Lisboa, la ciudad de las siete colinas

          Lisboa es un privilegiado enclave ribereño en el estuario del Tajo, que custodia en sus siete colinas algunas de las joyas más preciadas de la arquitectura portuguesa. Bella y luminosa, es una ciudad de contrastes, y en ella me adentro para saborear sus rincones y barrios populares.

          Estamos ante una ciudad que ha recibido muchas y diferentes culturas venidas de lejanos parajes a lo largo del tiempo. Pero una evidencia que merece destacarse es el famoso terremoto que sacudió la misma en el año 1755, acompañado por el terrible incendio que le siguió, y que determina que existiera un antes y un después en su fisonomía. Artífice de la reconstrucción fue el Marqués de Pombal, que propició el diseño que hoy mantiene.

           El río Tajo es el telón de fondo, a modo de “hall” de la ciudad, con unas escaleras de mármol que salen del río en la Baixa (parte baja de la ciudad) para desembocar en el restaurado Cais das Colunas y la Praça do Comércio. En la Baixa las calles discurren paralelamente hasta desembocar en la ancha Praça do Rossio, centro tradicional de actividades y el punto de arranque de la columna vertebral de la ciudad, la avenida da Libertade, amplio bulevar de tres vías que desagua en la zona más concurrida de Lisboa.

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           En la Praça del Comercio hay que detenerse para divisar esa enorme explanada. Fue proyectada en 1758, y alzada en el espacio del antiguo Terreiro do Paço, situado a la vera del Tajo. Está constituida por sencillos elementos arquitectónicos, y perfilada como un recinto de arcadas sobre pilares macizos dominado por dos torreones elevados en las salas perpendiculares al río. Todo el conjunto, limitado al sur por un evocador embarcadero abierto al estuario, el Cais dos Colunas (Muelle de las Columnas) y al norte por un arco triunfal que da acceso a la Rua Augusta y que dispone de un ascensor. La plaza se halla presidida por una estatua ecuestre del rey José I, que simboliza la culminación del impulso reconstructor que configuró la Lisboa moderna bajo la dirección del Marqués de Pombal.

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          Atravesando el arco del triunfo y caminando por la calle Augusta llegas a otra plaza llena de hermosura: la Plaza del Rossio o Plaza de Don Pedro IV, que culmina con el Teatro Nacional de Doña María II. La Plaza es de planta rectangular, constituida por dos hermosas fuentes y en su centro la monumental columna que constituye el monumento a Pedro IV, emperador de Brasil y rey de Portugal que otorgó a los portugueses una Carta Constitucional en 1826. Todo el recorrido desde la Plaza del Comercio viene constituido por el singular elemento que constituye la pedrería del suelo, de forma irregular, en colores blancos y negros. En la propia Plaza, la curvilínea del diseño produce unos efectos visuales espectaculares.

          Eso sí, a mediados del trayecto, si tienes paciencia para soportar la cola, y pagas el billete oportuno, puede subir a un hermoso elevador, el de Santa Justa, también conocido como Elevador do Carmo, un atemporal ascensor de estilo neogótico, de 45 metros de altura, que es un privilegiado mirador en plena Baixa. La cola de personas deseosas de subir me hicieron desistir de intentarlo.

 

           Cercana a esta Plaza se encuentra otra igualmente bella, la Plaza de Figueira, en un espacio delimitado por viejas viviendas de techos abuhardillados. Preside la plaza le monumento al rey Joáo I, estatua ecuestre levantada sobre un gran pedestal de piedra adornado con las armas de Portugal. Es un homenaje a la figura del que fuera proclamado rey de Portugal en 1385, vencedor de las tropas castellanas en Aljubarrota y conquistador de Ceuta.

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           Junto a la Plaza está la singular Iglesia-Convento de Sáo Domingos. Fundada en el siglo XIII, hasta el siglo XVI fue objeto de continuas reformas, quedando destruida tras el terremoto de 1755 y un incendio en 1959. Hoy se divisa como un destello del antiguo esplendor que tenía, bajo una fachada austera y elegante. Tengo que decir que visitarla me causó una profunda impresión, al divisarse las secuelas que presenta por estas incidencias que ocurrieron en la capital lisboeta.

 

           Al este de la ciudad Baja se yergue el Barrio de Alfama, la parte más recia de la ciudad, donde apretadas y tortuosas callejuelas descienden hasta el río formando un auténtico laberinto. En lo alto, sobre la colina donde se levantaron los cimientos de la primera Liboa, el castillo morisco de Sáo Jorge domina la ciudad. A sus pies descansa la alba y severa iglesia de Sáo Vicente.

            Para llegar al Castillo se puede utilizar el carismático tranvía 28, que conserva la fisonomía de antaño y que te evita el.sacrificio de enfrentarse a esas empinadas cuestas que te lleven a lo alto de la colina. Pero nos atrevimos al paseo a pie, por aquello de ir viendo cuanto se presentará en el camino. Y, efectivamente, este recorrido merece la pena viendo simplemente el ajetreo de la gente y el ambiente de la zona. En este paso llegas a conocer la Iglesia de Santo Antonio,  iniciada en 1767 y finalizada en 1812, erigida sobre la vivienda donde nació y vivió el santo. El Papa Juan Pablo II estuvo presente en estas estancias para venerar la cripta.

