sin pretender legitimar corruptelas, amparen una democracia que tanto trabajo ha costado consolidarla, porque su cambio por otro modelo conduciría inexorablemente a un totalitarismo o unas dictaduras de corte marxista, que no parece que sea la voluntad mayoritaria de los ciudadanos españoles, como tampoco la de otros estados inmersos en este fenómeno universal que supone el populismo.

Claro que para ello, habría que actuar con la concienciación del peligro presente y no confabulándose con esos movimientos populistas camuflados en el interior del sistema y que no van a reparar en morder la mano de quien se las tiende. A menos que se pretenda y persiga el mismo objetivo. El tiempo dirá lo que quieren unos y otros. Pero la alarma ya se ha podido avistar en los recientes acontecimientos producidos.

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