El temor al folio en blanco

Cuando afrontamos el propósito de manchar ese folio en blanco que tengamos a nuestro alcance para depositar en él parte de lo que pensamos, exteriorizando lo que queremos decir, estamos realmente haciendo un acto de valentía en tanto que supone de riesgo al ser conocidos por los hipotéticos lectores que, como es obvio, tienen la posibilidad y legítimo derecho a criticar o valorar conforme al entender de cada uno suponga la lectura. Es por eso que esa mente perversa que siempre gusta de estar en zona de confort, de comodidad y poco riesgo, intenta impedir que se den los pasos necesarios para emprender la que podríamos calificar como una apasionante aventura.

Saber escribir, en su concepción genérica, viene a ser una habilidad aprendida por toda persona en su época escolar y que, como es natural, se da por hecho independientemente de la profesión o actividad que se profese de adulto. Supone una «necesidad» para desenvolverse en la vida y que nada insufla en los potenciales aprendices como para hacerlo pensando en ser escritores afamados.

Una cosa es saber escribir para defenderse en lo cotidiano, para comunicarse con los demás, y otra plasmar lo que se piensa, exteriorizar lo que queremos decir pero que silenciamos hacia los demás. Aparece aquí ese recelo, esa inseguridad en sí mismo, por lo que algunos califican como escritura «a solas», que ya comienza desde la adolescencia, con esos diarios que tanto acogen o esos exuberantes poemas que casi siempre traslucen sentimientos puros procedentes del corazón y que rezuman amor. Con el paso del tiempo, estos textos que plasman sentimientos o vivencias acaban siendo destruidos por sus mismos autores, temerosos que pudieran caer en otras manos y hagan ver la luz a lo que duerme en las penumbras.

Qué decir de esos otros tiempos ya fenecidos en los que el intercambio de cartas entre enamorados era toda una muestra de desenfreno pasional, y cuan dolorosos podían resultar esos ojos extraños que penetraran en una intimidad tan arraigada a dos personas para desvelar lo que debería ser una profanación de lo más reservado por ultrajar sentimientos amorosos. No era de extrañar que de producirse las rupturas de los novios conllevara el protocolario acto de devolución recíproca de sus cartas, como muestra de la cortesía y respeto hacia la relación mantenida.

Afortunadamente, los tiempos actuales conminan a que se pierdan esos temores a plasmar por escrito lo que se siente en el interior, y mucha culpa de ello tienen las redes sociales, tanto como para que pudiéramos trasladar a este campo lo que en su momento dijera el pintor holandés Van Gogh: «No temo al lienzo en blanco. Creo que él debería temerme a mí». Pues eso, hoy es casi generalizada la aceptación de exteriorizar lo pensado y escrito, en unos medios puestos al alcance y que amén de suponer una ventaja por la flexibilidad en las formas y la alta interactividad con otras personas que nos dan opiniones válidas a nuestro propósito, también lleva el inconveniente del uso desmedido y despiadado por quienes escriben sin moderación, sin respeto y volcando la agresividad que tienen para desahogo personal.

Con todo, seguir potenciando la posibilidad de escribir me parece una agradable ventaja social, tanta como pueda suponer para los hipotéticos lectores que estén prestos a no dar meros likes gratuitos sin entrar en el contenido de lo transcrito por los emisores de lo escrito.

Apunto ahora hacia los lectores, tanto a los que hacen de esta faceta un placer más que brinda la vida, como para los que opten por no leer, por ese «no me gusta leer» que algunos muestran como legítima opción y a los que hay que respetar. No seré yo el que siga el dictado de un famoso escritor, Javier Cercas, que en reciente entrevista que se le hacía apuntaba una frase que se destacaba: «Cuando alguien me dice que no le gusta leer le doy el pésame». Más bien me parece que todo el mundo no tiene que seguir unas mismas pautas, como tampoco tienen que ser todos los que practiquen deporte por lo beneficioso que es para la salud. La libertad personal debe imperar.

Sí me gustaría apuntar que a veces estos hipotéticos «no lectores» traen en la mochila malas experiencias. En recientes investigaciones llevadas a cabo sobre la enseñanza en la adolescencia, se concluye que en España, por centrarme en el país donde vivo, viene manteniendo una enseñanza que en torno a la lectura lo es «historicista», haciendo ciertamente complejo que amar la lectura provenga de conocer a los clásicos, por mucho que culturice estos estudios. En Francia, por citar otro ejemplo, se ha cambiado este sistema y la lectura de los libros contemporáneos ha permitido que los adolescentes muestren una inclinación favorable a proseguir con ese hábito.

También parece muy conveniente que se rompan hábitos que para nada favorecen. Eso de mantener la lectura de un libro que nos está resultando soporífico es, simplemente, un despropósito. La lectura debe ser un placer y si no se consigue pues lo mejor será devolver ese libro a la estantería para proseguir con otro que pueda cumplir nuestro propósito. Estoy convencido que siempre se encontrará la lectura que atienda a las inclinaciones de cada uno y que hagan «engancharse».

Vuelvo nuevamente a la cita de Javier Cercas, en este caso para identificarme con su postulado. Defiende el escritor a los que dejan discurrir lo escrito sin resaltar la autoría, porque a veces el autor quiere volcar tanto su palabrería como para hacer infumable la lectura. El público en general no es un colectivo de premiosa academia, sino de cultura popular, de la que se vive en el día a día y la lectura conmina a generar vocabulario y comprensión lectora. Pretender que a todo el mundo le llenen las palabras sinónimas rebuscadas no hace sino presagiar el desenlace final de la huida del lector. Me congratulo con una lectura como la que pueda hacer el escritor Arturo Pérez Reverte, cuya afinidad léxica con el pueblo llano no impide lo resaltado de la obra y su avidez y viveza académica. No hay que hacer pagar al lector el esfuerzo que ha supuesto al escritor conformar sus frases, sino facilitar la continuidad lectora.

Dicho cuanto antecede no quisiera concluir sino acudiendo a la unión de estas dos palabras que favorecen y ayudan a la progresión de la cultura. Escribir y leer conforman un modo de vivir placentero que, sin ser obligado para todos, ayudan a enriquecer la personalidad. Una frase que me vino a la cabeza y que he incorporado como lema propio del blog personal que tengo, porque creo que comprende un deseo que cualquiera debiera meditarlo para sí: «Lo que me gustaría contar, merece ser escrito». Lo oral se diluye, lo escrito permanece. Un campo abierto para todos.

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