          Y, justo a continuación aparece Sé-Catedral, uno de los monumentos más emblemáticos de Lisboa, y también de los más antiguos. Importante son sus robustas Torres gemelas almenadas que recuerdan una fortaleza. Fue mandada construir por Afonso Henríques, primer rey de Portugal, en 1150, después de la cruenta conquista de la ciudad a los musulmanes, y está enclavada sobre la principal mezquita que entonces había en Lisboa.

 

         A pesar de haber quedado gravemente afectada por el seísmo de 1755, y de las obras de remodelación barroca y otras recientes y menos felices, aún quedan sólidos vestigios románicos tardíos y góticos, y su aspecto es de una gran sencillez, con su rosetón y sus dos ampararnos gemelos. De la época de su fundación todavía quedan diversos testimonios como el pórtico que da acceso al templo, en el que se pueden ver los que se tienen como mártires de Lisboa del siglo IV, Júlia, Máximo y Veríssimo. El interior forma una típica cruz latina con tres naves.

         En la subida te encuentras con dos maravillosos parajes. El Mirador de Santa Luzia, situado en lo que debió de ser una suave colina inclinada hacia el litoral y constituye uno de los observatorios urbanos de mayor encanto de Lisboa. Aledaño a la iglesia que le da nombre, está integrado por un espacio ajardinado, y limitado al sur por una barbacana sobre un desnivel. Desde sus bancos se vislumbra una amplia y clara panorámica de los barrios orientales ribereños del Tajo. Y, como no, en estos lares no faltan esos artistas que hacen la delicia de todo el mundo con sus acuarelas que simbolizan los trayectos de tranvías por la capital portuguesa.

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          Pero justo después aparece otro mirador, el de Portas de Sol, un lugar magnífico para descansar un rato, tomarse un café en el quiosco que se ubica en la zona, justo al lado de un grandioso monumento a San Vicente, patrón de Portugal. Las vistas hacia el Tajo son magníficas, pero también detrás, por el recodo en el que tiene su parada en aludido tranvía 28, objeto de numerosas tomas fotográficas por todos los turistas.

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          Y de ahí, un último tramo para llegar al Castillo de Sáo Jorge, monumento nacional desde 1910 y de factura árabe en lo que queda de su antiguo esplendor. Describe en su perímetro un cuadrilátero irregular, en el que sobresalen sus poderosas murallas y las once Torres cuadrangulares. A lo largo de las dependencias, paseos y jardines del castillo, se percibe cuán privilegiado es este lugar, desde el que se admiran espléndidas vistas sobre el estuario del Tajo y los barrios lisboetas; con sus viejos cañones apuntando al puerto, sus fuentes semicubiertas de enredaderas, sus parterres poblados de pavos reales, sus almenas cubiertas.

 

          En el centro de la explanada principal, que se abre hacia las riberas del estuario, está la estatua de Alfonso Henríques, primer rey portugués y conquistador de Lisboa.

 

          Y, relativamente cerca, se encuentra otro de los miradores famosos de Lisboa, el denominado de Graça, al que había tenido ocasión de ir el día anterior. Lo hice utilizando ese medio tan típico del sudeste asiático y que ha invadido Lisboa, cual es el Tuk Tuk,  lo que en mi tierra conocíamos como un motocarro que transporta varias personas. Sobrevivir al traqueteo por las calles de Lisboa, con un tiempo que no es precisamente verano, es una odisea, aunque ciertamente divertida. Llegamos al mirador, repleto de gente con música y atractivos populares, y con unas vistas preciosas de la capital portuguesa. Y allí, resultó especial el disfrutar de las vistas saboreando un vino de Porto.

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           Pero prosigamos recorriendo la ciudad. Al oeste del centro hasta Belém se extiende un sinnúmero de barrios. El encantador y algo decadente Barrio Alto data del siglo XVII y se caracteriza por sus calles especialmente empinadas y estrechas, conservando intacto el trazado asimétrico típico de antaño. Las escaleras, tranvías o ascensores, como el célebre elevador de Santa Justa, facilitan el acceso a este barrio pintoresco y al Chiado.

           Mi trayecto tenía un objetivo, llegar a la Torre de Belém y al Monasterio de los Jerónimos.

            La Torre de Belém es un pequeño fortín construido dentro del Tajo por Francisco de Arruda, entre los años 1515 y 1519, para proteger el puerto de Restelo. Declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1963.

            El origen de este fortín, mandado construir por Manuel I, tenía como objetivo la defensa de la costa portuguesa desde Cascais a Lisboa A finales del siglo XVI fue ampliado el espacio para guarnición. Durante el reinado de Felipe II la torre fue destinada a prisión y aduana. En 1782 quedó unida, mediante una muralla provista de batería, al vecino fuerte de Bom Sucesso.

