Cada cual a lo suyo

Resulta consustancial a la vida que nos haga parecer como seres inmutables al paso del tiempo y que consideremos estar aquí más allá del marcado para nuestra existencia física. La cuestión es que vivimos envueltos en ese dinamismo que lleva a perder mucho tiempo en cosas triviales para hacerlo irrecuperable cuando dejamos de dormitar despiertos.

La suerte que se tiene es que cuando se deja la vida también queda atrás el conocimiento de lo que pueda ir sucediendo con posterioridad, aunque podemos intuirlo viendo los casos próximos que se producen. Desde el fanático momento de vanagloriar a la persona difunta se produce una especie de caída en picado para ir viendo desaparecer su esencia y vivencias. Era y fue son dos palabras que manteniendo sintonía desprenden fugaces expresiones de lo que acontece. Hasta dejar todo atisbo de recuerdo.

Y si esto es lo que se dice que es la ley de la vida, hay vivencias que te hacen sopesar lo que sucederá cuando dejes de pisar el suelo. A veces compruebas como, por diversas circunstancias, se deja de estar en el sitio que se ocupaba y, poco a poco, se te va apartando para obviar que todavía estás en el mundo. No son pocos los casos donde los hijos y familia empiezan a olvidar antes de tiempo. Quizá por aquello de que pueda ser un impedimento para ellos que deban o se vean en la obligación de prestar algo más de atención. Mejor dejarlo ir en la lejanía para no enturbiar el camino placentero que cada uno se ha montado.

Puede comprobarse esta aseveración en los casos de esos padres y abuelos que por edad parece que dejan de ser útil a descendientes poseídos del natural desenfreno de su alocada carrera hacia su propia felicidad. Pero tampoco hay que irse al caso extremo. Ante tempus, también aparece la situación cuando por esos vaivenes de la vida hacen caer a alguno en desgracia o simplemente no siguen el patrón deseado, en unos momentos en que fluye todavía el jolgorio familiar sin turbulencias que lo hicieran tambalear, y el amor parezca fluir con intensidad, con lazos que pudieran considerarse indestructibles.

Ya no será lo mismo para el resto de congéneres que la normalidad se distorsione y surjan nubarrones precisados de disponer de un paraguas para sobrellevar lo que se viene encima. En la medida de lo posible será certero comprobar cómo la persona desafortunada va perdiendo sitio en el entorno que antes lo acogía con entusiasmo. La soledad en el afectado irá apareciendo poco a poco para instalarse cómodamente cuando ya todo discurra para los cercanos con la naturalidad de no querer tener compromisos que obliguen a romper la belleza de sus vidas.

Porque sí amigos, la vida es bella en sí misma, pero como puede advertirse lo es por lo que representa su natural discurrir en su perspectiva global. Sin embargo, la realidad conlleva escenas nada desdeñables en las que se instala el dolor y la aprehensión de padecer en silencio. Nada hay como saber el terreno que se pisa y con qué reglas se juega, porque así se afrontará mejor y se evitará sufrir en demasía con los desengaños. Aunque no deje de doler este proceder de los humanos y sea difícil encontrar explicaciones lógicas a muchas de las situaciones que vemos cercanamente. Si bien siempre habrá que agradecer las excepciones que, por fortuna, rompen la regla.

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