El derecho a exigir un proceso respetuoso

            Después de un pasado reciente que nos está permitiendo ver hasta qué punto tiene paciencia el españolito de a pie, se volverá nuevamente a ese ciclo propagandístico de los que quieren gobernarnos, dicho sea sin ningún tipo de ironía por mi parte, firme creedor y defensor de lo que debe ser un estado social y democrático de Derecho. Pero el desenfreno de los tiras y aflojas existentes entre unos y otros, y de la búsqueda de romper todos los esquemas habidos y por haber, me lleva ahora, más que nunca, a pedir, rogar, suplicar, o como sea menester, que los emisarios de cada grupo, coalición, partido o amigos, y los tertulianos que día a día se introducirán en nuestros más recónditos lugares de paz familiar, hagan un firme propósito de mantener el respeto pues aunque cada uno de nosotros tenemos derecho a ser como somos, ello no da rienda suelta para transgredir las más elementales normas de convivencia, que deberían ser una premisa básica para todo el que tenga la brillante idea de querer dirigirnos en ese encomiable camino de la gobernanza.

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          Bueno es, con todo ello, recordar cuestiones que se van perdiendo porque sí; porque eso de las reglas de convivencia se lleven poco y parece que sea menester despuntar de la forma que fuere, aunque sea por considerarse el más antiformal del mundo. El respeto no lo es por el miedo o el temor que se pueda tener hacia otra persona, sino que parte precisamente por aceptar a las personas tal cual son, siendo conscientes de su carácter único como individuos. Inmanuel Kant sostuvo que “los seres humanos deben ser respetados porque son un fin en sí mismos”, de ahí que posean un valor intrínseco y absoluto llamado dignidad que se sitúa entre dos coordenadas básicas: la del respeto a nosotros mismos y la del respeto a los demás. Uno lleva lo otro por cuanto se produce un reconocimiento a nuestros recíprocos derechos. Supone, por ello, que nos encontremos ante la base fundamental para una auténtica convivencia en paz.

          Ese respeto, dicho sea ahora, en el ámbito en el que me gustaría que existiera, exige que, si no supone pedir mucho, se siguieran unas mínimas pautas:

  • Aprender a escuchar. No debería entrarse en la espiral de pretender ganar el pulso por la permanente interrupción que impide a cada uno sostener su posición. Los que asistimos ávidos al discurso exigimos que se nos deje escuchar a todos los que tengan algo que decir (esto es). Ya sabremos cada uno de nosotros decir “basta” cuando sea menester y cuando tengamos ganas de desconectar por aquello de que “hasta aquí hemos llegado”.
  • Ser transigente y admitir que no siempre nuestros postulados son, en toda su extensión, los únicos viables. Respetar las decisiones de los demás o sus sentimientos no significa que estemos de acuerdo ni que los compartamos; significa que aceptamos que la otra persona tiene derecho a tener sus propios sentimientos y a tomar sus propias decisiones, sean o no adecuadas para mí y sean o no iguales que los míos.
  • Ser pacientes, y no emprender un diálogo acalorado y a voces. No estamos en un show televisivo donde impere el compadreo, sino en un debate serio donde se pretende que el votante conozca la posición que se mantiene, y no espantarlo con la agresividad verbal.
  • Suprimir humillaciones y vejaciones, que resultan absolutamente innecesarias en un proceso de esta entidad. Deja mucho que desear cuando la forma para imponerse lo es a través del insulto y descalificación de quienes no sigan nuestra corriente.
  • Pedir disculpas en primera persona o dar las gracias cuando corresponda. Es una elemental regla de conducta social que no debe perderse nunca.
  • Si se emprenden debates plurales, debería aprenderse a prestar la sincera atención a las personas con las que se converse.

         El respeto es la base de toda convivencia en sociedad. Aunque a veces se confunde con alguna conducta en particular, como los buenos modales o la amabilidad, es diferente pues estamos ante una actitud. Nace con el reconocimiento del valor de las personas.

        Veremos que nos depara este nuevo trance electoral, pero no podía cuanto menos llamar la atención sobre lo que más me exaspera, que es la falta de respeto que detecto cada vez con más asiduidad. Y como pacientes sufridores bien parece que tenemos un legítimo derecho a que todo el proceso discurra con el respeto debido.

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