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            El edificio, al que se accede por una pasarela de madera, está formado por dos cuerpos: un baluarte hexagonal y una torre cuadrada. El baluarte presenta en sus seis esquinas garitas cilíndricas coronadas por cupulinos galoneados inspirados en el minarete de la Kotubiya de Marrakech. La decoración de las almenas está formada por escudos con la cruz de Cristo; también pueden verse otros motivos decorativos típicamente manuelinos, como la esfera armilar o las sogas. La torre tiene garitas cilíndricas en sus cuatro esquinas y almenas, decoradas con escudos y la cruz de Cirsto en el tercer piso, y de inspiración veneciana, en todos los pisos. La bóveda del cuarto piso es un espléndido ejemplo del arte manuelino.

        El Monasterio de los Jerónimos tiene su origen en la época en la que las playas del antiguo Restelo eran utilizadas como lugar de atraque de los barcos que llegaban y salían de Lisboa. Fue Enrique el Navegante quien, buscando remediar las necesidades materiales y espirituales de los que se acercaban a Lisboa, decidió la construcción de una iglesia bajo la advocación de Santa María de Belém, y de una fuente donde podían hacer aguada los navíos atracados en la playa que, en adelante, pasaría a ser conocida como Belém. La iglesia fue donada por el príncipe a la orden de Cristo, de la que él era gran maestre, en 1460.

         Lo primero que se ve del monasterio es el muro erigiendo de la iglesia, rematado por una crestería y abierto por ventanales donde se aprecian ya elementos decorativos típicos del arte manuelino, como sogas, frutos exóticos y motivos de inspiración oriental. En este lado de la iglesia la atención se concentra, sin duda, en la portada meridional que, limitada por deos contrafuertes, se entiende por toda la altura del muro.

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          La portada occidental, en parte oculta por el edificio construido en el siglo XIX, es la entrada principal de la iglesia y constituye un excelente ejemplo de la transición entre el estilo gótico y el arte renacentista.

         El espacio interior resulta impresionante por la amplitud y luminosidad de sus tres naves y por su abigarrada y fantástica decoración con los típicos temas manuelino sanitario. La decoración y las nervaduras confieren a los pilares el aspecto de grandes palmeras sobre las que se apoyan las bóvedas. El sagrario, de plata, constituye una buena muestra de la orfebrería portuguesa del siglo XVII.

         Junto a la Torre de Belém y al Monasterio de los Jerónimos se encuentra el Monumento a los Descubridores, de 52 metros de altura, erigido en 1960 para conmemorar el quinientos aniversario de uno de los grandes descubridores de Portugal, el infante Henrique el Navegante, descubridor de Madeira, Las Azores y Cabo Verde.

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          El Monumento a los Descubrimientos contiene un grupo escultórico con forma de punta de carabela sobre el que el Infante abre camino a numerosos personajes que tuvieron que ver con los grandes descubrimientos de la historia de Portugal.

         Ya en el interior, en el sótano se encuentra una sala de exposiciones temporales. También puedes subir al ascensor que te transporta hasta el piso superior, donde puedes encontrar un mirador cuyas vistas merecen mucho la pena (es importante señalar que el último tramo hasta el mirador se hace por una escalera que hay que subir a pie). Desde esta terraza podremos contemplar, de frente, una panorámica preciosa del Monasterio de los Jerónimos al completo. Al otro lado del río, la estatua del Cristo Rey nos abre los brazos y el Puente del 25 de Abril se extiende hasta el otro lado del Tajo.

       No puedo omitir, en este relato viajero, lo que es y representa la gastronomía portuguesa, presente en los distintos momentos de mi visita. Voy a destacar dos de especial gozo. Uno primero, saboreando un arroz de marisco típico portugués en un sitio que descubrí y que respondía plenamente a lo que iba buscando. Se trataba de degustar un buen preparado y acertaba llegando a un pequeño restaurante, propiedad de un matrimonio de cierta edad, que mantienen una organización encomiable,  y que brindan al visitante la posibilidad de degustar un plato premiado. Sin duda, puedo asegurar que se trata de un arroz de marisco espléndido. Disfruté comiendo y viendo a este matrimonio que mantiene la tradición con un trabajo encomiable (Restaurante UMA, Rua Dos Sapateiros 177).

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         Y para los que somos golosos, Lisboa es un paraíso. Acudí a ese famoso lugar que representae la Pastelería de Belém, mantenedora de la receta de los monjes Jerónimos, y que me permitió dar la vuelta de campana (dicho sea en sentido metafórico) saboreando esas cazuelitas típicas de Portugal y que no tienen nada que ver con esas que se comercializan masivamente. Un placer que no puede dejar atrás quien se acerque a esta ciudad, capital de Portugal.

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           Puedo por todo ello aseverar que Lisboa es una ciudad vertiginosa, con siete colinas, coronada por un castillo árabe y bañada en luz artística, con una belleza de cine y una historia cautivadora. Una capital abierta al cielo, con traqueteantes tranvías y ascensores; una ciudad con fados melancólicos y de alegre vida. Aun cuando necesita un buen repaso para mejorar su aspecto visual, que deja patente las estrecheces económicas que se viven, mantiene un carisma y unas escenas dignas de resaltar. Imposible resulta evitar el dejarse embrujar por ella.

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